IRÁN Y NICARAGUA por Juan Cuvi

IRÁN Y NICARAGUA
Juan Cuvi El Comercio <www.elcomercio.com>

Entre 1978 y 1979 se produjeron dos acontecimientos políticos trascendentales para el mundo entero, y particularmente para la izquierda: las respectivas caídas de los regímenes del Sha de Irán y de Anastasio Somoza. En ese orden. Ambas tuvieron en común un incuestionable aire antiimperialista o, más para ser más precisos, ambas proyectaron la posibilidad de alterar un esquema de control geopolítico impuesto por los Estados Unidos.
En esencia, se trató de luchas en contra de la hegemonía de ese país.

En el caso de la caída del Sha, París fue el epicentro de la solidaridad internacional. Ahí residía, en calidad de refugiado político, el ayatolá Jomeini. Las manifestaciones públicas convocadas por los principales partidos y sindicatos de la izquierda francesa eran multitudinarias. Recuerdo una que llegó a convocar a medio millón de personas en los días previos al desenlace del conflicto.

Los estudiantes latinoamericanos de izquierda, que entonces hacíamos nuestra “conscripción intelectual” en esa ciudad, no nos perdíamos una sola marcha. Era inevitable: en Irán estaba en juego el sentido más elemental de la libertad de un pueblo, pero también la posibilidad de desequilibrar un orden oprobioso, corrupto y sanguinario, basado en el lucro de unas pocas corporaciones petroleras occidentales.

Sin embargo, ni el optimismo ni el compromiso militante que nos alentaban a la mayoría de militantes de izquierda pudo disipar una duda que nos acosaba: nuestra incompatibilidad ideológica con el movimiento islamista que absolutizaba la lucha. La adustez y la severidad del ayatolá anunciaban un fundamentalismo religioso atado a un remoto pasado; la masculinidad del movimiento, donde los principales protagonistas eran exclusivamente varones, contrastaba con esa idea de amplitud y diversidad que, al menos en el discurso, caracterizaba a la izquierda; la misma fundamentación teológica del proceso no encajaba por ningún lado con nuestros principios. El tiempo terminó confirmando nuestras dudas.

Con la caída de Somoza las cosas estuvieron más claras. A los principios de justicia y dignidad que apuntalaron esa lucha –por demás justificada–, se adjuntaban las propuestas de transformación social que fundamentan todo proyecto de izquierda. Eran la renovación y la esperanza luego de tantos fracasos. La diferencia fue que en este caso nunca abrigamos dudas. No obstante, el tiempo también terminó pasándonos una amarga factura. Tres décadas después, Mahmud Ahmadinejad asiste a la posesión de Daniel Ortega como presidente de Nicaragua. En mi caso particular, y por ahora, es la confirmación de que la historia siempre puede someternos a insospechados caprichos, y que la nostalgia nunca cesa de atravesarse con sus consabidas trampas.

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