DE TEATRO Y FANTASMAS. por Periódico Diagonal

DE TEATRO Y FANTASMAS
En 2004, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, al comenzar el monólogo Me cago en Dios de Íñigo Ramírez de Haro, un militar y su hermano golpearon al actor Fernando Incera y al autor, destrozaron el equipo técnico e intentaron quemar las cortinas, a los gritos de “viva Cristo Rey”. La pieza es una sátira del estreñimiento real y metafórico que puede sufrir un personaje educado en un colegio religioso durante el franquismo. Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid (y, cotilleo, cuñada del dramaturgo), declaró que la obra “era blasfema”. El arzobispado de Madrid pidió su retirada inmediata: “se trata de un gravísimo delito punible, el título es la expresión más abrupta de la blasfemia”, y animó a sus hooligans a denunciar a los teatreros ante los tribunales. Durante ese año, el Centro Jurídico Tomás Moro y Hazte Oír promovieron unas 3.000 denuncias, cantidad que supera la del público que asistió a la obra.

JUICIO AL MONO

Los belgas Tg Stan visitaron por primera vez Madrid en 2008 para presentar en la Sala Cuarta Pared The Monkey Trial (El juicio del mono), reconstrucción paródica de un juicio de 1925, en Dayton, Tennessee (EE UU) contra un profesor de biología que impartía la teoría de la evolución de Darwin, algo prohibido en aquel estado por ir en contra de la “historia de la creación divina”. Con la complicidad del público como jurado, tres actores reprodujeron asombrosamente los múltiples personajes del juicio. Esta obra, que abordaba la relación entre ciencia y religión, y diferenciaba el conocimiento científico de las creencias, pasó desapercibida por la extrema derecha, quizá porque era en inglés y en un teatro de barrio. No así otras, como dos montajes mostrados en el Teatre Nacional de Catalunya en 2011, Gang Bang, de Josep Maria Miró y Musicolepsia: rapsodia para siete putas, de Juan Carlos García. La Asociación E-Cristians denunció al TNC por su “obsesivo ataque a la Iglesia católica”, con obras financiadas con dinero público, estrenadas “aposta” en cuaresma.

ALGARADA FALLIDA

En 2005, la compañía K Producciones estrenó en el Teatro Bellas Artes el montaje Yo, Satán de Antonio Álamo. En la obra, ambientada en el siglo XXI, un sector de la curia romana pide a un exorcista que investigue al papa, que está metiendo las narices en turbios negocios y propiciando conductas evangélicas. A través de internet, algunos círculos fanáticos acusaron la obra de blasfema y convocaron una manifestación que no se llegó a realizar porque en la fecha fijada la obra estaba de gira. En Alicante y en la Castilla-La Mancha de José Bono, sus responsables culturales se inhibieron a la hora de contratar la función teatral.

UN BUFÓN INFATIGABLE

Además de múltiples amenazas, Leo Bassi se encontró en 2006 con una bomba colocada en el Teatro Alfil, donde representaba su montaje Revelación, un homenaje al laicismo y una parodia bufonesca del fanatismo cristiano. Grupos ultracatólicos intentaron varias veces agredirle y hasta quemar la taquilla del teatro. También recibió amenazas por Las raíces judeo cristianas de Occidente, un fraude histórico a combatir, un montaje por el que grupos ultracatólicos le interpusieron en Valladolid una querella por “perpetrar delitos contra los sentimientos religiosos” (de juicios también ha estado Javier Krahe, que hace más de 30 años cocinó un crucifijo). Bassi ganó el proceso en una sentencia histórica por la libertad de expresión frente al dogmatismo de la institución católica. En 2010 montó su belén de Lavapiés con un pesebre de soldados armados, alambradas y asentamientos ilegales ubicados en Palestina, y ahora está a punto de abrir en el barrio madrileño una capilla con una religión propia, la del pato.

CRISTO COME EN EL BURGUER

La pieza Gólgota Picnic de Rodrigo García también levantó ampollas entre la extrema derecha (“estaba llena de desnudos y travestismo”). La obra, estrenada en 2011, revisitaba la figura de Cristo en un mar de hamburguesas que cubría el escenario del CDN. Libertad Digital calificó la obra como “una blasfemia pagada con dinero público”. En clave de performance, el trabajo físico de los actores se mezclaba con videoproyecciones y referencias a pinturas clásicas, para terminar con una intervención magistral del pianista Marino Formenti, que interpretó Las siete últimas palabras de Cristo, de Haydn.