LA NOSTALGIA POLÍTICA COMO ESTÉTICA DE LIBERACIÓN. por Tomas Rodríguez león

 “El hombre nace libre, responsable y sin excusas”

Jean Paul Sartre

“El arte es magia liberada de la mentira de ser verdad”

Theodor Adorno

 

La política cuando es revolucionaria  tiene espíritu liberador, pero cuando no lo es camina hacia  lo escatológico, guiada por quienes circundan el poder. Pero si el dominio se razona con “legitimidad democrática” el resultado es peor,  porque la cosa electoral, con la democracia representativa, es delegación para lo opresión o desde la “democracia participativa”; triste e ilusoria  mistificación que  socializa la participación y privatiza las decisiones. La política contrarrevolucionaria del estado degrada la voluntad general al tiempo que anula la  subvertidora  manifestación de los espíritus rebeldes; la tienda de los  elegidos nunca  es una trinchera. El revolucionario  jamás busca el poder sino luchar contra él.

Cuando luego de tanta guerra o escaramuza, los revolucionarios sobreviven, la nostalgia  por las décadas de fuego no es jubilación, sino otra  rebeldía. Es jubileo que forma parte de una estética más, de una  lirica de creación moral. También  es pedagogía  del tiempo que se promueve sin intención ejemplar, algo así  como una demostración pictórica  de vida  plena sin llegar a satisfecha. La nostalgia del político vulgar es un achaque maloliente  que nada dice a la  juventud, buscadora sempiterna que  escarba  el encuentro incorruptible del bien y la justicia, como lo pedía Platón.

 

Entre la política y la ética, la ocurrencia estética deviene como efecto de  idealización utópica de un mundo a crearse, el acumulado histórico  se vuelve a los viejos  y veteranos con  insomnios para hacerlos creativos y por eso, los viejos revolucionarios saben; por viejos, por sabios y por diablos. El revolucionario que se contempla al llegar al poder pasa a ser un conservador, es un EX. La revolución que se hace gobierno ya es trifulca. La revolución será permanente o perecerá y el estado es reaccionario por excelencia.

Las virtudes morales  no son parte del imaginario de los que dominan desde el poder pues  ejecutan un existencialismo barato donde nada del pasado vale y el futuro es una narcótica esperanza. Su presente se publicita en un onanismo de infinito amor que  desprecia  la nostalgia y la utopía. No hay estética por mas esmerada falsificación, porque para los impostores, la política  a lo Maquiavelo es conquista y preservación del poder,  veneración al altísimo, obediencia servil que requiere orden y estabilidad (la revolución es desorden e inestabilidad… que nunca nos duela admitirlo). La estética de la revolución se funda en la libertad y jamás  el temor la paralizó, los revolucionarios de todas las generaciones asumieron el riesgo consciente de la cárcel, la muerte y la tortura. Jamás pidieron ser compensados por el estado opresor. ¿Pidiendo perdón  o reparación al enemigo, como hablamos?

Las guerras perdidas por la libertad  solo existen para los disidentes clamorosos que se arrinconaron al sistema y su dolor es el  recuerdo   que anuló  las gestas con gloria. Perdieron la inspiración que motivó el conflicto contra la quietud y la maldad, se quedaron sin armonía. Los revolucionarios  que no claudican se reservan el derecho de olvidar o recordar, para insistir y reclamar airosos no contra un enemigo pretérito sino contra el  de siempre; funesto  y agazapado contra la libertad y los libertarios.  El déficit,  de  justicia incita  pero irreductible y mayor es la búsqueda de la libertad,   por ello  solo la muerte es  el reposo   y nunca  envejecen los que asumieron el canto de la liberación.

La estética de la libertad contiene  la estética de otro tipo de nostalgia, aquella que nos hace rebeldes contra el cronograma  orgánico, biológico, patológico: un presidio fatal del tiempo. Pero aun así, resistimos a  la temporalidad que  nos consume   defendiendo nuestros sueños  que nos mantienen y mantienen la virtud regenerativa de la utopía, que no solo se recrea en lo pasado, sino que se crea en el saldo del tiempo de la vida por vivir, expresando  nuevas ganas  de ser,  donde la posibilidad de  luchar nos da la vida