BONAFONT CAMINA SEQUITO. Por Carol Murillo Ruiz

Revista Cartón y Piedra, El Telégrafo

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Me ocurre muchas veces, me quedo viendo a gente que se queda viendo cosas o seres que se mueven rápido. La fascinación por develar los gestos de esa gente que ni respira en un partido de fútbol -de campeonato- se hace trizas cuando pronuncia un chucha e’la madre en pleno bar de hinchas y fanáticos que ha dejado enfriar en el plato el choripán y calentar las bielas… todos cumplen el viejo ritual del silencio mínimo, el vaivén visual en las pantallas y el vómito de gozos y miserias cada vez que los jugadores hacen cualquier pirueta en la cancha.

Así, lo que me atañe de los estadios se deposita en los rostros, en las jetas, en el tartajeo o en el éxtasis, en los graderíos, en las secreciones de la masa, en la veta primaria del público; para refocilarse en eso que los cultores del fútbol llaman hinchas y los censores fanáticos. Lo que el juego luce como estrategia y táctica en el césped, afuera sufre una metamorfosis de vitalidad y locura. La contemplación del que contempla deja sensaciones extrañas. Se contempla la materia, la contorsión, el aullido. Se contempla también la propia contemplación… ¡y sobreviene el miedo! Porque detectamos en el fondo de los ojos que miran la mirada la sombra del pasado, ¡la huella primate!, para decirlo bizarramente. O sea, la fusión de mohines y ruidos que apela a la manada y consigue el milagro de lo humano: la risa, digamos, la gracia de lo humano. Entonces, hoy, saltado el muro temporal, y corrido el fragor del grupo en torno a un solo gusto –el fútbol-, triunfa su (masiva) distinción cultural. Ergo, el miedo que sentíamos, el tremendo proceso de feliz filiación colectiva, se vuelve apoteósico desahogo individual.

El fútbol devino además en profesión de la difusa modernidad y ese simulacro de la racionalidad orgánica alteró la enjundia de la cultura popular inscrita en su lúdico origen. Los expertos dicen que el juego se ha sistematizado tanto que la técnica le ha ganado a la gambeta, y que los genios tienen que ser diez veces genios para salvarse de la ciencia de los árbitros y de las cámaras que computarizan las zancadas. Lo cierto es que el juego no rendido a la industria subsiste en aquello que parece una tara social irreversible: la vulgata de los periodistas deportivos. Ellos desentrañan a la masa o la encarnan en el habla; los vestigios de la cultura popular se vuelven terribles en la locución de quienes en apariencia tienen otro saber pero se presentan, muchas veces, tan guturales como sus antepasados. Chillan, festejan, sujetan el destino.

Ecuador es cantera de relatores de partidos de fútbol -de radio y televisión- y de comentaristas que rematan la narración con discrecionalidad insolente. Por allí termina la mirada y florece la oreja. Una ya no mira a la gente; la oye, la deja desgañitar y emerge lo que la constituye y derrite, lo que la repliega y diluye: el lenguaje a los gritos. El narrador de partidos fluctúa entre la celeridad y el grito, y la hinchada entre la agitación y el gol. Los gritos, allá y acullá, subyugan cada trasmisión de fútbol. El comentarista modula los gritos pero estira la convulsión del juego. Quiere capitular palabra y patada.

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El lenguaje, liberado de la vulgata, de la plebe, del gentío, se lo ha concebido como una obra muy elaborada y rica, ajena a la rusticidad de lo cotidiano y allegada más bien a la delectación del oasis cósmico. El lenguaje de la chusma a los gritos es anarquía e instinto. En apariencia no dice nada lógico, no articula, no ensambla; solo dilapida energías; cada gol es un torneo de bramidos. Mientras, jugadas, cantadas, penaltis o fintas generan tensiones sucesivas en el público, que son avivadas por quienes relatan los partidos desde las diversas cabinas; no es raro ver en un estadio a hinchas con una radio portátil que siguen doblemente el partido: con ojos y oídos. Necesitan la confirmación de lo que ven en la palabra de locutores que están habituados a relatar a velocidad y sin la reprimenda de nadie. Este refuerzo suministra a los futboleros un telescopio para divisar las culpas ajenas: en rivales o árbitros. Tal locución, fulminante y atolondrada, es el reflejo condicionado de los crímenes lingüísticos masivos…

El comentarista de fútbol no es muy diferente. Curtido en la cháchara hinchista canoniza a peloteros y técnicos. Su consagración se dio en el Ecuador cuando el Bolillo Gómez creó la cátedra de autoayuda nacional a través de la primera selección que clasificó al mundial de Japón en 2001. En medio del paraje de intérpretes de las jugadas hay uno que se distinguió una década antes de ese triunfo, el abogado Roberto Bonafont, y que prevalece hasta hoy “sin haberse quedado sentado en el trono”, como dice mi cuate Lucho Dávila.

Bonafont es una institución sin fines de lucro; por supuesto, una institución derruida, sepulcrada y a punto de quedarse sin petate en el imaginario de los cultos. Un tipo de periodista deportivo labrado en el arte de corregir la ligereza vecina por la agilidad provechosa. Que tuvo su mejor momento cuando una parte de los sabios locales le dio un pase al paraíso mientras consentía que le digan “el poeta del fútbol”. (Le sucedió al revés de Julio Jaramillo, que antes de los noventa del siglo XX nadie se atrevía a sacar de los antros y, de pronto -una década después de su muerte- comenzó a ser amado en el trópico y en el páramo, en un carrusel de astucia culturalista que solo fue descollada por el amor abierto y limpio de Fernando Artieda en su “Pueblo fantasma y clave de JJ”).

A Roberto Bonafont lo veneran primero y lo subsumen después. No porque, de manera figurada, apantalle con ser poeta, hable bonito o apunte parábolas no bíblicas con su lenguaje kafkiano, sino porque hay un velado desprecio a su clase, al aglutinamiento social que expresa su histrionismo personal y a las obsesiones de una educación –general o autodidacta- que no siempre remide del mal o, incluso, de la pobreza anímica.

Todo lo anterior se reviste del formalismo estético, del cultivo de la palabra poética como máxima expresión del código lingüístico y de la autoridad que otorga la trama cultural de la producción de sentidos. Semejante anfiteatro del desprecio, como es obvio, niega al poeta del fútbol y lo relega a la condición de paria del saber o lector de capirote. Pero al mismo tiempo muestra a un comunicador que interactúa, ¡vaya infortunio!, con la tradición más retardataria del periodismo deportivo nacional. Y de eso nadie habla aunque el abogado cohabita y su petate le aguanta.

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El público de Roberto Bonafont lo ha oído durante años crear con las palabras unas figuras que ansían copiar con el aire de la voz las jugadas que los futbolistas componen con el aire de los muslos. “Arma la pierna y saca un misilazo terrible” nos dice el poeta de la cancha. Su estilo ha provocado que el humo de sus dichos recale en un juego que se reinventa a pesar de los timos de los árbitros y las vilezas de las barras bravas. Bonafont se pasea como un duende por entre jugadores, jueces, hinchas, fanáticos y equipos. Nunca se le ha escuchado apadrinar, verbi gratia, las afrentas masculinas de sus colegas en sus programas de la telecracia deportiva, ni siquiera tras bastidores.

No han faltado quienes, saltándose el repertorio de sus insólitos tropos, han reparado -con sorna- en las citas de famosos que intercala en sus disquisiciones sobre estrategia, técnica o filosofía del fútbol; mientras siguen tolerando a diario a los periodistas del machismo y la homofobia. ¡Pero a Bonafont no le perdonan nada! ¡Ni la ilusión de una estampa, digamos, es un decir, de la Francia revolucionaria del siglo cero sobre la muchedumbre ruidosa del Barcelona en un partido perdido! O sea, una de esas humoradas que el abogado acostumbra para zarandear su biblioteca mental.

Me ocurrió que para escribir estas líneas busqué partidos de fútbol glosados por el poeta. Hallé algunos. Y al escucharlos, lejos del tiempo en que fueron comentados y cautiva de los retratos que brotan de su retahíla de voces, pude sacar en limpio su lucha (eterna) de contextos, su sableo de cuerpo y sombra. Y una puede oler cómo su faena de lenguaje va rociando perfumes, charquitos, sudores, es decir, lo concreto, eso que roza la piel humana en todas partes. Pero también una puede intuir cómo su faena de voces va salpicando signos, conceptos, treguas de lectura, es decir, lo abstracto, eso que besa una pupila en la obscuridad. Así, Bonafont fue encontrando la aptitud para el delirio, o sea, la tramoya de su estilo.

¿Pero qué es luchar por los contextos? En todos los lenguajes especializados –científico, deportivo, poético, por decir algunos- la codificación es fundamental y su regodeo interpretativo no siempre se ajusta a lo que el público no especializado está en situación de interpretar. Sucede con el poeta del fútbol: su público no siempre puede dilucidar aquello que está dicho en signo cuasi literario, dicen. ¿Quiénes dicen? ¿Los otros especialistas? ¿No se pueden interpretar enunciados como éstos: “La zaga alemana tiene una lágrima floja”; “la pelota se fue al más allá”; “Nasuti de cabeza desviado”? Se puede; porque Bonafont logra una empatía básica con el público: jugar con las palabras como se juega al fútbol, con alegría, con pasión, sacando la razón del cuerpo…

Ocurre que me place oír a Bonafont porque es un poeta de la chanza; porque trasiega sus lecturas y aunque sabe de fútbol y se confiesa estudioso de su ajedrez de césped, también le apuesta a la gambeta y a la mano de dios en los estadios, y porque sin ser mujeril da lecciones de igualdad a sus yuntas de micrófono y porque nunca ha sucumbido a las blasfemias de los hinchas que al ver a su equipo perder (o ganar) igual mientan a la puta madre que los parió con la última biela que asaltan en la gradilla o el bar.

Cuando llueve y los charcos proliferan casi siempre las canillas se embarran; pero Bonafont camina sequito en medio de ese berenjenal de machos y jueces de pacotilla. Para él la lluvia es el mar de arriba, la prueba de que el fango jamás viene del cielo y el único chance que hay para bautizar a la masa incrédula.