LA MERITOCRACIA DE NICOLAS MADURO. por Tomas Rodríguez león

 

Nació en un barrio humilde el 23noviembre de 1962 en Caracas.  En su juventud tocaba  el bajo y la guitarra en un grupo de Rock, alternaba así, arte de contestación y  militancia  revolucionaria perteneciendo a un  movimiento marxista maoísta. La pobreza, luego lo obliga a dejar sus estudios para acceder al mundo del trabajo  como conductor en el Metro de Caracas. El merito de Nicolás Maduro como el de todo joven de izquierda cuando se hace obrero; ser líder de  su clase, llegó a dirigir su sindicato.

Con el antecedente  de Ignacio Lula da Silva, Nicolás llega al poder siendo el segundo obrero sin formación académica  en asumir tal cargo, un autentico izquierdista de origen y de clase. Escuchar  el discurso de la posesión  de  Nicolás Maduro fue como remontarse a los ya casi perdidos referentes de lirismo revolucionario, incluso  parecía una arenga tirapiedras de los años 70: frescura de  juventud no ida, ternura poética, sinceridad ideológica, entereza moral, lealtad indescifrable, humildad de obrero. Era a no dudarlo, un discurso contra el poder  “esta banda presidencial no me pertenece yo hubiese sido feliz siendo el conductor de mi comandante Chávez”  De acuerdo a los parámetros que maneja el discurso del poder en Ecuador , ni Lula, ni Maduro son meritocraticamente acreedores a nada, no califican, solo deben ser obreros,  y  si se quedan sin empleo, pueden  aspirar  a recibir el bono. ¡Así es la meritocracia!

Meritocracia   “gobierno de quienes lo merecen” se explica en sus constructores por  la formación académica. Este ultraderechista concepto , desestimado hasta por la burguesía liberal, es la antípoda de democracia  “gobierno del pueblo” pues  meritocracia no sería democracia sino  expresión de aristocracia. El poder económico o político define a  los mejores  partiendo de la descalificación (selección inversa) en esencia una calificación auto generada para manejarse en  el poder con un constructo selectivo: el más fuerte, el más culto, el que  tiene don de mando,  el que recibió mejor formación etc.  Los gobernantes mismos per se  asumen que son delegados de  designios divinos o de inspiraciones  “populares” la voz del merito  gestando  otras meritocracias; de raza, genero, inteligencia, clase, apellido…

La revolución meritocratica  ha creado un esplendido Club de la Unión con evaluadores estrictos  que no se dejan evaluar sino en encuestas y urnas, el resultado al momento es una  excluyente  y exclusiva selección  de los hijos de la burguesía y sus partidos; ex social cristianos, ex socialdemócratas, ex  gutierristas, que  impiden  eso sí, a toda costa, que dirigentes marxistas, dirigentes obreros o militantes de izquierda ingresen al círculo… no vaya a ser que cualquier Lula o Nicolás Maduro se les infiltre

Necesitan “meritos” los poderosos para el oficio de perdonar y castigar, el imperialismo cuando bombardea pueblos lo hace con una concepción de meritos, los asesinados se lo merecían. Y en las colonias los resabiados también merecen la persecución y la cárcel, como otros se merecen la inclusión  en los banquetes si bajan la cerviz, adulan o hacen sentir a rabiar los sonidos de estentóreos aplausos. El mérito   no es una nivelación sino una diferenciación,   un ejercicio de subordinación, una inequidad  de derecha ultramontana. Lenin, líder de un partido profundamente intelectual, lanzó la consigna revolucionaria de cada cuatro obreros bolcheviques  un solo intelectual en la representación y toma de decisiones. Nada saben, de estas conclusiones leninistas quienes nos gobiernan 

 Nicolás Maduro, una prueba de oro de la clase obrera, ya tiene el apoyo de su pueblo y de todos los pueblos el mundo. Los dirigentes obreros saben hacerlo bien, lo demostró Lula. Es simple, los obreros cultos y con conciencia de clase  pueden  manejar la fábrica, quien esto, no lo entiende, no es de izquierda y no ha comprendió que  los intereses de las clases dominantes requieren del ejercicio de selección o meritocracia, para dominar  desde cuerpos represivos simbólicos (en este caso) en los que, los subalternos deben aceptar a los sabios para que los gobiernen