ECONOMÍA ECOLÓGICA Y JUSTICIA AMBIENTAL[1] por Joan Martinez Alier

Frenar el crecimiento económico en los países ricos no solamente es sensato ecológicamente sino que es necesario para la revaluación social de los bienes comunes.

 ECONOMÍA ECOLÓGICA Y JUSTICIA AMBIENTAL[1]

Joan Martínez Alier   ICTA, Universidad Autónoma de Barcelona

 Viena 17 julio 2012 <lalineadefuego.info>

 

Este artículo presenta  las perspectivas de la macroeconomía ecológica y del metabolismo social generadas desde la economía ecológica.  Apunta a una confluencia entre los movimientos del Decrecimiento (o del Steady State o de la Prosperidad sin Crecimiento) del Norte y los movimientos de la  Justicia Ambiental ( la Justicia Climática, el Ecologismo de los Pobres) y el Sumak Kawsay desde el Sur.

 

Metabolismo Social y Macroeconomía Ecológica

Los economistas ecológicos vemos la economía como si estuviera compuesta de tres niveles.

Arriba está el ático y sobre-ático, una lujosa penthouse bien amueblada y con abrigadas alfombras, con salones de ruleta y baccarat, donde se anotan y negocian las deudas que durante un tiempo pueden crecer exponencialmente. Los habitantes de este piso quieren mandar en todo el edificio, imponiendo la “Deudocracia”[2].

En medio, está un enorme piso con mucha gente atareada, que parece ser el principal ya que contiene la llamada economía productiva o economía real donde se producen y consumen bienes y servicios.

Por abajo está la economía “real-real”, el sótano con la sala de máquinas, la entrada y el depósito del carbón y otros materiales, y la sucia habitación de las basuras. Ese sótano proporciona energía y materiales al edificio y también sirve de sumidero, la porquería se filtra al acuífero. No importa, dicen, eso se soluciona añadiendo otro departamento a la economía productiva del primer piso: el de depuración y venta de agua. La economía “real-real” proporciona combustibles que finalmente se convierten en dióxido de carbono y cambian el clima. No importa, dicen, pronto llegará el secuestro de carbono y mientras tanto paguemos por la absorción de carbono en plantaciones de eucaliptos. Claro que los eucaliptos secan el suelo. No importa, les meteremos agua depurada para regarlos. Pura economía verde!

Antes de la crisis del 2008-09 no solo las finanzas se habían desbocado tirando de la economía productiva en direcciones equivocadas, inútiles, imposibles. En España, gente sin casa porque los desahucian y casas sin gente: más de dos millones de nuevas viviendas endeudadas y sin comprador. Muchas infraestructuras excesivas, aeropuertos vacíos, autopistas vacías. Un exceso de inversiones inútiles. Además esos llamados sectores productivos se olvidaron de las máquinas del sótano hasta que el aumento de precios de materias primas y del petróleo en la primera mitad del 2008 les despertó de su sueño metafísico. Pero  incluso esos altos precios del petróleo no señalan lo bastante su escasez y costos de largo plazo. La contaminación continúa siendo gratuita. No se cobran los pasivos ambientales de las empresas. No hay límites efectivos a la producción de gases con efecto invernadero y no se paga nada por la destrucción de biodiversidad.

El mercado no consigue producir la energía y los materiales que usamos en las economías industriales sino puramente logra su extracción y su pérdida, como es la disipación de la energía de los combustibles fósiles.

Este es un metabolismo social parasitario. Desde este punto de vista la economía ecológica explica desde hace cuarenta años que el crecimiento económico no está bien medido, es anti-ecológico y no lleva necesariamente a mejorar el bienestar en los países ricos a partir de cierto umbral de ingresos.

El PIB deja de sumar los trabajos cuidativos y voluntarios gratuitos y olvida restar los daños ambientales (mientras incongruentemente sí suma los gastos compensatorios). Además, como muestra Tim Jackson (2009), no existe correspondencia uniforme entre aumentos del PIB y aumento de satisfacción vital y felicidad. Desde los estudios de Easterlin, esas investigaciones han crecido mucho. Más allá de unos 15.000 dólares de ingreso anual per cápita no hay relación firme entre crecimiento económico y esas medidas de bienestar basadas en encuestas.

En la misma línea Peter Victor (2008) concluye que nos podemos manejar sin crecimiento. Nuestro nivel de vida es ya suficiente en los países ricos, lo que hace falta es cuidar de dos problemas principales: disminuir el riesgo mundial de cambio climático y establecer instituciones que eviten o mitiguen el desempleo que surge cuando la economía no crece. A esos objetivos macroeconómicos corresponde una nueva teoría macroeconómica ecológica.

Frenar el crecimiento económico en los países ricos no solamente es sensato ecológicamente sino que es necesario para la revaluación social de los bienes comunes. Jackson insiste que la evolución biológica incluyendo la de los humanos ha ganado más de la cooperación (como Kropotkin ya argumentaba) que de la competencia.

Hace ya 40 años la palabra décroissance apareció en boca de André Gorz en un debate con Sicco Mansholt, presidente de la Comisión Europea.

La intención de Mansholt era promover políticas públicas europeas dirigidas hacia la conservación y el reciclaje y no hacia el crecimiento. La investigación científica debería apoyar esta nueva línea. Sicco Mansholt coincidía con varios de los protagonistas de ese debate de 1972 en que el ecologismo no era un lujo de los ricos sino una necesidad de todos, y que los más perjudicados por la contaminación y por el urbanismo inhumano de las banlieues eran los pobres. En esos años se dijo que la economía de los países ricos debería ir hacia un estado estacionario, un Steady State en expresión de Herman Daly, a través de una etapa de decrecimiento (una idea de Georgescu-Roegen que proponen otra vez ahora los “decrecentistas” europeos ampliándola a una crítica de la propia idea de “desarrollo” uniformizador, siguiendo a Arturo Escobar, Wolgang Sachs, Ashish Nandy, Serge Latouche).

Estas propuestas decrecentistas en el Norte pueden ser apoyadas por el amplio movimiento en el Sur que exige justicia ambiental y climática, que pide que se paguen los pasivos ambientales (como suce en la expropiación de YPF en Argentina), que reclama un Sumak Kawsay o Buen Vivir, oponiéndose a la creciente invasión y expolio de los territorios indígenas en las fronteras de la extracción.

 

El movimiento por la justicia climática

La energía no puede reciclarse y por tanto, incluso una economía que no creciera y que use combustibles fósiles, necesitaría suministros “frescos” que vengan de las fronteras de la extracción. Lo mismo se aplica a los materiales que en la práctica se reciclan solamente en parte (como el cobre, el aluminio, el acero, el papel), no más del 40 o 60 por ciento. Si la economía crece, la búsqueda de fuentes de energía y materiales es mayor, la presión en las fronteras de la extracción es más intensa y de ahí la fuerza de tantos movimientos de protesta a favor de la justicia ambiental.

 Hay una acumulación de beneficios y de capital mediante la desposesión o expropiación en esas fronteras (como escribió David Harvey en 2003) o una Raubwirtschaft (un término usado por geógrafos hace cien años) y hay también una “acumulación mediante la contaminación” con lo que queremos decir que los beneficios aumentan por la posibilidad de echar a la atmósfera, al agua o a los suelos, sin pagar nada o pagando poco, los residuos producidos. Que el precio de la contaminación sea bajo o nulo no indica un “fallo del mercado” sino un éxito (provisional) en transferir los costos sociales a la gente pobre y a las futuras generaciones. Eso es evidente en el caso de los gases con efecto invernadero. Por eso hay protestas bajo el nombre de “justicia climática”.

 La justicia climática tiene aspectos intergeneracionales y aspectos intrageneracionales, que veremos uno después del otro.

 En el tema intergeneracional, la cuestión es, ¿qué sacrificios económicos conviene hacer ahora para evitar los daños que las generaciones futuras sufrirán por el cambio climático? Los economistas (tanto keynesianos como fundamentalistas del mercado) están todavía metidos en sus doctrinas del crecimiento económico y esa hipótesis del crecimiento económico explica que usen tasas de descuento positivas en sus valoraciones. La fe metafísica en el crecimiento justifica a sus ojos la infravaloración del futuro porque piensan que gracias a las inversiones actuales y al cambio tecnológico, nuestros descendientes serán más ricos y la satisfacción adicional que obtengan al aumentar el consumo será menor a la nuestra. La hipótesis de un crecimiento continuo justifica el uso actual de más recursos agotables y la producción de más contaminación ya que suponen que nuestros descendientes serán más ricos y podrán hacer frente fácilmente a esos inconvenientes. Ahora bien, de hecho, el crecimiento, si se produce con tecnologías similares a las actuales, lo que va a hacer es empobrecer a las futuras generaciones porque tendrán un medio ambiente degradado y menor calidad de vida.

Vean el razonamiento de un economista muy anti-ecologista y muy reconocido como teórico del crecimiento económico como es Xavier Sala i Martin que suele escribir diáfanos artículos en el diario La Vanguardia de Barcelona. El que cito es de 10 de abril de 2007. Según Sala i Martin, el principio del descuento implica que restringir actualmente las emisiones de dióxido de carbono, con elevados gastos en el presente, no deberían adoptarse a no ser que los costes futuros del cambio climático sean descomunales. Esa es la conclusión a la que llegan estudios como los de William Nordhaus de la Universidad de Yale. Pero Nicholas Stern en su famoso informe contradice esos trabajos y concluye que deberíamos gastar hasta un 15% de nuestro PIB para evitar el cambio climático. Las conclusiones de ambos economistas son diametralmente opuestas. ¿Cómo se explica la diferencia? (pregunta Sala i Martin). Cuando se usa una baja tasa de descuento (el caso de Nicholas Stern) se concluye que vale la pena gastar mucho hoy para evitar los daños futuros y cuando se utiliza el 6% (Nordhaus), no. Así de simple.

Tras esta introducción, Sala i Martin se pregunta temerariamente qué tasa de interés deberíamos utilizar para tomar decisiones racionales sobre el cambio climático. Su respuesta es ésta: Los ecologistas usan un argumento de tipo ético para defender la aplicación del 0%: descontar el futuro, dicen los ecologistas, es dar menos peso o menos valor, a generaciones futuras y eso es una injusticia. Este argumento es atractivo… aunque muy debatible. Por ejemplo, el principio de justicia de Rawls requiere dar más importancia a los grupos de personas más desfavorecidos. Stern acepta este criterio cuando compara regiones del mundo ya que da mayor peso a África porque es pobre. En una incomprensible pirueta intelectual, Stern no aplica la misma regla cuando compara generaciones. Al fin y al cabo, nuestros hijos no sólo van a heredar un planeta más caliente. También heredarán una tecnología y unas instituciones que les van a permitir ser mucho más ricos que nosotros. Si es de justicia Rawlsiana dar más peso a los africanos porque son pobres, entonces uno tiene que dar más importancia a las generaciones presentes porque también son pobres en relación a las futuras. Es decir, es de justicia aplicar un tipo de interés o de descuento a la hora de evaluar costes intergeneracionales por lo que las conclusiones de Stern están equivocadas.

 He subrayado las palabras que revelan una suerte de religión, una creencia. Sala i Martin cree que nuestros descendientes serán más ricos, auto- engañado por los supuestos de los modelos que él construye. Habrá mejoras tecnológicas inducidas por el propio crecimiento que llevarán a más crecimiento. Los supuestos sustituyen a la investigación de los límites a los sumideros de residuos y a la disponibilidad de energía y materiales. La fe en el crecimiento económico lleva a infravalorar el futuro y lleva por tanto al carpe diem. Gocemos ahora aunque dejemos en herencia un mundo con menos biodiversidad, con servicios ambientales degradados, con residuos nucleares, con cambio climático; no importa, nuestros descendientes serán por hipótesis más ricos que nosotros y sabrán hacer frente a esos daños y los compensarán de alguna manera.

 Los economistas infravaloran el futuro porque suponen que nuestros descendientes van a ser más ricos, y por tanto en los hechos les vamos a dejar un mundo empobrecido y contaminado. La “paradoja del optimista”. Contra ese optimismo metafísico (que lleva a infravalorar el futuro), lo que simplemente hace falta para que nuestros descendientes estén peor que nosotros y para que otras especies desaparezcan es continuar como vamos. Ahora bien, no solo continuamos al mismo ritmo sino que queremos aumentar el ritmo. La economía mundial, con China e India a la cabeza, pero también Alemania y otros países en el pelotón delantero, creció 3 por ciento en 2010 y en 2011 (sin restar los daños ambientales). Lo que es crecimiento del PIB se nota también en el aumento de la “huella ecológica” (un índice que suma el uso del suelo y las emisiones de dióxido de carbono), tras una breve interrupción de su marcha creciente por la crisis del 2008-09.

 En lo que respecta a la justicia climática intrageneracional, hay un vasto movimiento de la sociedad civil que se hizo muy presente en Copenhague en 2009, en Cancún en 2010 y en Durban en diciembre 2011, mientras los estados junto con la burocracia de NNUU están abandonando los objetivos obligatorios de reducción de emisiones. La negación a reducir las emisiones por parte de Estados Unidos impide un acuerdo.

 En el año 2005, un habitante promedio norteamericano emitió 19,5 toneladas métricas de CO2, un chino, 4,3. Había unos 300 millones de norteamericanos en el planeta, 1.300 millones de chinos. En otras palabras, el cambio climático no se dispara ya de manera totalmente incontrolada en respuesta a concentraciones de 600 o 700 ppm porque China, la India y los países más pobres del mundo han emitido y emiten por persona mucho menos que los ricos. Históricamente, los países ricos tienen una gran deuda climática acumulada. Desde el 1990 han aumentado las emisiones en todo el mundo (EEUU, un 13%), excepto en algunos países europeos. Desde Kyoto en 1997 también han aumentado, excepto otra vez algunos países europeos. La crisis de 2008-09 hizo frenar el aumento de emisiones un par de años, pero éstas continúan excediendo lo tolerable al menos en un 50 por ciento.

 En Cancún y Durban, los países del Sur no tuvieron una postura fuerte de reclamo contra las excesivas emisiones per capita actuales e históricas de los países ricos. Eso es una lástima, porque esos reclamos, además de ser justos, ayudan a quienes internamente en Europa, Japón, Estados Unidos, propugnan una disminución de las emisiones y no creen ya en el crecimiento económico. Sabemos por el corte de ayuda económica de Estados Unidos a Ecuador y Bolivia tras Copenhague 2009 y por las revelaciones de Wiki-leaks que Todd Stern (que no tiene relación con Nicholas Stern, el economista británico) y sus colegas de la diplomacia estadounidense recurrieron a las amenazas y promesas de donaciones monetarias (casos de Etiopía y las Maldivas) para lograr que los gobiernos del Sur renuncien a exigir la deuda ecológica y a pedir rápidas reducciones de emisiones.

 Es preciso reducir las emisiones en un 50 o 60 por ciento. Por tanto hay que reducir la velocidad con que extraemos y quemamos los combustibles fósiles que son su fuente principal. En concreto se plantea la cuestión: ¿dónde dejar gas, petróleo o carbón en tierra? La respuesta es: allí donde el ambiente local es más sensible, tanto en términos sociales como ecológicos; allí donde la biodiversidad local vale más. Este es el caso del Parque Nacional Yasuní en Ecuador donde los grupos ecologistas propusieron y el gobierno de Rafael Correa aceptó en 2007, dejar en tierra el petróleo en los campos ITT (850 millones de barriles) para preservar la biodiversidad, garantizar la vida de pueblos indígenas no contactados, y al mismo tiempo evitar la emisión de unos 410 millones de toneladas de dióxido de carbono que se producirían al quemar ese petróleo. Una iniciativa del Sur.

 El cambio climático genera transformaciones naturales irreversibles e irreparables. Se acidifican los océanos. En los países andinos centrales, desaparecen los glaciares bajo los 6000 metros. Los países ricos tienen una deuda ecológica con los países del Sur. El reconocimiento de esa deuda ecológica es un tema que ha pasado de la sociedad civil a los discursos de algunos cancilleres y de presidentes pero que no se hace operativo. Los fondos provenientes del pago de la deuda ecológica histórica podrían dirigirse a inversiones ecológicas como las que recomienda Tim Jackson (2009), pero a escala internacional: conservación de los bosques, los manglares, las fuentes de agua y la biodiversidad; la adaptación de ecosistemas y grupos humanos vulnerables, y la transición hacia energías alternativas. No se trata de que los países ricos del Norte den créditos de “adaptación” a los países que no tienen responsabilidad histórica, o tienen muy poca, por el cambio climático. Mucho menos, que esos créditos actúen como nuevos mecanismos de endeudamiento financiero para los países del Sur. Es una cuestión ética: los países del Norte deberían reconocer su responsabilidad financiera y social con las generaciones actuales y futuras. Pagar la deuda histórica es como pagar una multa justa.

Los Estados Unidos, la Unión Europea, Japón no reconocen esta deuda pero en Copenhague en diciembre del 2009 por lo menos 20 presidentes  de estado o de gobierno mencionaron explícitamente la deuda ecológica  (o deuda climática). Algunos usaron la palabra “reparaciones”. Pablo Solon, el valiente embajador de Bolivia en las NNUU hasta el 2011, se quedó solo en Cancún en el 2010 en sus acertadas protestas. Él ya había dicho en Copenhague en el 2009 que “admitir responsabilidad por el cambio climático sin tomar las acciones necesarias para hacerle frente, es como si alguien le pega fuego a tu casa y después se niega a pagarla. Aunque el fuego se hubiera iniciado sin querer, los países industrializados, con su inacción política, han seguido echando gasolina al fuego… No tiene justificación alguna que países como Bolivia tengan ahora que pagar esa crisis climática que implica una enorme carga sobre nuestros recursos limitados para proteger a nuestra gente de esta crisis causada por los ricos y por su sobre-consumo… Nuestros glaciares están en regresión, las fuentes de agua se secan. ¿Quién debe hacer frente a eso? A nosotros nos parece justo que el contaminador pague, y no los pobres. No estamos aquí asignando culpabilidad sino solamente responsabilidad. Como dicen en Estados Unidos, si lo rompes, lo pagas”.

 El trasfondo al discurso de Pablo Solon en Copenhague fue la declaración de Todd Stern (como principal negociador de Estados Unidos) en una conferencia de prensa el 10 de diciembre del 2009. “Reconocemos absolutamente nuestro papel histórico en poner las emisiones en la atmósfera, allá arriba… Pero el sentido de culpa o el tener que pagar reparaciones, eso lo rechazo categóricamente”. [3]. A esta controversia se añadió inesperadamente el economista Jagdish Bhagwati, profesor de Columbia University en Nueva York, en un artículo en el Financial Times el 22 de febrero del 2010. Sin reconocer ni la literatura activista (www.deudaecologica.org) ni la académica sobre el tema desde 1991, Bhagwati escribió que los Estados Unidos al enfrentarse a problemas de contaminación tras el escándalo de Love Canal creó en 1980 la legislación llamada Superfondo (la ley se llama oficialmente CERCLA) que exige que la compañías responsables eliminen los residuos tóxicos e indemnicen los daños causados. Añadía Bhagwati que esta legislación implica una responsabilidad “estricta” en el sentido legal, de manera que la responsabilidad existe aunque no se supiera entonces que los materiales vertidos eran tóxicos. En  cambio, Todd Stern rechazaba esta tradición legal interna de Estados Unidos al rechazar cualquier obligación y pago por las emisiones pasadas que afectaban otros territorios. Estados Unidos debía dar marcha atrás en este punto, según Jagdish Bhagwati. Todos los países ricos debían aceptar sus pasivos ambientales en proporción a su parte de emisiones históricas de dióxido de carbono como las contabiliza el IPCC. El pago sería por daños y perjuicios, por tanto esos fondos no debían ser parte de la habitual ayuda al desarrollo, eso sería indignante.

 Efectivamente, el reclamo de compensaciones por la deuda climática se hace sentir en la calle, en los foros alternativos, en algunas cancillerías veinte años después de la conferencia de Rio de Janeiro de 1992. Existen cálculos al respecto. Srinivasan y otros autores, incluido el economista ecológico de Berkeley, Richard Norgaard, cuantificaron en unos 2 millones de millones de dólares  (2008) la deuda ecológica acumulada del Norte al Sur, la mayor parte a cuenta de la deuda climática. Ese cálculo se publicó en los Proceedings of the National Academy of Sciences, indicando la credibilidad académica del concepto de deuda ecológica.

 

Deudas financieras y Deudas ecológicas

 Mientras por un lado se acumulan deudas ecológicas cada vez mayores por el cambio climático, la biopiratería, el comercio ecológicamente desigual por parte de los países ricos, de otra parte, esos mismo países (Japón, Estados Unidos y casi todos los países europeos) han estado acumulando una gran deuda financiera por la imprudencia de querer fomentar el crecimiento económico por el endeudamiento de los consumidores y por la deuda pública que tanto ha tenido que crecer desde 2008 por los salvatajes bancarios.

 Veamos la situación española como se plantea en el angustioso verano del 2012. Tanto el estado español como varias de sus regiones autónomas lanzan emisiones de deuda pública prometiendo intereses de no menos de cinco o seis por ciento anual. Debería estar prohibido porque no hay garantía alguna que se pueda pagar esos intereses y devolver esos créditos. Eso solo sería posible si hay bastante inflación (si el dinero vale menos) o si la economía crece.  O si se aprieta más el cinturón a la gente aunque amenace una revuelta.

 En los debates sobre la crisis actual y las deudas financieras en los países ricos, hay tres posiciones distintas. La primera  posición es la de economistas  keynesianos como Krugman y Stiglitz. Para poder pagar las enormes deudas creadas en Estados Unidos, en Europa, en Japón, tanto públicas como privadas, hay que crecer. La economía debe crecer, los bancos centrales deben impulsar el gasto, ha de haber crecimiento en términos nominales (es decir, un poco de inflación) y también en términos reales. Debe crecer lo que llaman la economía productiva de fabricación de automóviles, de producción de cemento para infraestructuras, de producción de servicios de enseñanza y sanidad… Hemos de regresar al crecimiento, para así poder pagar las deudas. La política de austeridad es suicida económica y socialmente. No les falta razón, excepto que ellos se olvidan de la economía real-real. Más crecimiento implicará inmediatamente más demanda de petróleo y de gas, más producción de dióxido de carbono, en el caso que las economías ricas salgan de la crisis actual.

 La segunda posición es la de los financieros acreedores, los bancos, los tenedores de bonos,  la “Deudocracia”, quienes quieren a toda costa que se paguen todas las deudas pendientes. El poder de la banca es grande en España y en el mundo. Del gobierno se pasa a dirigir el FMI y del FMI a la banca privada. O al revés.  No hay misericordia con los desahuciados por deudas hipotecarias y no debe haberla con los estados manirrotos. Una razón que se esgrime es que si no se pagan las deudas, la próxima vez nadie dará crédito a nadie al haber sido escarmentados los acreedores.  Pero vemos en la historia  que muchas empresas no pueden pagar, suspenden pagos, después, algunas, vuelven a la carga. Lo mismo ha ocurrido con los estados. El caso de Argentina en el 2000 está en el recuerdo de todos.  Se endeudan, declaran defaults parciales, la economía se recupera después (en el caso argentino, a costa de aumentar enormemente los pasivos ambientales de la minería, de la agricultura de soja  y de la industria petrolera, sea dicho de paso).  

 La insistencia de la “Deudocracia” en que se paguen las deudas refleja los intereses del capitalismo financiero. Pero tal vez hay algo más detrás de eso. Escuchando el intenso ruido de helicópteros de la policía en el cielo de Barcelona vigilando e intimidando a los manifestantes en los días de mayo de 2012 en que el directorio del Banco Central Europeo se reunió en la ciudad, pensé en la doctrina del shock de Naomi Klein. Ustedes han de pagar sin rechistar, les bajamos salarios, les negamos pagos a los desempleados, les obligamos a pagar medicinas, les bajamos pensiones y subimos impuestos, no solo para poder pagar deudas (que son impagables) sino para que aprendan. No se les ocurra protestar. Den gracias por estar vivos. No reclamen derechos.  La crisis de la deuda sirve para introducir miedo y rebajas sociales, para poder despedir a los trabajadores empleados con más facilidad, para culpabilizar a los ciudadanos de la crisis de un sistema. Bien decían los indignados del 15-M, “nosotros no somos anti-sistema, el sistema es anti-nosotros”.

 La primera posición (de economistas keynesianos) es la de Crecer para pagar la Deuda. La segunda posición  es primero Pagar la Deuda para después poder Crecer a base de endeudarse más, volver al 2007. O en todo caso Pagar la Deuda, dejar que los salarios bajen al fondo y esperar (de manera anti-keynesiana) que entonces los empresarios se animen a invertir.

 El triunfo de Hollande en Francia, reforzará un poco en Europa la primera posición. Pero para el Reino de España es ya demasiado tarde, la Deuda acumulada es tan grande (la privada y la pública), los intereses que hay que pagar para colocar emisiones son tan altos, que con razón las agencias de riesgo van bajando la calificación de la deuda española, adivinando que no se podrá pagar en su integridad.

 Hay una tercera posición, que apenas se oye ni se lee en los medios, una posición que el movimiento de los indignados pudiera y debiera haber expresado claramente hace ya un año. No se puede ni se debe pagar la deuda enteramente. Hace falta una moratoria, un default parcial, una reestructuración, una condonación, una quita, una bancarrota parcial. Hagamos un concurso para encontrar el eufemismo que suene mejor. En primer lugar, una moratoria de la deuda privada de los que están a punto de ser desahuciados. Pero mucho más allá, una moratoria o default parcial de las deudas del estado español  y de las regiones autónomas en apuros como Cataluña y algunas otras.  Contra el poder de la Deudocracia y contra las ilusiones de los keynesianos.  Aunque un default español lleve a la vergüenza del recuerdo de Felipe II.

 Lo que le ocurrió a Alemania tras la segunda guerra mundial, cuando el banquero Herman Abs negoció en Londres pausados pagos parciales de la deuda externa alemana (tras una enorme tragedia auto-infligida), lo que le ha ocurrido el año pasado a Grecia que tuvo que dejar de pagar  (con ribetes de farsa por el origen de las deudas pero también de tragedia por las inmisericordes exigencias sociales de la Deudocracia), debe ocurrir ya ahora en España. Mejor pronto que tarde. Y algo parecido ha de ocurrir después (tal vez devaluando las monedas) con los montones de deudas impagables de Italia, de Japón, de Estados Unidos.

 Hemos de evitar que la obligación de pagar esas deudas financieras nos lleve otra vez a la ilusión del crecimiento económico que solo se logra materializar mediante el aumento de pasivos ambientales o deudas ecológicas al destruir biodiversidad, agotar recursos naturales y aumentar la contaminación.

 

El ecologismo de los pobres, aliado de los movimientos por el decrecimiento y el estado estacionario

 Supongamos que una compañía minera destruye los glaciares, las lagunas y manantiales de agua aprovisionan una comunidad y su ganado en los Andes. Supongamos que Vedanta, Tata o Birla contaminan el agua en una aldea de la India por la minería de bauxita, de hierro o de carbón.  Las familias no tienen otro remedio que abastecerse del agua de los arroyos o de los pozos. El salario rural es algo más de un euro al día. Si los pobres han de comprar agua, todo su salario se iría simplemente en agua para beber para ellos y sus familias. Asimismo, si en la India no hay leña como combustible, al comprar gas licuado de petróleo, como preferirían, gastarían el salario semanal de una persona para adquirir un cilindro de 14 kgs. La contribución de la naturaleza a la subsistencia humana de los pobres no queda pues bien representada en términos monetarios. El asunto no es crematístico sino de subsistencia. Sin agua, leña y estiércol, y pastos para el ganado, la gente empobrecida simplemente se muere. Las mujeres son las primeras que protestan. Precisamente la problemática ecológica no se manifiesta en los precios, pues los precios no incorporan costos ecológicos ni tampoco los trabajos cuidativos ni los productos y servicios naturales necesarios para la reproducción social.

 En la contabilidad macroeconómica se puede intentar introducir la valoración de las pérdidas de servicios de los ecosistemas y de biodiversidad ya sea en cuentas satélites (en especie o en dinero) ya sea modificando el PIB para llegar a un PIB “verde”. Pero en cualquier caso, la valoración económica de las pérdidas tal vez sea baja en comparación con los beneficios económicos de un proyecto que destruya un ecosistema local o que destruya la biodiversidad. Lo mismo se aplica a nivel macroeconómico: un aumento del PIB ¿compensa el daño ambiental? Esa es la perspectiva de la “sustentabilidad débil” y no la de la economía ecológica, que argumenta a favor de la inconmensurabilidad de valores.

 La Corte Suprema de la India ha ordenado incluir en los costos de los proyectos el Valor Neto Actualizado de los bosques destruidos (según sus productos maderables y no maderables, tanto los que van al mercado como no, y según los servicios ambientales afectados, todo ello actualizado a una arbitraria tasa de descuento). En general, eso no va a impedir que se realice un proyecto minero o una hidroeléctrica. En cambio, eso sí puede ocurrir cuando se esgrimen valores como los derechos territoriales indígenas o la sacralidad de una arboleda o un cerro.

De ahí la idea del “PIB de los pobres”[4], sobre todo de las mujeres pobres. En otras palabras, si el agua de un arroyo o del acuífero local es contaminada por la minería, los pobres no pueden comprar agua en botella de plástico, por tanto, cuando la gente pobre del campo y especialmente las mujeres, ven que su propia subsistencia está amenazada por un proyecto minero, una carretera,  una represa, una plantación forestal o una gran área industrial, a menudo protestan no porque sean ecologistas sino porque necesitan inmediatamente los servicios de la naturaleza para su propia vida.

 Esos miles de conflictos por la justicia ambiental y social se deben al aumento del metabolismo social. Ha habido cientos, miles de víctimas del ecologismo popular en América latina. Se forman redes en defensa de las comunidades contra la minería, en defensa de los bosques y de los ríos, se forman asambleas de afectados. Rara vez se hace justicia, por eso es animador que Chevron haya sido condenada a una indemnización de casi USD 20 mil millones en Ecuador por daños por extracción de petróleo entre 1970 y 1990.

 No hay espacio en este artículo para dar listas de conflictos (como la militarización en 2012 en Cajamarca en Perú,  donde Pizarro se encontró con Atahualpa, por el proyecto de la nueva mina Conga, y con tantos otros casos).(www.ejolt.org). Por ejemplo, no hay lugar para reseñar conflictos en Argentina, en la minería, en la producción de soja, en la extracción de combustibles fósiles pero vean cómo el gobierno argentino recordó de repente los pasivos ambientales de Repsol YPF a la hora de poner precio en 2012 a sus activos en el proceso de nacionalización aunque se olvida de otros pasivos ambientales como los de Xstrata en La Alumbrera y los de la producción de soja, mientras machaca a los ambientalistas populares.

 

Conclusión: el papel de las OJAs

 Cuando en Le Nouvel Observateur (n. 396, junio 1972) le preguntaron a Sicco Mansholt, presidente de la Comisión Europea, si estaba por el “crecimiento cero”, él respondió que ya no se trataba de “crecimiento cero” sino de “crecimiento por debajo de cero”. Para él, “el esfuerzo que yo preconizo no es posible en el cuadro de la sociedad actual basada en el capitalismo y la búsqueda de la ganancia. Una preocupación ecológica supone una reflexión sobre la sociedad que nos permitirá lograr nuestros objetivos – una sociedad en la cual nos sintamos felices de vivir”.

 En el siguiente número de Le Nouvel Observateur (n. 397, 1972), André Gorz señaló que el equilibrio ecológico global del cual hablaba Mansholt tras leer el informe de los Meadows, requería que la producción material no creciera, requería incluso su decrecimiento – décroissance– y él se preguntaba si eso era compatible con el capitalismo. Tal vez era compatible con el capitalismo “pero no como lo conocemos” (casualmente, palabras idénticas a las de Tim Jackson). Sería otro tipo de capitalismo que también tendría crisis pero donde nuevos sectores mantendrían la ganancia del capital, por ejemplo un nuevo gran sector de capitalización de la naturaleza, un sector de servicios de descontaminación y reciclaje. La totalidad de las condiciones y factores naturales que permiten la vida serían subsumidos por el capital, algo que hoy preconiza la mal llamada “economía verde” de la UNEP..

 No se llegó en 1972 en París a discutir a fondo el significado histórico del ecologismo. Surgió la pregunta de si el ecologismo era un movimiento social o más bien un movimiento cultural (como decía Marcuse). También se preguntaron sobre cuál era su contenido de clase, Gorz trajo el proletariado a escena pero sin mucha convicción. Nadie dijo todavía que las protagonistas principales de la transición ecológica fueran por ejemplo mujeres indígenas, nadie mencionó todavía las luchas por la justicia ambiental ni tampoco que fuera a constituirse la Vía Campesina en 1993, una red de movimientos campesinos que tiene por principal objetivo la soberanía alimentaria, la defensa de la agro-biodiversidad y que asegura que la agricultura campesina (con su mayor EROI) contribuye a “enfriar la Tierra” mientras que el sistema industrial alimentario mundial usa gran cantidad de combustibles fósiles y contribuye a una gran producción de gases con efecto invernadero. La historia está yendo en el sentido de Sicco Mansholt pero con protagonistas imprevistos. No son las políticas públicas ni los acuerdos entre estados los que se enfrentan realmente a los desafíos ecológicos sino grupos de la sociedad civil y sus redes, las OJAs (organizaciones de justicia ambiental), que no se corresponden estrictamente con clases sociales al estilo marxista.[5]

 Conocemos ahora que el cofundador de la economía ecológica Nicholas Georgescu-Roegen intercambió correspondencia con los Meadows dándoles apoyo tras la publicación de su informe al Club de Roma, advirtiéndoles que los economistas estarían unánimemente en su contra (excepto él y unos pocos).[6] Los Meadows le agradecieron su buena disposición. Georgescu se hizo socio del Club de Roma pero el Club de Roma no estaba realmente por el decrecimiento ni por el estado estacionario – como escribió Alexander King en su autobiografía Let the Cat Turn Around: One Man’s Traverse of the Twentieth Century (Londres, CPTM, 2006) donde recuerda que en abril 1972 él mismo y Aurelio Peccei, como líderes del Club de Roma (asustados del informe de los Meadows) habían escrito a la Comisión Europea criticando a Mansholt y abjurando de la idea de “crecimiento cero”. Georgescu por su lado se dio de baja o dejó de pagar la cuota del Club de Roma. Ya entonces se habló pues del decrecimiento y en 1979 Georgescu publicó en francés una selección de artículos traducidos por Jacques Grinevald e Ivo Rens con el título Démain la Décroissance. Llegó el momento de decir aujourd’hui la décroissance, un pequeño decrecimiento en los países enriquecidos en alianza con los intelectuales y políticos post-extractivistas (Acosta, Gudynas) y con los  movimientos del Sur que protestan contra el cambio climático, que reclaman la deuda ecológica acumulada pero no quieren que ésta aumente más todavía, que no desean continuar exportando materias primas baratas que implican costos socio-ecológicos que no están calculados, que prefieren el Buen Vivir al desarrollo uniformizador, que no confunden la verdadera oikonomia con la crematística.

 El objetivo del Buen Vivir se puede expresar como un principio aristotélico (¿aunque tal vez sumak kawsay tenga una vida filológica anterior al griego?). Y coincide con principios de otras culturas. Por ejemplo, la economía gandhiana (elaborada por J. C. Kumarappa) recoge reglas políticas como la  ahimsa (la no-violencia incluso contra animales, con raíces religiosas jain), la satyagraha (tener la valentía de defender las propias razones, la palabra es de Gandhi), y reglas económicas como la aparigraha (la renuncia a acumular bienes, la simplicidad voluntaria que muchas religiones elogian), y el respeto y la práctica de los trabajos cuidativos, sin privilegios de casta o de género.

 Si en 1992 en Rio de Janeiro las NNUU propugnaban el desarrollo sustentable, en el 2012 defienden  la economía verde, y tal vez en el 2032 el desarrollo verde y en el 2052 la economía sustentable. Palabras vacías. La burocracia de NNUU supone que es fácil crecer de manera desmaterializada, olvida los objetivos concretos respecto al cambio climático y la pérdida de biodiversidad, quiere meter los servicios ambientales en el mercado como nuevo sector de negocios e impulsa la inversión pública ambiental en una perspectiva de crecimiento económico verde similar al fracasado desarrollo sostenible de 1992. Hay una diferencia con 1992, la “economía verde”, en un contexto de crisis en las economías ricas, se vincula expresamente no a la nueva macroeconomía ecológica sin crecimiento de Jackson y Victor sino al keynesianismo de Krugman y Stiglitz. Hay que aumentar el déficit público siguiendo una política keynesiana. Ese gasto estatal financiado con deudas ayuda a salir de la crisis para volver a una senda de crecimiento, y podría encaminarse a fines sociales y ecológicos. Eso es lo que predican Achim Steiner y Pavan Sukhdev en la UNEP desde 2008 hasta hoy.

 Pero si la Deuda financiera crece y crece (como ha ocurrido en el Japón en los últimos veinte años y está ocurriendo en Estados Unidos y Europa) eso desembocará en una imposibilidad de pago de esa deuda o en inflación. La economía verde keynesiana de la UNEP no tiene nada que ver con la macroeconomía ecológica de Soddy, Daly, Victor y Jackson, que no está por el crecimiento económico y que no quiere aumentar la deuda de los consumidores ni la deuda pública. Esa “economía verde” que predica la UNEP tampoco tiene que ver con el movimiento decrecentista ni con los movimientos de justicia ambiental.

 ¿Puede la macroeconomía ecológica sin crecimiento de Jackson y de Victor entrar en alianza con los movimientos del ecologismo popular (y las organizaciones y redes de justicia ambiental y justicia climática que ellos forman)?

 Las críticas al PIB ya estaban en su lugar en 1970. El PIB no resta lo que debería restar ni tampoco suma lo que debería sumar. Se comprueba que la satisfacción vital o la felicidad ya no crecen al crecer el ingreso más allá de cierto umbral. Los “bienes relacionales” adquieren más importancia que los bienes materiales. En palabras de Castoriadis: “vale más un nuevo amigo o una nueva amiga que un nuevo Mercedes Benz”. Una economía sin crecimiento requiere también nuevas instituciones (por ejemplo, una renta básica o de ciudadanía en vez de quitar el subsidio a los desempleados para cumplir planes de austeridad para pagar las deudas financieras).

 Desde el Sur llega un fuerte reclamo de la deuda ecológica y también protestas sociales por el cambio climático. Además, el rechazo del Sur a continuar proporcionando materias primas baratas para las economías industriales debería traducirse en impuestos sobre el agotamiento del “capital natural” o “retenciones ambientales” y límites a la exportación. Debería traducirse también en más propuestas como la del Yasuní ITT y en exigencias del pago de los pasivos ambientales de las empresas transnacionales. Eso ayudaría al Norte (incluyendo partes de China) en el camino hacia una economía más sostenible que use menos materiales y energía.

 A primera vista parece que el Sur se perjudica si el Norte no crece porque hay menor oportunidad de exportaciones y también porque el Norte no querrá dar créditos y donaciones. Pero precisamente los movimientos de justicia ambiental y climática, el ecologismo de los pobres tan vigoroso en el Sur, son los mejores aliados del movimiento por una economía sin crecimiento e incluso con un decrecimiento económico socialmente sostenible en el Norte.

 REFERENCIAS

 Bonaiuti, M. ed., 2011, From Bioeconomics to Degrowth. Georgescu-Roegen’s “New Economics” in eight essays. Routledge, London.

Daly, H, ed. 1973, Toward a Steady-State Economy,W. H. Freeman, San Francisco.

Georgescu-Roegen, N. 1971, The entropy law and the economic process, Harvard U.P. Cambridge, MA.

Harvey, D. 2003, The New Imperialism, Oxford U.P., Oxford

Hirsch, F, 1978, The Social Limits to Growth, Routledge and Keagn Paul, London

Jackson, T, 2009, Prosperity without growth. Economics for a finite planet. Earthscan, London.

Kerschner, C., 2010, Economic de-growth vs steady-state economy, J. of Cleaner Production 18(6), 544-551.

Mankiw, Gregory, 2007, Macroeconomía, 6ª edición, Antoni Bosch, Barcelona.

Martinez-Alier J. y K. Schlüpmann, 1991, La economía y la ecología, FCE, México.

Victor, P. 2008, Managing without growth. Slower by design, not disaster. Edward Elgar, Cheltenham.


[1] Este artículo es una adaptación de uno más largo publicado en Revista de Historia Actual 9(9), 2011, pp. 149-168.

[2] Debtocracy – Χρεοκρατία – Deudocracia es un documental realizado por los periodistas griegos Katerina Kitidi y Ari Hatzistefanou, 2011.

[4] Introducida en el primer informe del proyecto TEEB (The Economics of Ecosystems and Biodiversity) en 2008.

[6]  C. Levallois, Can De-Growth be Considered a Policy Option? A Historical Note on Nicholas Georgescu-Roegen and the Club of Rome, Ecological Economics, 69 (11), 2010.