LOS BULEVARES DE QUITO. por David Grimm R.

LOS BULEVARES DE QUITO
Por David Grimm R.

Todo comenzó una mañana, cuando una retroexcavadora empezó a romper el concreto de la acera; nadie sabía nada, los trabajadores de la empresa dijeron que la iban a cambiar.
Efectivamente, tractor, volquetas y algunos ayudantes fueron desalojando gruesas placas de hormigón dejando al descubierto la tierra del fondo, que después de una apisonada, fue cubierta con una delgada capa de ripio, homogenizada con palas, la misma apisonadora y el tráfico peatonal; después vino una capa de arena homogenizada con un madero a guisa de nivel y finalmente, los adoquines de colores que los trabajadores iban colocando rápida y más o menos simétricamente, para dar lo que se ha dado en llamar “bulevar”.

Todo pasó bastante rápido, al final solo quedaron algunos montículos de arena que son arrastrados por la lluvia y en su camino van llenando los espacios entre los adoquines, labor en la que colaboran involuntariamente los vecinos, cuando barren el nuevo “paseo” para librarse del polvo que quedó como saldo inconcluso de la obra.

De pronto empiezan las quejas: muchos vecinos, simpatizantes incluidos, sienten que algo no está bien, no solo porque aparentemente, nadie fue consultado, sino que presienten que lo hecho no es un buen sustituto de las aceras anteriores, sobre todo si se considera que muchos fueron notificados hace poco para que cambien las aceras, que eran, por lo tanto, nuevas (“y bien hechitas, no como eso”), mientras que por otro lado, reflexionan que Quito es una ciudad bastante lluviosa y que sus aluviones ya han dejado algunas demostraciones de lo que es el poder de la naturaleza; el Trébol, por ejemplo.

Entonces surgen las preguntas: ¿Son impermeables los adoquines? Probablemente sí, parecen de cemento; ¿Son impermeables los huecos entre adoquines? Pues… No (¡qué chiste, impermeables los huecos, ja, ja, ja!) y aquí empiezan las inquietudes: ¿Son impermeables los huecos entre los adoquines cubiertos por arena? Pues… Tampoco. Humm ¿Es impermeable la arena sobre la que están los adoquines? Nuevamente, tampoco; ¿Es impermeable el ripio que está bajo la arena sobre la que están los adoquines? Otra vez, tampoco; y, finalmente, ¿Es impermeable la tierra apisonada sobre la que se ha hecho la obra? Otra vez y finalmente, tampoco.

¿Cuál es el problema? Que la no impermeabilidad hará que el agua que pase a las capas inferiores seguirá su curso lógico y con ello, formará cauces como ríos subterráneos que, primero, irán ondulando la relativa planicie de las aceras, como ya se observa en otras zonas de la ciudad en las que ya se nota este efecto, pero luego, y esto es lo más grave, pueden ir generando una consistencia lodosa en el subsuelo de las construcciones ya existentes, lo que en casos extremos, puede generar su derrumbe.

Así las cosas, un vecino discapacitado intenta circular en su silla de ruedas y descubre que las rampas que deberían facilitar su tránsito sirven en realidad para que bajen urgentemente a la calle, pues el traqueteo que les produce las desigualdades de los adoquines les hace sentir algo así como que se han metido en una vibradora de intensidad correlativa a la velocidad de su periplo callejero…

Se hace la noche y realizo la caminata final del día subiendo por el flamante adoquinado y empiezo a sentir un sin sabor que me produce un vergonzante y creciente rubor: la alternancia de colores, de un riguroso amarillo, gris y rojo, cobra en mi subconsciente la homología gris – azul, lo que equipara a la acera con una gigantesca bandera amarillo, azul y rojo: siento que estoy pisando y por lo tanto, maculando uno de mis símbolos patrios, y me obligo a bajar a la calle con una imprecación en los labios y una pregunta que tiende a convertirse en grito: “¿HASTA CUANDO …?