ENTREVISTA CON MILTON CASTILLO: candidato de Pachakutik a la Alcaldía de Quito

El hombre del corbatín humanizaría la ciudad

Por Gerard Coffey

Milton Castillo, abogado de profesión, es candidato a la alcaldía de Quito, pero no es político profesional. Se nota. Su manera no es estudiada, la sonrisa nace de manera natural de una persona inteligente, inquisitiva, juguetona. “Me estoy divirtiendo con esta campaña” dice. Claro está, resulta más fácil divertirse cuando según las encuestas uno no tenga grandes posibilidades de ganar. “La cosa es que yo no invierto mi tiempo porque tengo ínfulas de poder o la necesidad de figurar. Siento un  compromiso con la ciudad, con su gente. Soy ciudadano de Quito y me preocupa por lo que pasa aquí. Quiero mejorar la vida de los quiteños a través de ideas y debate.” Es un buen inicio.

Es candidato de Pachakutik. “Entonces eres de izquierda.” “Sí” me dice, admitiendo la dificultad en llegar a una definición concluyente de la palabra-concepto, “pero más que todo soy humanista.” ¿Qué significa ser humanista? “Es la preocupación que tengo por la vida de toda la gente de la ciudad, pero sobre todo por los más débiles, por las personas que sufren atropellos físicos y psicológicos en la vida diaria de Quito: en los buses en los troles, en las calles y hasta en sus casas y cuando tienen miedo a ser asaltadas o secuestradas. ¿Qué clase de vida es esa?”.

Sus preocupaciones son compartidas por los demás candidatos: todos hablan de la seguridad, el transporte, la convivencia. ¿Entonces que le distingue de los demás? “Mira” me dice con tono más serio, “lo que hemos perdido en Quito es el sentido de solidaridad, de conocer el vecino y participar en la vida del barrio, y esa falta de convivencia no puede sino crear terreno fértil para la delincuencia. Tenemos que estimular la vida del barrio, y la participación de la ciudadanía. Yo quiero que el barrio sea un espacio de paz donde la gente puede disfrutar de la ciudad”

La ciudad y la densidad poblacional

La dificultad, le propongo, es que los barrios son cada vez menos sitios de encuentro: la gente sale y regresa en auto y no conoce a sus vecinos; vivimos como individuos, no como sociedad, sobre todo en los suburbios de clase media y clase media alta donde todo se hace en auto, gastando energía y contaminando el aire. Le cuento que hace muchos años conocí un estudio sobre la densidad poblacional en Montreal, Canadá, que concluyó que el uso de energía en los suburbios de poca densidad poblacional (un ejemplo aquí podría ser Cumbaya) superaba en más de diez veces el uso de energía en el centro de la urbe. Le planteo que en una época en la que muchos cuestionan la extracción y uso de petróleo, es claramente inaceptable reproducir este modelo de urbe.   

El candidato concuerda con que Quito está diseñada para los vehículos y que cara a problemas como el cambio climático y los impactos de la extracción de recursos naturales no renovables, es imperante  repensar la ciudad, pero con la ayuda de la gente. “El problema, en parte,” propone “es que no existen estudios de densidad poblacional para Quito y este es un vacio serio, porque debemos pensar en las políticas urbanas desde la densidad. Hay que pensar en alternativas, pero es obvio que el pico y placa no es una: los resultados son perversos; hay más vehículos particulares que nunca; los únicos beneficiarios son los vendedores de autos.” 

En cuanto al transporte público, dice que es imperativo buscar alternativas: los buses están fuera de control, siempre correteando, y la caja común no funciona; el trole es un desastre, un abuso, todo lo contrario de lo que él propone desde una óptica humanista; “El metro tampoco va a solucionar el problema,” dice “es más de lo mismo. Según mis cálculos la propuesta densidad de pasajeros es igual que el trole. Es inaceptable. Además, va a terminar costando mucho más de lo previsto.” 

El hombre del corbatín afirma que un elemento importante de la solución sería descentralizar la ciudad. Es parte de su idea de estimular la participación y fomentar lo que él llama la asociatividad. “Podríamos dividir Quito en tres alcaldías para estar más cerca de la población y así estimular la participación. La ciudad ha crecido, pero seguimos con formas de gobernar que funcionaban cuando la población era menos de un millón. La alcaldía de la ciudad está cada vez más lejos de la ciudadanía. “No obstante” aclara, “descentralizar no implica perder la coordinación: hay que mantener una autoridad central coordinadora para políticas macro como la de tránsito y la recolección de basura. Sería como un sistema federal.”

La delincuencia y la inseguridad.

Le propongo al candidato que muchos ciudadanos ya vienen repensando la ciudad, pero no desde una perspectiva humanista sino individualista: es decir levantando barreras, promoviendo el endurecimiento de penas y escondiéndose tras alambres electrificados en barrios amurallados. ¿No sería también parte del problema que cada uno ande en su vehículo, aislado/a de los demás? Después de todo la delincuencia no nace de la nada: el problema tienen raíces sociales y se necesita combatirlo con medidas de fondo.  “No pretendo fijarme en lo superficial”, dice Castillo, “y si bien tengo mis propuestas para que la gente se sienta más segura, tenemos que pensar más allá de la seguridad.”

“Además,” añade, “el tema de la génisis de la delincuencia se ha manejado siempre de forma maniqueista, cuando es claramente más complejo que un asunto de buenos y malos. Verlo así solo crea divisiones y profundiza el problema. Es injusto” dice, “culpar solo a los jóvenes, porque los jóvenes son el resultado de la sociedad en general y parte del problema es sin duda la falta de empleo, en particular para los sectores más marginados. No solo es una necesidad urgente ofrecer más trabajo a este sector de la población, sino que el Municipio tiene una responsabilidad y un papel importante en estimular el empleo para los y las jóvenes y de ahí también a sus familias.”

Es fácil proponer, le sugiero, pero más complicado poner en práctica en una ciudad dónde hay poco empleo permanente fuera de la burocracia, y donde un gran porcentaje de la población, sobre todo de gente marginada, está en sub empleo. La retórica no basta. Se necesitan propuestas concretas y factibles que se pueden trabajar desde el municipio, donde la respuesta de siempre ha sido emplear a albañiles a través de proyectos de construcción. ¿Entonces?

 “Te explico.” dice él, sonriendo. “Bajo la Ley de Regulación y Control de Poder del Mercado, una de mis áreas de conocimiento, el Municipio tiene la facultad para trabajar en asociación con la gente para crear iniciativas en igual de condiciones de competencia con los monopolios que dominan la ciudad. Hay muchos sectores económicos aquí en Quito que en efecto son monopolios, es decir grupos económicos poderosos que no permiten que otros compitan.” Ofrece el ejemplo de la venta de autos, donde un solo grupo económico, el de los Eljuri, ofrece siete u ocho marcas. Los supermercados también son muy poderosos, dice, y por eso necesitamos invertir en la infraestructura de los mercados locales para que puedan competir, lo que también implica incidir en el proceso de comercialización.  

 “Hablemos de algo más inmediato” dice “la industria de calzado. En Quito hay una demanda para zapatos de entre seis y seis millones y medio de pares al año y la oferta es de dos millones y medio incluyendo lo que viene de otras provincias. El municipio podría trabajar en asociación con la gente con las pequeñas empresas para satisfacer esa demanda.” ¿Y eso no tendrá impactos negativos en la gente de Ambato donde ahora se produce mucho calzado para el mercado quiteño? “La idea no es quitar mercados a otros,” dice “sino permitir que la gente compita en precio y calidad”

El Tráfico de Drogas

Tener trabajo es esencial para contar con recursos económicos, pero también porque provee un sentido de lugar dentro de la sociedad; en otras palabras, resolver el problema de la delincuencia va más allá de tener trabajo y producir zapatos de calidad. Castillo concuerda. Enfatiza la importancia de encontrar formas que permiten a la gente joven realizar sus potencialidades.

“Según los criminólogos,” comenta “la violencia nace por falta de oportunidades, pero también porque el delincuente va desarrollando sentimientos adversos a la sociedad, de rechazo a la ciudad y los demás habitantes, sobre todo hacia aquellos que más tienen: el otro es su enemigo, hay envidia y la propaganda comercial  inculca la ‘necesidad’ de consumir para ‘pertenecer’. Por eso es importante buscar formas de hacerles sentir parte de la sociedad: es urgente  estimular actividades deportivas y culturales, entre otras, en los barrios maginados. Tenemos que pensarlo desde un punto de vista humanista: los jóvenes  nuestros vecinos, no son el enemigo.”

Castillo considera que el papel de tráfico de drogas en motivar la violencia y la delincuencia también merece un análisis muy serio. Es un error, opina, pensar que el problema solo tenga que ver con los grandes carteles internacionales. “El micro tráfico estimula actitudes y comportamientos violentos y afecta muchos barrios de la ciudad, convirtiéndoles en espacios de peligro antes que de paz: destruye los barrios, la convivencia y la posibilidad de vivir en paz.”

¿Y qué hacer? Sabemos que el tráfico de drogas es un flagelo, pero mucha gente lo ve como una cuestión moral y que la respuesta consiste en enviar a los traficantes, incluso los micro traficantes, los /las ‘mulas’, a la cárcel donde supuestamente se pueden arrepentir de sus pecados y convertirse en ciudadanos modelos. ‘Qué sugiere el candidato?

“Estoy a favor de un modelo nacional similar a él de Uruguay,” explica Castillo “porque si seguimos sancionando a toda la gente que lamentablemente se mete en el vicio de las drogas, estamos poniendo en moción una rueda de violencia que no va a parar. Hay que elaborar políticas de salud pública favor de los jóvenes, además de las actividades deportivas, culturales y lúdicas que ya mencioné. Hay varias cosas que podríamos hacer, pero todas desde un punto de vista humano, apuntando hacia una sociedad que vive en paz y que cree en las posibilidades de cada uno, sin importar su clase económica.”