EN DEFENSA DE SNOWDEN. Por Carol Murillo

Desde que el mundo se dividió geográficamente los intereses crecieron y las ambiciones también. Y, para mantener (y extender) esas demarcaciones, se trazaron reglas de seguridad en dos frentes neurálgicos: el militar y el político. Con ese objetivo la guerra -cualquiera, como continuación de la política- adquirió un carácter cuasi científico.   

Ese carácter nació precisamente de las esferas del poder, que prevalido de su legalidad institucional, pudo infiltrar sus procedimientos de métodos prohibidos para saber qué mismo hacen los enemigos cuando no están a la vista. El frente neurálgico de la política tiene una “parada técnica” que es la antesala de toda guerra: la diplomacia. Y cuando ésta no funciona lo necesario y lo innecesario ya están dispuestos en el otro teatro de operaciones.

Pero el mundo cambia y las ambiciones también. El espionaje del siglo XX, con relatos de bellas amantes que saben de sabotajes en la misma cama de funcionarios estresados y soplones, ha quedado sepultada con las historias nada sensuales del espionaje de hoy: el control virtual.

Quizás por eso la “indiscreción” de Edward Snowden es tan fría como quirúrgica. Su espionaje del espionaje está cargado de los velos que la tecnología inventa para que mucho aparezca sin sangre. Nadie ha muerto físicamente en la autopista virtual; son apenas trillones de conexiones que avisan de complots, de terrorismo, o de estafas diplomáticas –como las de los cables WikiLeaks-. Pero también de apetitos secretos, de relaciones inapropiadas, de mentiras piadosas.

La ecuación virtual de rebuscar la vida de todos, parecería una característica más de ese deseo moderno de tecnologizar -documentándolo, fotografiándolo, publicándolo- cada acto privado. Solo así creo entender por qué el espionaje ubicuo del gobierno estadounidense –denunciado por Snowden- pretende ser leído lejos de su determinismo político. O sea: quienes defienden el espionaje de los cuerpos secretos de Obama, al mismo tiempo acusan a Snowden. Y, cuando otros tratan de defenderlo, hablan de una cuestión humanitaria y no de una cuestión política.

Es hora de ver el caso Snowden desde el prisma político. Quiero decir: no mirarlo como un actor aislado que rompe las reglas del establishment global, sino como un operador político de la infamia tecnológica. Eso no lo hace culpable. Es posible que ni el mismo Edward Snowden se asuma como operador político, pero el alcance de su obra lo supera y es allí donde se configura su influjo planetario. Él ha abierto una ofensiva tecnológica, es decir, una continuación de la política, tal como el siglo XXI la “gestiona” en las comunicaciones virtuales. Esa ofensiva cuasi científica –denunciar con las mismas armas, en un duelo tecnológico sin precedentes con el imperio- debe ser sostenida más por una defensa política que por una defensa jurídico/humanitaria (también necesaria pero complementaria).

No despoliticemos y peor restrinjamos a lo humanitario el caso de Edward Snowden; hacerlo es renunciar a luchar en las ligas mayores de la política internacional.