LA POLÍTICA DEL LÉXICO. por Guillaume Long

El Telégrafo <www.telegrafo.com.ec>

10 octubre 2010

Un desafortunado debate académico (pero con graves consecuencias políticas) está carcomiendo el análisis de los tristes acontecimientos del 30 de septiembre. Varios sugieren que no deberíamos hablar de “golpe de Estado”, sino de un simple motín salarial. La derecha, y algunos cripto-liberales supuestamente oriundos de la izquierda radical, cuestionan la apelación golpe de Estado porque no identifican una rigurosa planificación o una conspiración generalizada con raíces en el implacable cálculo político, y defienden al contrario la tesis de la espontaneidad de la sublevación.

Esta negación del golpe de Estado (o la tesis del golpe “light”) comete tres errores graves.

El primer equívoco es considerar que un golpe de Estado se da solamente de forma planificada con mucha antelación, y que la espontaneidad no cabe en un golpe. Al contrario, muchos golpes han sido marcados por un altísimo elemento de aventurerismo, de espontaneidad y de improvisación. Cuando se desencadena el inicio de un putsch, aunque de forma frágil, los actores políticos y sociales tienen la opción de posicionarse frente a él. Es así que muchos golpes comienzan por una sublevación aislada (incluso mucho menos generalizada que la que vimos el 30 de septiembre en Ecuador), en uno, dos o tres cuarteles. Luego empiezan las presiones y negociaciones que, en ciertos casos y cuando están dadas las condiciones, desencadenan un efecto dominó que hace que los golpistas puedan tomar el poder. La naturaleza del golpe, por lo tanto, es ir sumando fuerzas que en un inicio no estaban absolutamente comprometidas con el putsch.

El segundo error de la negación del golpe es, además, subestimar la cantidad de fuerzas que estuvieron detrás de este golpe. El 30 de septiembre, decenas de regimientos policiales, incluyendo el más grande, fueron tomados por la fuerza. Varios regimientos de policías se movilizaron para cercar vías y carreteras a nivel nacional, cerrar la terminal de buses de Quitumbe y rodear a varios ministerios. La escolta policial en el Legislativo les quitó la seguridad a los asambleístas de gobierno, favoreciendo, además, a algunos asambleístas de oposición asociados al gutierrismo. Una facción de FAE tomó el control del aeropuerto Mariscal Sucre de Quito, cerrando la pista y aislando a la capital y al Gobierno ecuatoriano del país y del mundo. Cuando, finalmente, la visita del Ministro de Defensa al aeropuerto de Quito logró que los oficiales de la FAE depongan su medida, la ocupación fue prontamente reemplazada por una nueva toma del aeropuerto, esta vez por parte de la Policía antinarcóticos, muy cercana, desde siempre, a EE.UU.

Si esto no es una clara intentona de golpe de Estado, entonces, ¿qué lo es? Ciertamente, y siguiendo la misma lógica, los derrocamientos de Bucaram (1997), Mahuad (1999) y Gutiérrez (2005) no pueden ser tildados de golpes de Estado. La pregunta es, entonces, ¿tiene que triunfar (tiene la oposición que tener mayoría legislativa) para poder hablar de golpe?

El tercer error de la negación del golpe es ignorar el contexto histórico del Ecuador, un país donde la inestabilidad política no ha sido acompañada de altos niveles de violencia política. Si bien, en términos académicos, un golpe no significa necesariamente violencia, una suavización del léxico empleado sí puede correr el riesgo de menospreciar lo realmente llamativo del altísimo nivel de violencia (y el olor a Cono Sur) desplegado aquel 30 de septiembre. La violencia depredadora de la que todos fuimos testigos (el secuestro, el garrote generalizado y las muertes) marca un hito trágico para el país. Ojalá no sea el inicio de una suerte de “mexicanización” del Ecuador, con la conformación de grupos paramilitares que reproduzcan la lógica de los Zetas u otros.

Sepamos, por lo tanto, referirnos a esta tragedia con un uso adecuado del lenguaje.

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