REVOLUCIÓN CULTURAL O HEGEMONÍA DE VALORES CAPITALISTAS[1]. por Edgar Isch L.

Una de las propuestas más abstractas en la propuesta de gobierno del partido de Rafael Correa, es la de una revolución cultural, íntimamente ligada a la de revolución educativa. Estas expresiones se las han repetido llegando a declararse que el cambio en los comportamientos es más importante que las carreteras, obra que demuestra el carácter del gobierno, centrado en la infraestructura y lo visible, porque ello da votos fáciles, pero que permanece alejada de cambios reales. Recuérdese el caso de menos de 20 instituciones educativas llamadas escuelas del milenio, presentadas como la gran innovación mientras miles de escuelas sencillamente están destruidas y la educación no presenta cambios sustantivos, incluso seis años después de gobierno de Correa, tiempo suficiente para evaluar cualquier reforma educativa, si es que hubiera alguna. La infraestructura esconde lo que se vive atrás de sus paredes.

El propio Presidente de la República ha admitido en distintos tonos que no es anticapitalista, que en el modelo de acumulación solo se está haciendo lo mismo que antes, es decir en la larga noche neoliberal, pero mejor que antes, es decir mejor que los neoliberales. Los hechos presentan una realidad que nos habla de un gobierno desarrollista que moderniza el capitalismo con esquemas neoinstitucionales, autoritarismo y una base económica extractivista. Nada de ello es revolucionario. Entonces vale preguntarse: ¿Puede haber una revolución cultural sin que exista una revolución real? La única respuesta posible es pro supuesto que no.

 La modernización del capitalismo en el Ecuador está generando cambios reales. Estos pueden ir desde oficinas públicas donde la gente puede esperar sentada y sentirse mejor atendida, pasando por el uso de call center o internet, hasta una práctica económica sustentada en el extractivismo de este siglo, empleador de la tecnología y la tecnocracia que le acompaña, pero que encadena al país a los actuales mecanismos de dominación imperialista (sea imperialismo yanqui, europeo o chino, que aquí la nacionalidad del amo no es lo central).

 Son diversos los cambios constatables en estos últimos años, muchos de los cuales se perciben como positivos por amplios sectores poblacionales. Es lógico que nadie quiere “regresar al pasado” sabiendo que parte fundamental ese pasado fueron las expresiones de un capitalismo atrasado, que implicaba una larga crisis institucional por la cual algunos llegaron a plantear que el Ecuador era un “Estado inviable”. Ahora las cosas tienen la apariencia de que funcionan, que existen mecanismos de mejora, que el Estado está recuperando sus obligaciones, que algo bueno puede surgir. Esto explica en buena parte, junto a la gran parafernalia de la propaganda estatal y las normas electorales poco democráticas, la alta votación del gobernante ecuatoriano, así como de otros presidentes reelectos en el continente en la última década, incluyendo a unos francamente de derecha. Pero tras esa apariencia, y esto no lo ve con claridad sino poco más allá del 5% de votantes, está la continuidad y fortalecimiento de los mecanismos de explotación: el gobierno hace lo mismo, pero mejor. ¿Mejor para quién? Para los explotadores, para los que acumulan riqueza, de allí que se puede observar con datos oficiales las grandes ganancias de bancos y telefónicas y la enorme concentración monopólica en pocas empresas de las distintas ramas, además de la entrega de nuestros recursos naturales a transnacionales.

 En todo caso, muchos son los que han preferido el espejismo de un capitalismo modernizado, a un capitalismo atrasado. Espejismo que se apoyo en los altos precios internacionales de las materias primas que exporta el país, pero que se desvanece al ver las continuidades con la larga noche neoliberal. Espejismo creado bajo una idea de desarrollo que implica sobre-explotar a los trabajadores y la naturaleza.

 La apariencia y la publicidad oficial juegan aquí un papel distractor y generador de confusión. Ese es el un aspecto de lo que culturalmente se viene dando. Al contrario de lo que se podía esperar luego de la Asamblea Constituyente, la población en general está debatiendo y conociendo menos de la realidad. El grado de alejamiento con la actividad política autónoma es mayor, fruto también de la persecución represiva, el temor y el debilitamiento de buena parte de las organizaciones sociales. Correa en este campo, como en otros, está logrando lo que ni los neoliberales habían conseguido, que es que amplios sectores dejen el espacio de la política solo para pocos que se creen merecedores del poder. Para ello el escándalo de las firmas de los partidos políticos, tras el cual nada pasó; para ello el ataque a la organización popular y la promoción del individualismo;  para ello el decir que solo ellos merecen gobernar, que es la razón de ser de la meritocracia.

 En esta dirección hay un comportamiento propio del capitalismo que se promueve desde la educación, la mal llamada meritocracia y los medios de comunicación públicos y comerciales, que es el de la competencia. Que el pez grande se come al chico, que solo el que se adapta a las nuevas condiciones del sistema sobrevive y que cumplir tus sueños es asunto solo de tus propias capacidades y personal empeño, se lo dice permanentemente. Es la ley del sálvese quien pueda, donde el valor de la solidaridad queda solo para sermones morales pero se lo desprecia en la práctica. Pensar solidariamente en que todos tenemos derecho y posibilidad de llegar a la meta (por ejemplo, ingresar a la universidad, tener un empleo fijo, vivir en similares condiciones básicas que el vecino), resulta en una “novelería” de “izquierdistas infantiles” que es intolerable para las propuestas del gobierno. La justicia social, es negada y si alguien lucha por ella, se lo ataca y hasta se lo enjuicia por rebelión o terrorismo.

 Junto a lo anterior viene el esfuerzo gubernamental de imponer, por las buenas o las malas, un respeto al poder como si este fuera incuestionable y los votos fueran suficientes para justificarlo. Esto implica no discutir las leyes o disposiciones de las autoridades que, aunque cumplan los procesos legales pueden tener contenidos altamente injustos; implica también, respetar “la majestad de la Presidencia” y otros cargos o incluso soportar la intolerancia y autoritarismo como mal menor del ejercicio de ese poder. Si nuestros próceres de la independencia o los alfaristas o cualquier otro revolucionario del siglo XX hubiese actuado así, se habrían quedado en sus casas. Al poder no se lo respeta porque está allí sino que se gana respeto cuando promueve la justicia. Para Gandhi “quien desobedece una ley injusta en realidad no hace sino prestar obediencia a un principio superior de la verdad” y para los pensadores demócratas alrededor del mundo, la resistencia es parte consustancial de la democracia. Para Correa, es rebelión y hasta terrorismo.

 La modernización requiere ese respeto al poder porque junto al extractivismo es inevitablemente autoritaria y despoja a poblaciones enteras de su territorio y otros anhelos de vida, como la educación superior. Pero lo combina con la idea de que el poder gubernamental se asemeja al de un padre, despojando de autonomía y libre pensamiento a quienes caen en la trampa. Aquí están las políticas y actitudes populistas que se presentan como una actitud “misionera” del gobierno, el que concentra las decisiones principales porque se presenta como el único que sabe que es lo que se debe hacer. Esta concentración en la figura del Presidente, entre otras cosas le lleva a decir que sus propios asambleístas hacen mamotretos de leyes si cambian un poco lo que se dijo desde Carondelet, porque nadie más sabe lo que se debe hacer y cómo hacerlo (cualquier parecido con Mahuad no es solo coincidencia). La participación social, por tanto, no tiene cabida sino para alabar al poder.

 Competitividad, eficiencia, respeto al poder, entre otros valores culturales de la autollamada “Revolución Ciudadana”, junto a la criminalización de la protesta y la colocación de las autoridades por encima de la sociedad, se complementan para lograr el disciplinamiento social que la modernización capitalista requiere. Más aún cuando la modernización se produce en medio de una crisis general del sistema y las clases dominantes están buscando los mecanismos de salir de ella colocando el peso de la salida a la crisis sobre las espaldas de los trabajadores y los pueblos oprimidos.

 Educativa y socialmente se impone el disciplinamiento bajo la convicción de que “solo sanciones fuertes cambian comportamientos”. No se opera por el cambio consciente sino por la vía del temor y la sumisión, por el premio y el castigo, por el conductismo en los establecimientos educativos. Esto no lo haría ninguna revolución verdadera que requiere consciencia social y política en el pueblo, la que a su vez se expresa en la organización independiente del poder y en la ampliación de su accionar libre. El disciplinamiento impuesto por la fuerza y el engaño publicitario nada tiene de democrático y menos si se lo hace para sostener el injusto sistema capitalista.

 La “revolución” cultural impulsada por el gobierno no va dirigida a promover un pensamiento nuevo para una sociedad nueva, ambos productos que solo pueden venir de pueblos organizados y en lucha por conducir su propio destino. Por el contrario, se trata de imponer valores propios del capitalismo, los mismos que comparte con los neoliberales, los keynesianos o cualquier otra corriente que procura justificar y sostener la acumulación de la riqueza en pocas manos. Por lo pronto, ha logrado incidir en importantes sectores sociales, pero la historia demuestra que estos espejismos no duran mucho y los anhelos de justicia y libertad logran superar cualquier maquinaria de engaño. Una verdadera revolución cultural estará atada a una verdadera revolución social. Lo otro solo son ajustes de un sistema que se resquebraja a nivel mundial y que obliga a pensar y actuar para superarlo, creando una sociedad superior al capitalismo y cargada de altos valores humanos.

 


[1] Texto publicado en la Revista RUPTURAS Nro. 11. Quito, marzo de 2013.