FIN DEL BOLIVARIANISMO JURÁSICO. por Carol Murillo Ruiz

FIN DEL BOLIVARIANISMO JURÁSICO

Carol Murillo Ruiz <www.lamalaconcienciadecarolmurillo.blogspot.com>

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Ayer Gonzalo Maldonado escribía El Comercio un artículo titulado “La patria grande” (www.elcomercio.com/gonzalo_maldonado/Patria-Grande_0_677932274.html) que me llamó la atención. No por sus datos históricos sino por su conclusión simplona, algo inusual en su pluma –al margen de que su postura ideológica esté en la otra orilla de la mía-. Se refería a la patria grande de la otra América, la nuestra: la hispana, la mestiza, la castellana, la india, la cultural… Y hete aquí que invalidaba uno de los argumentos esgrimidos por el Presidente Rafael Correa: no asistir a la VI Cumbre de las Américas porque “no puede denominarse “Cumbre de las Américas” a una reunión de la cual un país americano es intencional e injustificadamente relegado. Se ha hablado de “falta de consenso”, pero todos sabemos que se trata del veto de países hegemónicos, situación intolerable en nuestra América del Siglo XXI”. (www.rebelion.org/docs/147506.pdf).

Maldonado aduce que discutir de la “patria grande” es algo que en la contemporaneidad se supera con el comercio y las inversiones o, mejor, los negocios reparan la patria grande o pequeña, y que hoy por hoy es la única manera de “combatir” a los gringos. Solo este punto merecería un mínimo recuerdo: la historia del desarrollo de los Estados Unidos está ligada a factores –económicos, políticos, sociales y culturales- tan distintos de los factores del subdesarrollo de los países americanos no anglosajones, o sea, nosotros. Por tanto, equiparar el combate anti gringo a un tema comercial parece una mala broma o el cierre apurado de un artículo de pocos caracteres. Sin embargo, me interesa reflexionar no sobre el comercio ni las inversiones sino sobre un par de elementos que están inmersos en la idea/fuerza de la patria grande. A saber: el monroísmo y el bolivarianismo. Y, aunque parezcan prolongaciones historicistas de dos apellidos remotos, resultan en extremo importantes para entender la filosofía que anida en los que aíslan los contextos históricos o las derivaciones de las acciones políticas del pasado.

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El monroísmo (aquella doctrina que decretaba una América para los americanos anglosajones) ha tenido la virtud de mutar su sustancia ideológica y adaptarla a las necesidades de los poderes que gobiernan a los Estados Unidos en el presente. Tal mutación no solo se expresa dentro de la potencia sino fuera de ella, es decir, en los admiradores de la cultura anglosajona, bien revestidos de la diplomacia liberal que reina en las Américas y en el mundo después de la segunda guerra mundial. Por supuesto, los cambios acontecidos en el planeta después del fin de la guerra fría poco importan cuando se trata de mirar a las Américas del Centro, del Caribe y del Sur con relación a la América del Norte. Aquí el unilateralismo norteamericano todavía dicta el comportamiento político y económico de las élites que conciben y sustancian las relaciones internacionales entre los americanos. ¿Qué quiero decir? Estados Unidos seguiría siendo la potencia unipolar y a ella debemos las más grandes bondades de la democracia liberal. Por tanto, su ejemplo debe iluminar a los políticos atrasados que cunden en nuestras naciones.

Y más todavía: los organismos internacionales que se crearon en las Américas, verbi gratia la Organización de Estados Americanos, de inspiración estadounidense, son la muestra inequívoca de que la potencia del norte piensa para todos los americanos. Quizás fue el inicio del monroísmo diplomático que sembró en los americanos no anglosajones la idea de que los tributos políticos se pueden pagar bien en el campo de una diplomacia que respeta la jerarquía de una democracia –la norteamericana- que surgió gracias a la rebelión de las trece colonias hace más de dos siglos. Ergo, otras rebeliones –en el presente o en el futuro- no pueden ser posibles. La diplomacia en las Américas es el espacio para acallar las rebeliones de los otros, y para sofocarlas está bien establecer no solo el escenario sino el lenguaje protocolar de las reuniones internacionales. He allí entonces una Cumbre de las Américas. La primera, la segunda, la tercera, la cuarta, la quinta, la sexta…

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El bolivarianismo proclamaba la segunda independencia. No ya de España sino de la naciente potencia norteamericana. Nació a la par del monroísmo. Casi para decirnos: “guerra avisada no mata gente”. El delirante Simón Bolívar advertía el rol de los Estados Unidos en el devenir de las Américas no anglosajonas. Y, a diferencia de la doctrina Monroe, el bolivarianismo ha mutado poco. Su sustrato ideológico no ha pasado de ser retórica inflamada de líderes sinceros y enfáticos. (Ni Hugo Chávez ha podido trasuntar esa retórica). Porque no han trabajado para remecer y cambiar precisamente el escenario fáctico que cimentó el monroísmo diplomático. Sujetados a ese establishment de legajos y normas protocolares, se sigue creyendo que la segunda independencia es asunto de fantasías y citas bolivarianas textuales. La Alternativa Bolivariana para las Américas tampoco ha roto el molde. Quizás porque es harto difícil desmontar el monroísmo solapado de algunos presidentes no anglosajones y/o porque las viejas instituciones internacionales trabajan duro para reinventarse en cumbres, tratados comerciales, doctrinas de seguridad o políticas antidrogas. Todo bajo la influencia de la novísima, invisible y eficaz doctrina Monroe del siglo XXI. Y todo mientras los idealistas presumen que mentando a Bolívar en mesas de espiritismo colectivo se puede romper el hechizo de los anglosajones… (Algo se intentó en México en el 2010 al crear la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños…).

La no asistencia de Rafael Correa a la VI Cumbre de las Américas permite abrir un cauce para pensar en acciones y no en retóricas. Fácil es apuntar que Correa no va porque no le da la gana o porque es un resabiado. Lo de fondo es que su operación obliga a reflexionar en el novísimo monroísmo anglosajón y, sobre todo, en la actitud de los países de la ALBA que no respaldaron, en los hechos, su malestar y su decisión. ¿El monroísmo actuando por lo bajo?

(Incluso la idea de que Correa debe asistir a la reunión de Cartagena para decir allí su malestar y su protesta, es un hábil argumento de la diplomacia -a lo Monroe- incrustado en el sentido común general que lo repite sin reflexión).

Lo de fondo no es ir a la VI Cumbre y exponer, para cumplir con la formalidad impuesta por la diplomacia monroísta, que no está bien que Cuba no sea invitada, sino que las nuevas instituciones -ajenas a dicha sujeción- empiecen a funcionar de verdad. Ese sí sería un bolivarianismo de nuevo tipo.

Pero claro, tal como están las cosas, la patria grande no pasa de ser una utopía, ni tanto porque la novísima doctrina Monroe del siglo XXI reconfigura comercios e inversiones según la versión de Gonzalo Maldonado, cuanto porque el bolivarianismo no aprendió de Bolívar casi nada.
Quito, 9 de abril de 2012.