MIS TÍAS DEL CENTRO HISTÓRICO. por Hugo Palacios

Cuando era pequeño, mi papá me llevaba a la escuela Sucre, corriendo por la 5 de junio. La congestión vehicular era desesperante en horas pico: a pie era más rápido y saludable. En la Plaza de Santo Domingo y en la 24 de mayo, lugares por donde siempre pasaba,  se ubicaban algunas mujeres en diversas esquinas, como quien espera algo. Cuando le pregunté a mi papá qué quiénes eran esas señoras, él, entre asombrado y asustado me contestaba:  “son tus tías”. Desde ese día,  cada vez que pasaba por esas calles del Centro Histórico las saludaba. “Buenos días, tías; buenas tardes tías”. Ellas se reían y me devolvían la cortesía: buenos días sobrino. Las quise entrañablemente, puesto que eran mis tías, y a una o varias tías que te devuelven el saludo con sonrisa incluida hay que quererlas de por vida. Luego me enteré que eran prostitutas; mejor dicho, trabajadoras sexuales, ese nombre que los señores ilustrados de bien hacer les plantaron como si fuera una pena menos. Perdón por excluirme de lo políticamente correcto. Cuando le pregunto a una de ellas qué término prefiere para ser nombrada, me responde sonriente: “Ay, mi amigo, me digan como me digan a mí me dá lo mismo. Soy una prosti o una puta, lo de trabajadora sexual no me dá para comer”.

Resulta que mis tías, luego de 30 años, deben ser otras, pero igual de solidarias entre ellas. Y no es halago gratuito, es simplemente el ejercicio de memoria que me obliga a reconocerlas. Las putas de Santo Domingo o las de la 24 de mayo, igual son mis tías. Las señoras de ropita cortita, de blusa escotada en el aguacero, de labial mal hecho a las tres de la tarde, de mijito, vamos a calentarnos, son y siguen siendo mis tías.

Pues, este 27 de diciembre, unos señores que fungían de inspectores, les pusieron un sello que decía “Clausurado”, justo en la puerta de entrada donde ellas trabajan. Mis tías, organizadas como están desde hace algún tiempo, solidarias con las de su clase, emitieron un SOS de urgencia, y al poco tiempo, decenas de ellas salieron con palos y su voz de soprano en do destemplado a defender su espacio, su lugar de trabajo. Porque si para algunos moradores y autoridades de turno, ese sitio y su no lugar de encuentro, llámese hotel o lo que fuere, es inmoral y otras hierbas, para ellas y sus familias, es fuente de ingresos. Las prostis del sacrosanto Santo Domingo hicieron correr por cuadras a esos señores clausuradores de sitios de mal vivir. No sé las condiciones higiénicas del lugar, es algo de lo que también hay que hablar.

Las veo y siento que esa lucha por no ser invisibilizadas me toca. Las prostis de mi infancia, las prostis de mi adultez  son esas señoras a las que es muy difícil comprender, que no es necesario tenerles lástima ni victimizarlas. Mis tías, madres, esposas e hijas pelean con uñas por su derecho a existir, a tener una vida más digna. Mis tías de la infancia, sin haber leído a Marx o Engels, me dieron una clase de organización, de lucha de clases, de dialéctica de la calle. Una supuesta señora abogada, dizque nueva dueña de ese no lugar de mal vivir las quiere desalojar, quiere borrarles la memoria. Pero ellas, tercas y putas como son, le brindan a ella y a sus acólitos todo su repertorio de palabras no aprobadas por la Real Academia de la Lengua. Mis tías resisten, como si fueran un silencioso cine Hollywood en plena Guayaquil, levantando la bandera de la desobediencia ciudadana en tiempos de obsecuente diga usted.