LA DISCRETA TRASCENDENCIA DEL RECUERDO Y LOS PROPOSITOS DEL SILENCIO. por Tomas Rodríguez león

 

Nosotros los sobrevivientes sabemos del silencio en todas sus versiones, ¡subversiones¡ Ya lo recuerdo, muchas pretendían  obligarnos   a “cantar”  y otras  nos motivaban al grito fundamentalista en alto. El  miedo era el recurso de ellos y de nosotros. Para los nuestros era la advertencia prudente  frente  a la trampa de los torturadores, para ellos,  las palabras dadas o calladas eran las claves para  hacernos  reventar. Defender los sueños con el miedo escaso y la palabra exacta.
Esa   manera de vivir despiertos nos  educaba a todos en las maneras del silencio  y en los fundamentos de la palabra, cada quien con sus pausas (hablo de los militantes) estaba obligado a largas escuchas venciendo el cansancio, porque aprendimos que era siempre mejor escuchar, es decir  otra forma de prepararse para actuar. El  aplauso era sospechoso, porque ponía fin al coloquio,   hablar impulsivamente sin saber lo que se dice, era mala palabra y conducta inapropiada, las palabras tenían que sembrar, por eso eran semillas. Era plantar el verbo en la acción para  caminar acompañados, era  la discreta prudencia del amor entre el miedo y el entusiasmo.
Nuestro silencio  elemental,  primordial, con  la palabra  necesaria,  se deslizaba y se movía urgente,  era  el silencio en reflexión preludio de un  verbo móvil,    palabra  con retorno  al silencio reparador. El silencio  nuestro  hablaba resistente  ante la tortura  y  la injustica o estallaba en  consignas  épicas contra la opresión,  una especie de bulla o  escándalo cercano y solidario.
Hablar con sentido, callar con sentires. Éramos  seres   misteriosos con esencia, muchas veces en clandestinidad injusta, fondo  preparatorio para el ruido de la guerra, porque la revolución, literal y literaria se  ensayaba entre lo dicho y el sueño como forma de poesía que merecía  otra suerte. Y a pesar de todo esto, no había  tristeza,   llanto casi nunca,  alegría siempre.
Reunidos los bandidos sin pausas, forjábamos el  miedo  saboteador y terrorista  a los gendarmes pequeños y grandes,  promovíamos  la ruptura del silencio con la emergencia de  la revolución y de ese susto nos nutríamos para ir  a testimoniar a los oprimidos  el mensaje nuevo.
 
 

Escrito en Buenos Aires y luego de  dialogar en el metro con un ex guerrillero del ERP