LAS MUJERES DE ALIANZA PAÍS EN EL PODER LEGISLATIVO: ¿TRANSFORMACIÓN REAL O REACOMODO CAPITALISTA? por Natalia Sierra

Antes de exponer mi opinión sobre la conformación de la Presidencia y Vicepresidencia  de la nueva  Asamblea Legislativa, considero dejar claro mi reconocimiento a la histórica lucha de las mujeres por la igualdad. En el país, como en tantos otros rincones del planeta, las mujeres han conquistando mayores espacios de participación política, tanto en el ámbito de la dirección del Estado cuanto en el ámbito de la política no estatal. En el campo de la participación electoral, en las últimas elecciones de febrero del 2013, se hizo realidad el mandato constitucional que obliga mediante la Ley de cuotas la paridad y secuencialidad en la participación de las mujeres. Varias listas de candidaturas de algunos grupos políticos estuvieron encabezadas por mujeres, de los ocho binomios presidenciales que se presentaron seis tuvieron como candidatas a la vicepresidencia a mujeres.   

Los resultados de las elecciones legislativas muestran en buena hora que el 38% de los curules de la nueva Asamblea Legislativa estarán ocupados por mujeres, esto es más de un tercio de legisladoras, porcentaje mayor al de la Asamblea saliente. Este resultado muestra que se ha operado un avance importante en la representación política de las mujeres en espacios de dirección estatal. Con esta significativa representación de las mujeres era de esperar que sean  mujeres la que ocupe las más altas dignidades de la nueva Asamblea Legislativa.

Un punto importante a destacar de este resultado electoral es el hecho de que la presencia de un número considerable de mujeres en la Asamblea Legislativa es una posibilidad cierta que se discutan y tramitar leyes favorables a la equidad y justicia de género. El nuevo periodo legislativo enfrenta temas de alta importancia para las mujeres como la jubilación a los 25 años, el feminicidio, la violencia a la mujer, entre otros, que tendrán que ser debatidos en una Asamblea con un porcentaje de mujeres asambleístas nunca antes registrado en el País.    

Reconociendo este importante logro, producto de las  luchas de las mujeres por la igualdad, es necesario hacer una aproximación crítica, desde otras entradas analíticas, sobre el significado de la participación de las mujeres en la política ecuatoriana. Esta breve aproximación se plantea en dos ideas que se ponen a discusión: 

1.        El Estado es una estructura de orden masculino, en este sentido las mujeres que llegan a ejercer puestos públicos y se insertan en estas estructuras se ven obligadas a “masculinizarse”, de lo contrario difícilmente pueden ejercer la función estatal. En este sentido, el Estado es una estructura que eterniza la asimetría en la relación de género en perjuicio, claro está, de las mujeres, paradójicamente con la participación de las mujeres.   

El ejercicio de la función pública, más en los niveles de dirección, obliga a las mujeres a asimilar los hábitos burocráticos que en su durabilidad, transferencialidad y espontaneidad reproducen la estructura masculina del Estado. La adquisición de los hábitos burocráticos supone la reconfiguración política de las percepciones, pensamientos y acciones femeninas en masculina, transformación que queda inscrita en los cuerpos de las mujeres. El cuerpo femenino se transfigura en el cuerpo del burócrata o del tecnócrata,  de esta manera la dominación queda confirmada en los cuerpos, se ha ejecutado el biopoder. Posturas corporales, formas de caminar, de hablar, de vestir, etc., constriñen y enajenan los cuerpos de hombres y mujeres en la jaula burocrática.  

Esta colonización masculina es lo que no se advierte cuando las mujeres  conquistan un lugar en la estructura de relaciones de dominación estatal. Con quista que supone quedar atrapadas y enredadas en las concepciones del dominador. Vale aclarar que en esta trampa no sólo las mujeres quedan  subordinadas,  los mismos dominadores son dominados por sus dispositivos.  La dominación masculina se perpetúa, así, en todas las relaciones e instituciones estatales, más aún cuando esta violencia simbólica es invisible para sus propias víctimas.

2.        El ejercicio del poder del poder es masculino

El poder masculino es dominación sobre el otro y fundamentalmente sobre la otra mujer, dominación posible sobre la base de la negación sistemática del otro como distinta, ya que es su diferencia lo que evita que el sujeto del poder pueda sobre el otro (a). Cuando la mujer tiene que hacer ejercicio del poder masculino del Estado no puede sino dominar al otro, para lo cual está obligada a negarlo de forma  metódica. Lo más grave de esta relación de dominación es que la negación del otro implica la negación humana del que niega, dando como resultado la suspensión del vínculo social, esto explica la agresividad que caracteriza las relaciones de la burocracia estatal.

El ejercicio del poder dentro del Estado comprende, por un lado, ejercer la dominación en base al derecho y a la justicia patriarcal y, por otro, ejercer, en uno u otro grado, el monopolio de la violencia física y simbólica sobre la población civil. El Estado es básicamente un poder coactivo, un poder de dominación cuyo objetivo es mandar y ser obedecido, llegar a ejercer este poder supone estar dispuestos a mandar y ser obedecidos dentro de una estructura rígidamente jerarquizada

3         Sometidas a un proyecto capitalista

Por último, no hay que perder de vista que las tres mujeres que dirigirán la nueva Asamblea legislativa están sometidas a un proyecto político funcional a la reproducción del capitalismo. Si tenemos en cuenta que el capitalismo es un orden civilizatorio violento, inequitativo, inhumano, depredador y perverso, es imposible que dentro de él pueda desplegarse un mundo imaginado por la resistencia y la lucha de las mujeres o de cualquier otro sujeto oprimido y explotado por la lógica acumuladora del capital.    

Para finalizar las tesis que se han expuesto para su discusión, se puede concluir que,  lamentablemente, la participación de la mujer en la política formal termina siendo una forma de complicidad con la inequidad de género propia del orden masculino, que domina las instituciones políticas en el mundo moderno. Sin negar la importancia de las conquistas que las mujeres han logrado en su demanda por la igualdad en la participación política, ciertamente que el problema fundamental no es cuantas mujeres participan en los procesos electorales o si se cumple la cuota 50-50  y la secuencialidad, sino la posibilidad real de desmontar las estructuras políticas masculinas-capitalistas. Solo en la posibilidad de construir nuevas relaciones de género que impidan la dominación, los hombres y sobre todo las mujeres podrán desplegar su autonomía y su diferencia.  En este sentido, es urgente buscar otros espacios de participación y lucha política en función de cambiar radicalmente las estructuras políticas de dominación masculina y el capitalismo.