URBANIZACIÓN DEL CAMPO. por Hernán Ibarra

 

Voy a Ambato de vez en cuando al encuentro de mis raíces o por motivos más prosaicos, comer platos típicos que mi nostalgia alimenticia reclama. Cuando tomé un bus en el terminal Quitumbe, me topé en el televisor con la transmisión de una sabatina conducida por Lenin Moreno y estaba a punto de hablar un historiador acerca del significado de la Independencia. De pronto, súbitamente el controlador apagó el televisor y decidió poner música. Era un potpurrí de música colombiana que me acompañó todo el camino. Al comienzo suenan unos vallenatos sentimentales que predominan ahora en el género. El bus parte lentamente y a pocas cuadras del terminal veo un motel con un nombre bastante filosófico: “Utopía”. Mientras trataba de descifrar porqué un lugar de encuentros eróticos puede tener ese nombre, en Guajaló se suben más pasajeros y una flota de vendedores. El bus se inunda de olores a salchipapas y seco de  gallina, ya está casi lleno y sigue su lenta salida de Quito. En Guamaní se completa el bus y entonces toma más impulso.

Es un día soleado y radiante que invita a mirar el paisaje. En realidad  más que un paisaje rural lo que estoy viendo es como la mancha urbana de Quito ya cubre Guamaní y ampliamente la antigua parroquia rural de Cutuglahua. Después de Cutuglahua y excepto unos espacios de tipo rural, constato que Tambillo, Aloag, Machachi y Aloasí están bastante pegados. ¿Qué ha pasado? Pues nada, que los espacios rurales se han ido urbanizando y por lo menos desde hace unos treinta años viene ocurriendo esto. Quedan restos de haciendas ganaderas que se modernizaron hace años, pero lo que predomina son las casas de cemento, pequeños restaurantes, talleres mecánicos, tiendas, vulcanizadoras, puestos de venta de frutas. Las casas de hacienda están en ruinas unas,  y otras convertidas en paraderos turísticos. Aunque este paisaje predomina hasta el puente de Santa Rosa, en la subida hacia el cruce de la cordillera en las faldas del Cotopaxi, también ya está este paisaje aunque más esporádico. El potpurrí colombiano sigue sonando en los parlantes y alcanzo a reconocer “Fiesta de negritos” de Lucho Bermúdez, un clásico de la música colombiana que disputa su sonido con el ruido del motor.

Al llegar a Lasso, el viaje se torna lento por un exceso de carros en circulación. Entre Lasso y Latacunga están algunas fábricas y empresas agrícolas. Pero igual, con menos urbanización, se ve antes de Latacunga una mancha urbana. En Latacunga se bajan unos pasajeros y suben unas vendedoras de allullas que inundan el bus con su voz estridente. Entre Latacunga y Salcedo el espacio urbanizado es bastante intenso. Los monumentos al Arcángel San Miguel y al helado me devuelven a Salcedo y claro, cada vez hay más locales de venta de helados de sabores. Un “cluster” artesanal que sobrevive en medio de la avasalladora presencia de los fabricantes industriales de helados que se han tomado el mercado nacional.

Al llegar a los límites de la pujante provincia de Tungurahua, empieza un paisaje salpicado de pequeños espacios de cultivos y zonas urbanizadas. Veo más talleres mecánicos y metalmecánicos y algunas fábricas. Algunos talleres están enclavados en medio de cultivos. Unamuncho y Puerto Arturo están ampliamente urbanizados, no se diga Cunchibamba e Izamba.

Cuando llego a Ambato deseo realizar una utopía, comerme un plato de conejo con papas y voy a Ficoa. El restaurante “Los cuyes” está lleno y me toca esperar un poco. Ofrecen conejo, cuy y caldo de gallina. El asadero donde se tuestan los roedores es ahora un artefacto mecánico en el que están los animales en fila movidos por un motor. El conejo sabe bien y  procuro no imaginarme cómo ha sido sacrificado.

Cumplo una rápida visita a mis parientes que me dan un paseo breve por los alrededores de Miraflores y Ficoa. Mientras miro el monumento a un laureado poeta ambateño (cuya poesía no creo haber leído), una recóndita voz costumbrista me dice: Ambato ternura, Ambato ilusión, Ambato tus panes y flores en ritmo de pasacalle. La tarde avanza y me brindan colada morada con empanadas en Ficoa, donde han proliferado los negocios de colada morada.

Anochece y me enrumbo de regreso a Quito. Trato de pensar en que este país es cada vez más urbano. En que cada vez es más complejo idear una reforma agraria que sea realizada sin considerar la intensa urbanización del campo. En que las ciencias sociales no han estudiado estas transformaciones ni las relaciones entre el campo y la ciudad. En que se concibe al agro como un lugar exclusivamente rural y de productores agrarios. En el televisor han puesto una película de Jackie Chan y aquí se acaban mis divagaciones.