LA ACTUALIDAD DE BOLÍVAR ECHEVERRÍA… Por Jorge Corral Fierro*

Quien decide explorar y aventurarse en el discurso reflexivo-crítico de Bolívar Echeverría en esta “vuelta de siglo”, experimenta  una especial fascinación  en el “diálogo virtual” con su obra, que siendo inmensamente diversa y polisémica guarda, esconde,  al mismo tiempo una sorprendente coherencia.    Parte de esta fascinación radica en la forma como despliega su argumentación, que pone frente a frente diferentes  planos de la reflexión discursiva. Planteamientos  fundamentales, en diálogo con la tradición intelectual crítica de occidente, alrededor de la ontología humana, a veces como parte explícita y central de su propio quehacer intelectual,  muchas otras silenciosos y mudos, pero efectivos, en la original problematización histórica del mundo de la vida.

Pero la principal fascinación que produce el pensamiento de Bolívar proviene  de la extraordinaria vitalidad que emana de su radicalidad reflexiva y política, en una época en que precisamente parece ser que se ha instalado definitivamente el automatismo como principio organizador de  la experiencia cotidiana y que se afirma, no lo puede hacer de otra forma,  en la autorepresentación de lo que no es, y que se traduce en parte como estigmatización de la “forma de ser radical”,[1] paradójicamente,  no por su carácter potencialmente cuestionador de la realidad -y por lo tanto amenazante-, sino por su supuesta extemporaneidad, inactualidad frente a la contundencia de lo que en palabras del mismo Bolívar podría decirse constituye el triunfo aparentemente incontestable de la modernidad efectivamente existente.

Radicalidad reflexiva, porque no desfallece en su fidelidad a un tipo de discurso filosófico crítico,  que sin dejar nunca de debatir, e incluso dialogar,  con el pensamiento hegemónico de occidente,  se pone permanentemente en los límites mismos de su propia tradición intelectual.  En un contexto abiertamente hostil al tipo de ejercicio intelectual que desarrolla Bolívar, se embarca  este, por lo tanto, en una empresa intelectual “peligrosa”, que no oculta, por ejemplo, su proximidad y la centralidad que ocupan los problemas abiertos  por Marx, pero también de su larga tradición heterodoxa que alcanza, tal vez,  su punto más alto en lo que conocemos como la Escuela de Frankfurt. El programa reflexivo-crítico, si podemos hablar en esos términos de la obra  de Bolívar, intenta, algo que en el presente parece “inútil” por “extemporáneo”,  reconstruir y al mismo tiempo proponer una nueva y original síntesis de esa riquísima tradición intelectual.[2]

Sin dejar de reconocer –re-hacer- en las tradiciones intelectuales más próximas a la modernidad efectivamente existente las intuiciones,  que logran elaborar dentro de los límites propios del campo de sentido trabajado por estas, sobre la posibilidad siempre latente de una modernidad alternativa,   Bolívar, explora incansablemente aquella parte del discurso reflexivo moderno, que se niega a aceptar como destino ineludible de lo humano, la devastación que “el ángel de la historia” va dejando en su vuelo al encuentro siempre fallido  con  la promesa, anunciada desde sus orígenes por la historia moderna, del progreso, y que se propone, a pesar de lo que parece ser el hundimiento inevitable de la historia en la barbarie,  rescatar una vía posible no solo de pensar la emancipación, sino de realizarla.

En este preciso cruce de ambivalencia radical, nos “cita” Bolívar Echeverría al encuentro con la radicalidad del compromiso teórico-político de su pensamiento. En el se encuentran paradojalmente el ethos clásico, pesimista y distante, propio del estado de ánimo que experimentarán  crudamente en esos años de la segunda guerra  mundial, Adorno y Horkheimer, cuando se desvanecía en el horizonte político contemporáneo la sombra, aunque sea, de una sociedad postcapitalista posible,  y el ethos barroco, optimista e irreverente, propia de la actualización de la vida que surgió del movimiento espontáneo de los restos devastados de la civilización indígena americana después de la conquista española. Sin embargo, es en su apasionante diálogo con Walter Benjamin que esa suerte de  empate técnico entre dos actitudes opuestas de enfrentar la vida, se resuelve y en el que se sintetiza lo que hay de más inquietante y fascinante en la obra de Bolívar Echeverría, aquel llamado utópico mesiánico de raigambre benjaminiana,  para romper el continnum histórico y redimir al pasado y a las víctimas de ese pasado en la realización efectiva de una modernidad alternativa a la realmente existente.

*  Historiador


[1] No me refiero al discurso fundamentalista, que si bien lleva al extremo sus propios fundamentos, representan precisamente la cara opuesta, la de la vacuidad y planitud propia de quienes se acorazan en  una actitud de autoconservación en un momento que reclama lo contrario.

[2] Para muchos de sus atentos lectores el discurso filosófico de Bolívar Echeverría  nos ha abierto la posibilidad de acceder, o en camino de ello,  a los núcleos “duros” de sentido de la abigarrada historia de las ideas de occidente, en la que  el discurso crítico tiene especial significación, no menos que a la comprensión y problematización del proceso civilizatorio humano tanto en su funcionamiento sistémico como en sus particularidades históricas   y  de los “asuntos” centrales que  interpelan desde el presente los desafíos políticos contemporáneos.