ELLA TAMBIÉN ES HUMANA. por Ana Belén Cordero

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28 Octubre 2013

Gabriela está embarazada de su padrastro. Ella pidió no ser mencionada por su nombre original así que para los fines que nos ocupan su nombre es Gabriela. Ella nació en el mes de diciembre de 1999 y en su partida figura como lugar de nacimiento la maternidad de Chillogallo en Ecuador. 

Luego de algunos años de maltrato el padre de Gabriela abandonó a su madre y a sus tres hermanas. Gabriela y sus hermanas no pudieron terminar la escuela primaria y hoy se dedican a limpiar baños en locales comerciales o de asistentes de cocina en un comedor. Paola, su hermana de 16 años tiene, ya dos hijos de 3 y 2 años. Por la situación de pobreza en la que su familia vive Gabriela comparte el colchón con su madre y su padrastro. Esta situación se repite en muchas familias ecuatorianas.

Cuenta la historia que una noche su padrastro llegó con algunas botellas de más a dormir a casa y mientras dormía hizo que Gabriela tocara sus genitales mientras su madre salió a trabajar. Lo que ocurrió después quedará sólo para las cifras de estadísticas que nunca conoceremos.  

Al cabo de pocas semanas Gabriela contó que estaba embarazada de su “novio” y su abuela  – quien nunca aprobó la nueva relación de su hija – presentó una denuncia en contra del padrastro de Gabriela. ¿Qué opciones tiene Gabriela en el medio en el que vive?

Alejémonos por un momento del acalorado debate legal/político/sociológico/psicológico/moral y de los anuncios en los medios de prensa y de las marchas y manifestaciones y de las conferencias por la vida y por los derechos de la mujer y de la opinión de la Iglesia y de todo aquello que termina por ofuscarnos y obnubilar nuestras más recónditas posturas y pensemos en el ser humano.

Si, pensemos no sólo en ese ser humano que está por nacer y cuya vida se ha engendrado sin tener la culpa de lo que ocurrió entre sus progenitores y que merece todo aquello que muchos conocemos como una vida plena. 

En los acalorados debates políticos y académicos mucho se menciona la vida del no nacido – y no es para menos – pero pocas veces se habla de la vida de quien lo gesta durante nueve meses. Poco se habla de su voluntad, casi nada se refiere de qué opciones tiene, es escaso lo que se dice respecto de su dignidad y no se menciona siquiera sobre su plan de vida.

Gabriela es esa mujer, quien más allá de tener derechos -que distintos cuerpos normativos los quitan, los ponen y los restringen a discreción-, es humana. Hay algo inherente a lo humano sin importar su sexo, raza o edad: su dignidad. Ese intangible que afortunadamente es innato a la calidad propia de ser humano y no viene anclado por ninguna legislación. 

Gabriela es esa mujer a quien se pretende revictimizar, señalar con el dedo y tachar de “abortista” o “feminista” – como si cualquiera de los dos calificativos fuesen insultos. Esa mujer, esa persona, ese ser humano ¡también tiene vida!, también siente, también disiente, también opina pero sobre todo también decide. La procreación que deviene en la maternidad no sólo es un acto biológico sino que es un acto de conciencia y de voluntad no de imposición.

Separémonos un momento del debate jurídico sobre la eficacia o no de sancionar el aborto pero abstengámonos de absurdamente compararlo con el asesinato como si de comparar peras con manzanas se tratase.

Desde una visión extrema se piensa e incluso se asevera que el no sancionar el aborto es equivalente a no sancionar el asesinato. Es indiscutible el hecho de que para comparar las dos conductas debemos de analizar conductas similares; pero en este caso se trata de procesos psicológicos muy distintos los que se encuentran detrás de estos tipos penales. 

La persona que asesina a otra tiene – en la mayoría de casos – perturbaciones piscológicas, la mujer que aborta se encuentra – en la mayoría de los casos – en situaciones de extrema pobreza, necesidad, ignorancia, angustia y desesperación. Un asesinato ocurre en segundos – basta con apretar un gatillo que incluso en muchos casos puede ser instintivo-. Un aborto implica un proceso emocional muy fuerte y una vez tomada la decisión una mujer debe acudir a la parte trasera de un restaurante y cruzar los dedos para no desangrarse en una mesa. Si al asesino se le pide que no lo haga lo más seguro es que lleve a cabo su acometido. Si a la mujer que quiere abortar se le da opciones es probable que no aborte – o que al final sí lo haga pero en condiciones humanas -. Pero la sociedad obliga a este ser humano a “asumir la responsabilidad de sus actos” – que nunca le fueron propios porque fue forzada y le impone un hijo a su proyecto de vida. 

La sociedad no le brinda opciones a Gabriela, esta mujer que es humana y que tiene dignidad por ser humana. No sólo que es muy probable que Gabriela no vuelva a gozar de una vida sexual placentera y saludable porque fue forzada a ser madre producto de una relación sexual violenta y no deseada sino que a su vez un conglomerado de personas que dice llamarse el soberano le impone una moral ajena al útero, al hijo y al plan de vida de Gabriela. 

La sociedad, con un puñal en una mano y con un dedo que señala a Gabriela en la otra, la acorrala contra la pared sin opciones seguras y a su alcance. La “píldora del día después” es un tabú y se consigue en pocas farmacias – en los casos en los que es efectiva -, la adopción es un proceso largo, tedioso, burocrático y bastante doloroso – más aún para una Gabriela que fue violada -, y la más dura de todas un aborto no seguro cual vaca en carnicería. 

No me confundan, no con este texto me proclamo “abortista”, “feminista”, “machona” ni ninguno de esos calificativos absurdos que ahora acostumbran llamar a los hombres y mujeres que decidimos pensar fuera de la caja y mirar al ser humano que hay detrás de cada decisión política y ver la realidad. El Derecho nació para ajustarse a la sociedad, no la sociedad al Derecho. 

Ambas concepciones frente al aborto se consideran legítimas y válidas y ninguna debe ser descalificada como ¨inmoral¨ únicamente porque no se la comparta. Lo que no es dable es que cualquiera de estas posiciones sean absurdamente incrustradas en la legislación de un país como pretenden distintos grupos de lado y lado a fin de imponer su moral a toda una población. A veces las democracias son peligrosas. Un periodista hace poco dijo “Cuando veo lo que pasa, no perdono a los griegos el invento de la democracia, 100 fulano(a)s saltan por encima de las mujeres” y no podría estar más de acuerdo. Indiscutiblemente son cosas tan personales y delicadas que estoy segura que el Estado, la legislación y los asambleístas no pueden dimensionar ni decidir por otros. 

Sólo quise ponerme por un instante en los zapatos de ese ser humano que es Gabriela quien también es de carne y hueso y que hoy es revictimizado. Ayer, mientras caminaba a clases, pensaba como hasta hace relativamente poco tiempo conceptos como la esclavitud y el trabajo forzado han sufrido positivos cambios en la mentalidad de los individuos y hoy concebirlos como dables es inaceptable. Pensaba también si algún día le pondremos un rostro humano a este tema también y estos episodios como el de Gabriela únicamente constarán en los libros de historia que nuestros hijos estudiarán.