QUITO: PASEANDO CON HERCULES POIROT. por Miguel Herrera

Aprovechando la presencia en el Ecuador del connotado investigador belga Hercules Poirot, invitado por un renombrado columnista de estas mismas páginas a comentar los famosos enlaces sabatinos presidenciales, me valí de algunas amistades comunes para proponerle una visita a Quito.

 El ficticio investigador, héroe de numerosas novelas de Agatha Christie, aceptó inmediatamente, con el entusiasmo de aquellos europeos interesados en descubrir lo exótico de nuestro Buen Vivir.

 Me había propuesto pasarlo a buscar a su hotel, pero había olvidado que ese día mi humilde vehículo tenía “pico y placa”, así que tuve que resignarme a contratar los onerosos servicios de un taxi.

 Cuando llegué, tarde, y con la excusa, habitual en el medio, de que “me tocó el pico y placa”, logré que se quitara la pipa de la boca y me quedara mirando con unos pequeños ojos escrutadores, preguntándose qué tragedia doméstica se había abatido sobre mi. Entendiendo su desconcierto, le expliqué largamente la medida municipal vigente en Quito, lo que lo sumó en una gran reflexión, apoyada por grandes nubes de humo; rápidamente me preguntó, “¿pero entonces, qué han logrado con esto?”, y debo confesar que no supe qué responderle, ya que el caos que enfrenté para llegar no parecía haber sido remediado por tan sesuda medida.

 Para cambiar de tema lo invité a ir a visitar el Teleférico de Quito, desde donde admiramos la ciudad en toda su extensión; no se si debí haberlo hecho, porque después, nuestro amigo, siempre tan agudo, me preguntó porqué haber construido un medio de transporte para subir a una zona donde no vive nadie, cuando un teleférico hubiera podido ser más oportuno como medio de transporte entre la zona del valle (de Cumbayá y Tumbaco) y la ciudad. Como ya me estaba empezando a cansar de tanta agudeza, le propuse tomar un bus para dirigirnos hacia el Centro Histórico.

 Ibamos relativamente bien, salvo por los frenazos y aceleraciones que parecían rutina para aprendices de astronautas, hasta que subieron dos robustos jóvenes, quienes nos explicaron que salían de un centro de rehabilitación (una cárcel, en realidad), y que, básicamente, si no les “ayudábamos”, nos iban a obligarlos a dedicarse al robo. Antes de poder verificar si se disponían a regresar a tal actividad inmediatamente y en ese bus, y aunque nuestro invitado parecía totalmente imperturbable, preferí bajar del bus y tomar un trolebús.

 Ahí empecé a tener problemas, ya que Hercules no entendía por qué debíamos pagar de nuevo, si “acabábamos de pagar por un servicio público de transporte metropolitano”, argumentaba. Se puso testarudo el belga y tuve que explicarle que el servicio público de transporte no es necesariamente un servicio público al estilo de Bruselas, y que aquí no es como allá, y que todos los servicios no están integrados, es decir, que uno no puede ir realmente de un punto a otro de la ciudad con un solo pasaje (salvo algunas excepciones). También le tuve que explicar que muchas veces el servicio público de buses…es privado! Fue allí que hablé del MetroQ, el metro propuesto para Quito.

 Nuestro detective debió percibir algo, no lo sé. Empezó a hacerme preguntas, para las cuales no tenía todas las respuestas, como el costo de construcción delMetro por kilómetro (o al revés, ya no me acuerdo bien), comparado con el costo de repotenciación de un sistema integrado de buses articulados como esos amarillos que vimos al pasar. No logré explicarle porqué el metro, que está presupuestado en 60 millones de dólares por kilómetro, sería más efectivo que la ampliación y mejoramiento de nuestro sistema de “buses de tránsito rápido”, que costaría entre 1.4 a 5.5 millones de dólares por kilómetro (felizmente se me habían quedado las cifras de un artículo reciente sobre el tema). No logré aclararle si los estudios de factibilidad de ese proyecto habían sido hechos por entidades independientes de quienes contribuirían con el financiamiento, o con la construcción. Lo único que alcancé a decirle, es que este sistema nos pondría al mismo nivel de ciudades como Bruselas, justamente, lo cual tuvo la virtud de echarlo a reir.  Mencionó algo sobre la ridiculez y el sentido común, pero en un español tan malo que no lo entendí del todo.

 De todas maneras tuvimos que suspender la discusión, porque subió más gente, con la cual establecimos intimidades forzadas, reforzadas o atenuadas según el ritmo de los frenazos del chofer, y probablemente desconocidas por los grandes planificadores urbanos de nuestra ciudad, que se desplazan merecidamente en carros sin placa y con sirenas. Don Poirot bajó sudoroso, pero lucía contento, y me explicó que fue porque logró detener las maniobras de un avezado joven que intentó quitarle la billetera. Eso sí, ¡nunca logramos encontrar la gorra!

Mencionó algo de la degradación planificada del servicio público para preparar la llegada del metro, pero no le seguí la corriente.

 Iba a proponerle un paseo en el novedoso sistema de BiciQ, que nos pone a la par de ciudades europeas, pero en ese momento estalló uno de esos aguaceros quiteños de 50 litros por segundo. Imposible utilizar nuestro nuevo sistema de transporte del “Quito que queremos” a no ser de disponer de un atuendo de buceo!

A cambio, nos refugiamos en un bar a hablar de tiempos pasados y de sus hazañas en otras ciudades del mundo.