LA CRISIS ECONÓMICA Y EL CAMBIO EN EL PODER GEOPOLÍTICO EN EUROPA. por José Balsa Barreiro

Le Monde Diplomatique (Chile)  <www.lemondediplomatique.cl>

 

A finales del siglo pasado y principios del actual, se planteó a nivel mundial un cambio de ciclo hegemónico. Esta sucesión de poder se hizo más patente, en los últimos años, con la llegada de la crisis financiera mundial, que golpeó sobremanera a la economía estadounidense. Se concebía entonces que, con permiso de las potencias emergentes, la Europa comunitaria podía convertirse en el nuevo líder hegemónico por su fuerte peso económico y político a nivel mundial. Representaba, en principio, un modelo cohesionado y complementario, donde se habían aplicado desde la fundación de la CEE una serie de políticas de convergencia basadas en criterios de solidaridad interregional dentro de un conjunto de países cada vez más numeroso que acordaban cesiones de soberanía y concebían un crecimiento conjunto de sus economías, llegando a conformarse un enorme mercado de más de 500 millones de habitantes en 2011. Mostraba además, a pesar de las desigualdades regionales existentes, una economía competitiva por sectores, un desarrollo complementario basado en criterios de solidaridad interregional, una industria competitiva, unas estructuras sociales solidarias con unos Estados de Bienestar de gran tradición y altas cotas de sensibilidad medioambiental liderando todas las políticas y protocolos de actuación medioambientales.

 El intento por crear un mercado unido, algo así como unos Estados Unidos de Europa, con base política en Bruselas parecía una necesidad que debía ser constatada en medio de un mercado global y un contexto multicultural. Un reto muy complicado debido a la propia historia de cada una de sus respectivos pueblos y a los múltiples intentos de hacer una Europa unida que hasta el momento se habían llevado a cabo por la fuerza.

 De esta forma, Europa ejercía prácticamente desde su fundación un poder centrípeto que se veía ratificado en los diferentes países, salvo excepciones puntuales, con la firma sucesiva de acuerdos y tratados en pro de la unión de un mercado único (1). Sin embargo, la llegada de la crisis financiera y económica a Europa amenaza con romper las buenas pretensiones y el régimen de esta unión. Casi sin tiempo a asimilarlo, se vuelve a hacer patente la Europa de las dos velocidades, tan próximas y tan alejadas en sus modelos socioeconómicos. La autoridad y transparencia financiera de los países del Norte sobre los del Sur supone un control férreo de sus agendas financieras. Se hace patente la pérdida de poder hegemónico de Europa en el mundo en base a una descohesión político-territorial a nivel europeo donde Alemania marca las normas, ofreciéndose una relación dominante del Bundesbank sobre el BCE y donde simplemente las políticas alemanas se disfrazan de europeas.

 Por una parte, la Europa del Norte o de la primera velocidad, liderada por el eje franco-alemán ejerce de juez. El gobierno alemán, conformado por una coalición entre democristianos y liberales, opta por unas políticas keynesianas extremas justificándolas en el intento de evitar un conflicto social como el que originó en Alemania la crisis que supuso la llegada de los nazis al poder en 1933. Se intenta de esta forma limitar el crédito en función del cumplimiento de unos determinados objetivos de déficit, variables en relación al PIB de cada país y/o región. Por otra parte, los países del sur, que habían conocido fuertes índices de crecimiento durante la década previa a la crisis (2), alcanzan altísimos niveles de deuda con grandes dificultades para refinanciarla en los mercados. Se conforma así la Europa de la segunda velocidad, conformada por un grupo de países (los PIIGS), que entra en una dinámica de decrecimiento económico debido a la imposición de unas políticas de austeridad, la no fluencia del crédito, unas economías especulativas y a su propia fama histórica de países con altos niveles de corrupción política. Caen así estos países en una espiral negativa debido a una pérdida de confianza tanto de carácter externo (mercados y resto de países) como interno (respecto a las sociedades de sus propios países).

 Se produce de esta forma una inversión de poder, donde Europa solo se conforma como mercado, pero no como principal órgano decisor. Su propuesta de federalización del territorio en base a su figura propia (las euro-regiones) apenas tienen peso más allá del simbólico. La pérdida de poder central y el mayor peso político de sus dos grandes potencias, Alemania y Francia, se hace cada más patente. Entre los ejemplos recientes estarían las continúas visitas y recepciones de ministros alemanes a una Grecia extenuada y a una España en la incertidumbre (3) o las elecciones a la Presidencia de Francia (2012), cuya campaña se desarrolla totalmente en clave nacional, sin apenas ninguna referencia a Europa por ninguno de los principales candidatos.

 Europa inicia un proceso centrífugo de pérdida de poder político hacia una serie de países, que pasan a marcar la agenda financiera de los países del sur. La Europa de la primera velocidad traslada a sus sociedades los intereses de sus empresas y se erigen como guías (y salvadores) de los países del Sur en una hoja de ruta político-económica que ellos mismos marcan. Dada la limitación de sus políticas y los propios conflictos sociales de carácter interno que padecen, se observa en muchos de estos países, como en Finlandia (4), un rebrote del voto nacionalista en partidos de derecha radical, los cuales critican la “solidaridad” de las políticas comunitarias hacia los países del Sur.

 La recuperación de soberanía nacional surge como un intento de volver al pasado, a unos modelos políticos más próximos a las sociedades y más ajenos a los mercados. Se produce así un fuerte incremento de la presencia y peso de partidos euroescépticos y/o anti-europeístas(5), aunque con perspectivas muy diferentes: por una parte los partidos de extrema-izquierda que intentan romper con las cadenas del mercado neoliberal y, por otra, los partidos de ultraderecha que apelan a su identidad en clave de patriotismo y orgullo nacional(6). De esta forma se produce una polarización de la actividad política, común tanto a las dos Europas y que hemos visto en Grecia(7) pero también en los países más ricos como Francia (8) o en Holanda(9). En este contexto de polarización de la política nacional, los partidos tradicionales intentan adaptar sus discursos y entran en la contradicción de perder su espacio político en pro de posturas más radicales.

 Nos encontramos así en una situación paradójica en la que se apela al sentimiento europeísta para los mercados y al orgullo nacional, con más arraigo en las respectivas sociedades, para la aceptación de sacrificios sociales. Sin embargo, no hay ni rastro de políticas económicas solidarias como serían esperables en un Unión Europea real(10).

 Y es en este contexto actual en el que se recuperan y agudizan enfrentamientos tanto entre diferentes países como dentro de los mismos. El conflicto Valonia-Flandes en Bélgica o de Padania en Italia se pone más de manifiesto en un intento por mostrar unas soluciones diferentes a la crisis basándose en el carácter diferente de los distintos pueblos. En el caso español las políticas en clave nacional pretendidas por el gobierno nacional (eliminación de administraciones públicas, recorte de las autonomías) pueden verse contrarrestadas por sus nacionalismos más históricosxi, conformándose como fechas clave las próximas elecciones en País Vasco y la negociación del pasto fiscal exigida por Cataluña prevista para las próximas semanas.

 José Balsa Barreiro es Doctor Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. Universidade da Coruña (UdC)-Universidad de Valencia (UV) Ingeniero Técnico Industrial, esp. Mecánica. Universidad Politécnica de Valencia (UPV) Ingeniero Superior en Geodesia y Cartografía. Universidad Politécnica de Valencia (UPV) Máster en Planificación y Desarrollo Local. Universidade da Coruña (UdC) Licenciado en Geografía. Universidade de Santiago de Compostela (USC) Premio mejor trabajo de Administraciones Públicas de Galicia (2007)

 

Valencia, a 30 de Agosto de 2012

 

NOTAS

 1) Algunos países como Francia y Holanda no ratificaron en un primer momento la Constitución Europea (2005). Posteriormente, en un intento de darle un nuevo impulso con el Tratado de Lisboa (2007), otros países como Irlanda lo rechazaron en un primer referéndum.

 2) Son épocas de crecimiento económico coincidentes en muchos países y/o regiones con la inversión procedente de los fondos de cohesión europeos.

 3)Reuniones de urgencia del ministro De Guindos con el ministro alemán de Finanzas, Wolfgang Schäuble, los días 30 de Mayo y 24 de Julio de 2012 en Berlín.

 4) En las elecciones presidenciales de Finlandia de 2012, el partido Auténticos Finlandeses (Perussuomalaiset) obtuvo un 9,4% de los votos.

 5) Es recomendable la lectura de la entrada “Euroescepticismo y europesimismo” publicada en el blog El observatorio mundial de Mateo Madridejos:

 6) Ejemplos del primero los hemos vistos en Austria con el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ), el Partido para la Libertad (PVV) en Holanda (17% de los votos en las Elecciones al Parlamento Europeo en 2009) o con los Demócratas de Suecia (SD) en ese mismo país (5,7% votos en 2010).

 7) En la elecciones parlamentarias de Junio de 2012 Syriza (izquierda radical) tuvo el 26,89% de los votos, mientras que el partido ultraderechista Amanecer Dorado el 6,92%.

 8) En la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas de 2012 el Frente Nacional de Marine Le Pen obtuvo el 17,90% de los votos y el Partido de Izquierda (FDG) de Jean-Luc Melenchon el 11,10%.

 9) Los sondeos apuntan a fuerte crecimiento de los dos partidos extremos (ultraderecha y socialistas radicales) en las elecciones parlamentarias de septiembre de 2012.

 10) Alemania, juntos a otros países, son totalmente contrarios a la emisión de eurobonos y de políticas de asimilación de un déficit conjunto europeo.

 11) En una entrevista publicada por el Financial Times el 19 de Agosto de 2012, dos prestigiosos economistas españoles, Jesús Fernández-Villaverde y Luis Garicano, advierten de que algunas de las políticas puestas en marcha