UN LUGAR LLAMADO QUAUHTLEMALLAN

LA MUERTE DE FACUNDO CABRAL : ESTAMOS FRENTE A UN TSUNAMI QUE ARRASARÍA TODA FORMA DE CONVIVENCIA DEMOCRÁTICA,

UN LUGAR LLAMADO QUAUHTLEMALLAN

Ricardo Cobo

Que habrían soñado sus gestores cuando hasta la moneda tiene nombre de pájaro, un país llamado… “lugar de muchos árboles”, Guatemala.

De repente y sin aviso Guatemala tomó por asalto las primeras páginas de la prensa y saturó las redes sociales. Y esta vez, no por recordar a Miguel Ángel Asturias ni por el lanzamiento de algún nuevo éxito de Arjona…   Asesinaron a Facundo Cabral, camino al aeropuerto, el cantor de la paz, fue acribillado por una ráfaga de 25 tiros que no le dieron tiempo para afinar por última vez su guitarra ni de escribir su legado, esa canción que el poeta cantor reservaba para la del estribo.

Facundo Cabral muere en su ley, haciendo su denuncia quizás más lacerante de su vida, la Guatemala que le cerró los ojos. Se dice que diariamente 20 asesinatos ocurren en esa tierra destinada a ser nidos de poetas, inmersa en un lago de sangre reina el miedo donde hasta el dinero tomó nombre de quetzal, un pájaro de brillante plumaje.

Aun la Argentina no concluye los días decretados de duelo por el poeta, cuando el presidente guatemalteco, Álvaro Colom, anuncia que se ha resuelto el entramado del asesinato de Cabral, el blanco del atentado habría sido el empresario Fariñas y no Cabral, Facundo Cabral muere asesinado por mala puntería de los sicarios que asediaban a Fariñas en un confuso drama de narcotráfico y la noticia usa el titular “resuelto el asesinato de Cabral”.

Lo excepcional, que haya sido Cabral el blanco del sicariato, está resuelto. El blanco era Fariñas y los sicarios habrían sido contactados desde Nicaragua. Quiero entender que el asesinato se ha incorporado en la cotidianidad de Guatemala ¿y es considerado por las estadísticas como muerte natural? Lo excepcional fue que muera así un argentino con la capacidad de llamar la atención a toda la prensa del mundo, en tanto y cuanto sea un guatemalteco la víctima, se considera muerte natural.

Un sendero de sangre marca el camino del narcotráfico desde Tamaulipas hacia el sur, los cárteles de la droga se perfilan ya como el cáustico que corroe las bases mismas de la sociedad latinoamericana, mientras se aborde el incremento de los crímenes violentos desde la perspectiva de la seguridad interna la batalla contra la violencia está perdida. No se trata ya de una delincuencia que impone su fuerza en las calles de una ciudad, estamos frente a un tsunami que arrasaría toda forma de convivencia democrática, que apuntas sus artefactos corrosivos a toda institución y se filtra en el tejido social destruyéndolo y amordazándolo. Hoy por hoy, las alarmas encendidas desde un tablero estadístico que nos muestra el incremento de la violencia ha trascendido los ámbitos policiales para que empecemos a plantearnos abordarlo desde la perspectiva de la seguridad del estado mismo.

¿Cómo blindar al país de una amenaza tan compleja? La primera de las respuestas debemos buscarla en la fortaleza de las instituciones. Fortaleza de un sistema político que inmunice al cuerpo societal y no conozco otra fórmula para consolidar un sistema político que en el desarrollo de sus actores, en la fortaleza de las organizaciones sociales, encuentre los factores que alimentan un tejido de representaciones, un tejido fluido y legitimo que sustente todo el edificio democrático. La interrogante que surge así de pronto es: ¿es un régimen presidencialista el modelo que permite el desarrollo de ese tejido de representaciones que requiere una profundización de la democracia en nuestros países… o luego de años de experimentar con el presidencialismo, que vino de la mano con la propuesta neoliberal, y  debemos diseccionarlo como el caldo de cultivo de caudillos y quiebres institucionales?

Asumimos de una manera directa que el modelo neoliberal se había quebrado, cayeron sus voceros políticos, sus presidentes, el enjambre de comunicadores, tutores y protagonistas agotaron todas las cuotas de credibilidad y cayó en efecto dominó.

El país entró en un tobogán denominado transición, aun no se ha definido plenamente transición hacia donde, pero transitamos de la oscura noche neoliberal al socialismo del siglo XXI y del socialismo siglo XXI hacia un pragmatismo cuyo libreto se guarda en algún armario de Carondelet, en el mismo armario donde quizás el presidente conserve su diario personal, pues serán contados los ecuatorianos que conozcan aquel libreto.

Y esa es precisamente la fragilidad que se encubre al pretender abordar la amenaza que se cierne sobre la sociedad ecuatoriana exclusivamente desde lo policial, amenaza que se resolvería con el incremento de presupuesto, capacitación en derechos de la gendarmería,  acercamiento de la institución a la comunidad, campañas de comunicación de corazones verdes, azules, colorados, etc. La gran deuda que el presidente Correa tiene con el país no se contabiliza en kilómetros de vías ni en metros cuadrados construidos, se miden en la debilidad de la democracia y sus instituciones, en las severas confusiones existentes en la práctica entre lo que es gobierno y estado, gobierno y partido de gobierno. Debilidades estructurales que nos ponen sin piel frente al complejo inframundo de la violencia. ¿Cuántos Cabrales debes ser asesinados en las latitudes de América Latina para que volteemos nuestras interrogantes a estas dimensiones?