A PROPÓSITO DE QUITOFEST 2013. por Paúl Martínez.

11 de agosto de 2013

El telón se ha abierto durante dos días llenos de música y diversidad con una cartelera que incluyó bandas nacionales, no solo de la capital, sino también de Riobamba, Ambato, Cuenca y Guayaquil y en el ámbito internacional de Argentina, Uruguay, Colombia, USA, Sudáfrica y Catalunya. Perteneciendo el primer día a géneros como indierock, electrorock y reggae y el segundo a metal gótico, death metal, hardcore y demás. Sobre la música no quiero hablar, al final de cuentas en gustos y colores… El escenario sin embargo fue diferente: el antiguo aeropuerto, actual parque Bicentenario. ¿Pero qué hubo de diferente aparte de cambiar el centro por el norte y el césped por el duro y áspero asfalto donde no hay ni como sentarse? Quizá las túrgidas normas de seguridad que llegaron incluso a vulnerar y menoscabar la dignidad de los asistentes al concierto, sobre todo el segundo día, cabe aclarar (pura coincidencia capaz).

Dentro de los múltiples eventos improvisados por la alcaldía quiteña en el nuevo espacio recreativo, este ha sido una intentona de salvar el pellejo y justificar la creación del “dizque parque” que sigue pareciendo aeropuerto, tanto así que el concierto se desarrolló sobre una reducida y sitiada pista de aterrizaje literalmente. Quizá para que aterricen los “wambras desbocados”. Y mientras en el Itchimbia, antiguo escenario del evento, se queda el gran edificio policial del ECU 911, acá nos han enviado más pelotones para verificar que no haya “desmanes”. Para que los potenciales asesinos, violadores, viciosos, pervertidos y hasta satánicos jóvenes capitalinos (y de otros lugares) no afloren ese instinto animal que los devora por dentro.

Ciertamente, todos estamos bajo sospecha. Thomas Hobbes lo ha plasmado atinadamente en su frase: homo homini lupus. “El hombre es el lobo del hombre” y aquí se demuestra su potencial maldito. Precisamente en esa manilla rockera de púas y en esa hebilla metálica de la correa de cuero que tanto daño pueden generar en una pelea (porque además creen que los asistentes se pelean cuando están en el mosh) . Pero el diablo es puerco dice la sabia frase y puede hacer que los violentos e imbéciles muchachos guiados por ese poder oscuro se mutilen con el engañoso esfero (ni qué decir del terrible lápiz), que se quemen con los cigarrillos, que escondan una calibre 45 o un arma blanca en el zapato, que arrebaten una vida con la puntita labrada del anillo de la abuela, que corten la yugular de su adversario con la afilada peinilla comprada en 10 centavos en la tienda de doña Juana; que las chicas arrojen perfume de fresa a los ojos de alguien en una pelea, que rompan sus espejos y asesten un golpe mortal a su oponente con una infausta pieza filosa, que tomen las muestras diminutas de perfume y las arrojen como balas mortales hacia alguien. En fin, son terribles e infinitas las formas en las cuales estos descerebrados hijos de Satanás pueden acabar con una vida o dejarla lesionada. No importa si hay que manosear morbosamente a hombres y mujeres indiscriminadamente y sin pudor para preservar el orden. Gritar y amenazar, incluso golpear  si es necesario Mucho más domingo, el día del señor cuando se debe guardar más respeto.

Sin embargo, curiosamente ya adentro y cuando termino de ponerme los zapatos “detrás de la línea amarilla” (es necesario mantener al margen a los violentos), y luego de entrar a disfrutar la música, después de un momento empiezo a percibir un olor extraño, algo familiar. Efectivamente es tabaco, milagrosamente tabacos aparecieron de manos de las señoras vendedoras ambulantes que deben ser ángeles negros enviados por Lucifer para infectar las almas inocentes de los jóvenes purificados por el sacrosanto cuerpo policial. “Son 50 centavos” dice la señora para comentar después que no tiene fósforos (porque también son mortales) planteando la posibilidad de pedir encendedor a alguien cerca en medio de la multitud. Pero no terminan allí los acontecimientos extraños, olores como basuco y marihuana llenan esporádicamente la bóveda etérea que rodea el evento. Su procedencia resulta inexplicable ante el infinito poder de la autoridad vigilando. Así mismo había vendedores que ofrecían Zhumir en voz baja mientras boceaban plásticos para la lluvia en voz alta  (más para que lluevan 10 minutos). Naturalmente el precio se duplicaba o triplicaba. Entonces me resultó inevitable recordar la época cuando se prohibió el alcohol en Estados Unidos en los años treinta. Aparecieron mafias como Al Capone que expendían licor a precios altísimos con la venia del gobierno (naturalmente, éste sacaba su tajada). Algo así ocurrió en ese pequeño espacio geográfico quiteño donde lo único que había para comer eran hot dogs de a 2 dólares y hornados de a 4. Y donde, una señora por demás obesa (capaz pariente también de la autoridad), gemía el precio de “1 dólar” por darte encargando alguna chuchería que no dejaron ingresar al evento (cabe recordar que en el Itchimbía cobraban 25 centavos… capaz es porque los aniñados del norte cargan más plata, aunque sean hijos de Mefistófeles).

Así es como aparte de un trato impúdico, se convierte a viva voz un evento artístico en un lugar de de abuso hacia el joven y discriminación, aparte de un centro de especulación y estipendio de productos a precios elevadísimos. “Creen que están en todo pero no están en nada estos chapas de mierda, se les pasan nomás las drogas y todo lo que allá decomisan” alcanza a decir acertadamente alguien cerca. No quisiera pensar que la señora que vende es amiga o pariente de la autoridad, que por ello pasó. Cómo imaginar tal atrocidad. Sobre todo cuando lo que te requisan cae en algún agujero negro, una supernova que ni la fuerza policial puede controlar y que prefieren ignorar y cambiar el tema.

Irónicamente, la organización del evento está a cargo de la Fundación Música Joven, que al parecer ha olvidado al “Joven” de su nombre, aunque en su página web ellos aclaran que su principal interés es “el objetivo de sacar adelante  la música independiente, ubicar a las bandas en escenarios de prestigio y lograr que los jóvenes se apropien de los espacios públicos”. Dudo mucho que los jóvenes se estén apoderando de los espacios cuando su dignidad se ve vulnerada y se los tiene bajo sospecha, pareciendo, antes que un evento cultural, un evento para los presos de alguna cárcel de máxima seguridad (peor que “La Roca”), donde cualquier psicópata puede matar a alguien. El Municipio desde luego lo publicará en sus periódicos y revistas como un “logro” para los jóvenes de las culturas urbanas. Y habrá quienes se lo crean, o se lo quieran creer.

Finalmente al salir, luego de observar perplejo tales abusos pienso en varias cosas: en la gente que tuvo que pagar un dólar por conservar sus pobres pertenencias, cualquiera que sean. En los miserables policías con su miserable vida, ya que al fin al cabo y tristemente, solo trabajan para obedecer ya que la culpa es de los más altos encargados. En que el evento tuvo auspicios no solo del gobierno mediante el Ministerio de Cultura y el Municipio, sino de empresas como One Life (Chulla Vida) que recicla tecnología (Dios sabe para qué) y de la radio de la Cola imperialista (aunque irónicamente las bandas invitadas eran divergentes con el poder). ¿Se piensa realmente en los jóvenes como gestores de cultura o han pasado ya a ser producto y consumidor? También pensaba en si las personas que asisten a los conciertos de Miguel Bosé, de Miley Cyrus, de Don Omar, de Los Iracundos, de Aladino pasarán por las mismas vicisitudes. Preguntas sueltas pero con una misma base. El adultocentrismo y el utilitarismo político aparte de la típica estigmatización acompañada de la estúpida generalización (“por uno pagan todos”) aquejan al joven en los propios espacios reservados al mismo y aunque el público del Quitofest no es únicamente joven, una buena parte si lo es y crecerá creyendo que someterse al censor absurdo del poder y la sociedad es correcto y se disolverá el objeto de las culturas urbanas: la transgresión y la disidencia. “A cuenta de que es gratis hay que aguantar”. ¿Qué ocurrió con el concierto creado para el solaz de los jóvenes de culturas urbanas? Se perdió entre las requisas y la manipulación.

Llego a la parada del bus. Estoy en la Marín y es de noche. Observo un asalto perpetuado a un transeúnte en medio de las calles desoladas. Algo ya cotidiano por aquí. Quisiera pedir ayuda a un policía pero no hay nadie. Es verdad… están en el Quitofest 2013.