DESBROZANDO EL TERRENO. por Jorge Corral Fierro

A partir de unas fórmulas discursivas repetidas hasta el cansancio,  con tantas resonancias medievales y  coloniales, que  demarcan los sentidos de la confrontación política alrededor de la lucha entre el bien y el mal y de una cruzada civilizatoria, Rafael Correa ataca todos los sábados a sus oponentes políticos vengan de donde vengan, al final todos son lo mismo: “¡enemigos de la Revolución!”, corruptos o infantiles.  Sean estos uno de los  mayores beneficiarios de la Revolución ciudadana, como lo son los banqueros, vinculados a la “prensa corrupta y mercantilista”  y a los intereses imperialistas de EEUU, o sean por el contrario, por ejemplo, las víctimas directas del modelo económico oficial neodesarrollista, extractivista, de modernización capitalista, comunidades campesinas y pueblos indígenas  y afrodescendientes cuyas posibilidades concretas  de expresión política, a las que el poder las ha calificado como infantiles, son infinitamente inferiores a los primeros  y deben para ser consideradas dentro del debate público,  canalizarse precisamente a través de la prensa “corrupta”.

Estas diferencias no son importantes desde la retórica  oficial, es decir, su situación o ubicación concreta en la sociedad y sus posiciones políticas específicas no alcanzan para considerarlas como fuerzas opositoras diferenciadas. Lo que realmente las define, y hace que no sólo no sean diferentes, sino que sean esencialmente lo mismo, es su ubicación en el lado “bueno” o “malo” de la historia. A todas  luces lo que comparten estas fuerzas políticas, por definición antagónicas, y que las vuelve, según el discurso gubernamental,  por lo tanto idénticas, es que están en el lado “malo” o “equivocado” de la historia.

Justo, en la orilla contraria, el Presidente Correa situado en un más allá de los intereses reales que se confrontan en la vida social, ilustrado por la razón e iluminado por el Espíritu Santo, en cambio habría elegido el lado “bueno” de la historia, desde donde con un halo mesiánico, intenta una y otra vez extirpar la corrupción del cuerpo social, enderezar la moral ciudadana y al mismo tiempo “civilizar”, sacar de la ignorancia a las “subdesarrolladas” masas populares, que siendo biológicamente adultos, y Correa sabe bien de biología, piensan y actúan como niños. Pasa, de forma circular, de la tarima a la plaza y de la plaza al pulpito y de este al aula. Cambia de escenario, pero su calidad de fuente última de la verdad social se mantiene incólume, él siempre en el centro, desde lo alto, siempre representando un monólogo infinito.

Así, la Revolución Ciudadana inventa un enemigo. Unidas, a pesar de sus diferencias, secretamente  por las fuerzas invisibles del mal, todas las expresiones políticas de oposición amenazan con  derrocar el reino de la luz, conducido y protegido por su líder máximo, y por lo tanto deben ser combatidas, perseguidas, y finalmente exterminadas. Aunque, desde luego, este combate en realidad afecta a una sola de las expresiones del mal que el régimen de la Revolución Ciudadana dice combatir, aquella, la más débil de las dos, que encarna esta sí la fuerza antagónica del régimen, porque es ella la que está siendo afectada realmente por el modelo político y económico oficial y porque es ella la que cuestiona radicalmente el modelo, aunque en su crítica no logre siempre resolver adecuadamente las aparentes contradicciones del actual proceso político.

Por debajo de este bien montado escenario de revoluciones, luchas emancipatorias, justicieros infinitos, justicia social y ampliación de la ciudadana, se despliega otra guerra, descarnadamente cruda, aquella que enfrenta al capital, desde hace ya muchas décadas irremediablemente de alcance planetario,  en contra de aquella parte del Sujeto social que debe ser sacrificada sistemáticamente para que este logre una y otra vez reproducirse en su dinámica de acumulación. Los capitales a los que representan tanto el gobierno de la Revolución Ciudadana, así como las fuerzas políticas de derecha a las que el régimen se opone, como veremos  sólo en cierto sentido, pueden entrar en contradicción. Pueden disputarse la distribución de los beneficios y de la renta generados en la reproducción ampliada del capital, pueden aparecer los unos y los otros alineados de manera diferente e inclusive antagónica con respecto al capital global,  pero siempre sus diferencias serán anuladas automáticamente y cerraran fila cuando los sujetos sociales, ya no solo las masas campesinas e indígenas, en especial ahora estas,  y proletarias, sino todas y todos los seres humanos mutilados, reprimidos y sacrificados por la dictadura del capital, se rebelan contra su lógica insaciablemente productivista, tecnocrática  y aniquiladora del cuerpo social natural.

Hace algún tiempo, recuerdo, que el Presidente de la República refiriéndose al sorprendente y rápido desarrollo de Corea del Sur, y a las posibilidades concretas del Ecuador, empujadas por el régimen,  para alcanzar este anhelado desarrollo, decía que la diferencia sustancial entre una estrategia y la otra radicaba en que nuestro país, contrario a lo que había sucedido en este país asiático, no debía recurrir a la sobre explotación laboral, de su capital humano, sino al aprovechamiento de su magnífico capital natural. Aunque esta premisa sea falsa, supongamos por un instante que no es así, lo que nos quería decir realmente Correa con esto es que nuestro país debe sobre explotar la naturaleza para alcanzar la senda del progreso y el desarrollo. Lo que no dijo  Correa es que esta naturaleza no es un espacio vacío, deshabitado, como se imagina, tal como lo hizo el régimen colonial con respecto al territorio americano o como bajo esta misma premisa el Estado desarrollista de los años setenta del siglo pasado impulsó decididamente la colonización de las extensas tierras “baldías” del oriente ecuatoriana. Ni tampoco dijo que esta misma naturaleza no es una fuente inagotable de recursos como su proyecto de país necesita creer.  Los pueblos afectados por las políticas conducidas por este principio, lo saben muy bien, esta naturaleza es el lugar del cual su existencia depende y en el cual y desde el cual  reproducen, aunque en condiciones precarias, acosados por el modelo extractivista, sus particulares formas de vida, y saben bien también que esos recursos no solamente que son finitos sino que están siendo ya ahora mismo violentamente destruidos. Esto al paso, y para decir, que no es casual que la principal conflictividad social actualmente se concentra principalmente en las zonas no urbanas, no solo del país, sino en todo los países periféricos del sistema-mundo capitalista.

Efectivamente podríamos decir, que hay un lado “bueno” y un lado “malo” de la historia, y que este último lleva ampliamente la delantera. Y también podríamos decir que existe un secreto vínculo que une, no a los sujetos sociales rebeldes y a los grupos reaccionarios tradicionales, sino a estos últimos con los intereses reales que defiende la Revolución Ciudadana. Pero ni lo uno ni lo otro están siendo conducidos por ninguna fuerza esotérica, metafísica, del mal, sino por una fuerza, ella muy real y concreta, que es el Capital, un Sujeto de consistencia “cósica”, que parasitariamente se reproduce en el cuerpo social y que al hacerlo así de esta forma  lo niega y lo aniquila. Lógica simple en su funcionamiento, la del capital autovalorizándose  y compleja en su realización y despliegue concreto.

Tal vez, a partir del reconocimiento de la contradicción más radical, por básica y elemental,  que podemos distinguir con absoluta claridad en este momento de la historia humana, los diferentes sujetos y “sujetas” protagonistas de la lucha y la resistencia social puedan desde sus especificidades irreductibles, teóricas y políticas, tan necesarias e importantes en la búsqueda de alternativas, encontrar un punto común para el diálogo y el debate político,  así como enfrentarse decididamente a la necesidad urgente de construir un terreno de lucha común, que respete profundamente las diferencias y que promueva un debate amplio, franco y respetuoso. Organizaciones campesinas, indígenas, obreras, barriales, ecologistas, feministas, GLBTI, de jóvenes, artistas, intelectuales, etc. La contradicción de la que se habla es aquella  que enfrenta al lado “malo” de la historia, dominado, como se ha insistido,  por esa fuerza artificial, de voluntad ciega y mecánica, que se impone desde la interioridad de nuestra existencia humana, pero que lo hace, al mismo tiempo,  como una necesidad exterior, extraña y abiertamente hostil a esta, con el lado “bueno” de la historia, impulsado  por  las fuerzas propias, sociales-naturales, que intentan desde siempre, con sus contradicciones inherentes, emanciparse en la realización de una sociedad alternativa, que actualice la necesidad siempre abierta de dar forma a nuestra convivencia social y a nuestra relación con el mundo natural.

*Historiador