ECONOMÍA POLÍTICA Y CULTURA. por Sebastián Endara

 

La humanidad capitalista plantea un mundo deshumanizado. Deshumanizado porque el valor de las personas ya no está supeditado ni siquiera a su rol dentro del aparato productivo, sino a su posición en el esquema de consumo. Eres mientras consumes, y mientras más consumes eres más. Las personas no valen por lo que son, personas, sino por lo que tienen. Del otro lado, a las personas se las juzga por lo que carecen en términos económicos. Esta forma de ver las cosas nos da la seguridad de que el modo de producción capitalista no solo produce de determinada manera ciertas cosas, sino también ciertos símbolos y ciertos discursos que se expresan finalmente en la producción de un tipo de ser humano y de un tipo de mundo. No puede estar más clara la relación entre la economía política y la cultura.

 La institucionalidad provee ideología al servicio de la lógica capitalista de producción, adicionando que la institucionalidad administra lo que es, lo que existe, no lo que debiera ser. Será entonces normal que las instituciones, y especialmente las de la cultura, vayan afinando su propósito, y en consecuencia, vayan alineándose a las dictaminaciones que el modo de producción capitalista propone. Si alguna vez hubo alguna resistencia de las instituciones culturales, que a pesar de ser parte del sistema, eran instituciones de vanguardia, y por lo mismo tenían una función primordial en la contribución a nuevos esquemas simbólicos que aporten en el levantamiento de la dignidad de las personas y pueblos sometidos al modo de producción capitalista; esa resistencia concluyó. Un ejemplo inspirado en la realidad: ¿Qué le parecería que una Alcaldía X, bajo el argumento del constante apoyo al desarrollo del talento ciudadano, y con la aquiescencia de su Dirección de Cultura, pongan a disposición de un “reallity show” nacional, los dispositivos comunicativos y las instalaciones de una de las mayores fundaciones culturales para la promoción de las artes visuales?

 Más allá de las incongruencias en cuanto al objeto de las instituciones y el del programa televisivo, parece que nunca se planteó el hecho de que antes que buscar el “talento” (para entretener) de las personas, lo que desea el programa de televisión es ser un buen negocio, es decir, vender y tener un buen rating provocado por el interés irreflexivo que despierta en las personas la promesa de la fama y reconocimiento, mismos que son negados sistemática y estructuralmente a las grandes mayorías en una sociedad que tiene como principio la negación de las personas. Mas para tranquilidad de quienes lideran la función pública de la cultura, estas pequeñas acciones no muestran su falta de capacidad crítica y de comprensión de lo simbólico, sino que confirman, y con una obscena transparencia, el grado de nuestra subyugación como sociedad a la economía política y simbólica del capital.