CHILE: NUEVA MAYORÍA, CON EL ALMA EN LA DERECHA

Por Ricardo Candia Cares

Punto Final <www.puntofinal.cl>
No necesitó caminar un semestre el gobierno de la Nueva Mayoría para que quedara demostrada su raigambre derechista. Y como ha venido sucediendo desde que se cerraron parcial y temporalmente los regimientos, la primera víctima del cambio de piel de la coalición gobernante fue su propio programa, por el que muchos anunciaron, con religiosa actitud, darían la vida y la mitad de la muerte.Aquello que se ofreció, prometió y comprometió ya ha sido abandonado como un trapo viejo que cumplió con su temporada útil: la campaña electoral.Y lo que resta ahora es una retahíla de explicaciones intentando encubrir las mentiras de siempre, adoptando para el efecto otros nombres menos gravosos: gradualidad, mesura, reforma, responsabilidad.Y, peor aún, quedaron con sus discursos pendiendo de sus labios aquellos que recitaron las preces de lo nuevo que era todo y de cómo las cosas ya no serían como habían sido y que lo que se avizoraba en lontananza era un Nuevo Ciclo, el futuro a la vuelta de la esquina en el cual nunca más se permitiría lo que hubo.

Todo lo que hubo, será un recuerdo amargo que deberá dejar las lecciones que la historia luego describe como el reguero necesario de las traiciones y los errores.

La dura realidad nos muestra que en menos de un semestre, el andamiaje de propósitos, promesas, certezas, ofertas y compromisos, se vino abajo con el estruendo propio que dejan a su paso las mentiras cuando caen a expensas de su propia gravedad. De todo lo que se dijo, no quedarán sino la huella de la tinta en el papel couché. De todo lo que se ofreció, no habrá nada. A la ultraderecha nacional, una de las más malévolas de mundo, le bastó una atropellada de tamaño pequeño para que la Nueva Mayoría sentara cabeza. Y esta ofensiva ultraderechista deja demostrado que sus ideas se distribuyen transversalmente en el espectro político nacional. Hace mucho que fue capaz de permear con sus teorías económicas a los que alguna vez lucieron la gallardía propia del revolucionario.

No habrá reforma educacional, ni de ningún tipo, capaz de eliminar lo esencial del modelo. Quienes creyeron y quienes hicieron como que creían posible eliminar de la educación su carácter de actividad económica, esencialmente discriminatoria, sesgada y clasista, necesitarán actualizar sus decepciones eternas, unos, y sus explicaciones extrañas, los otros.

Seres humanos, después de todo, quienes empujaron el discurso que aseguraba la posibilidad de reformas reales, ahora afirman que será necesaria una cierta gradualidad y una cierta discreción que les permita hacer las cosas bien y no se arriesgue por nada la sacrosanta propiedad privada.

En la Nueva Mayoría hay quienes se convencieron hace rato que el capitalismo no está del todo equivocado y que las teorías de cambio y revolución no fueron sino espejismos, luces fatuas, relumbres que más bien alimentaban utopías que en este campo de flores bordado tiene futuro. Y que es cosa de mirar lo que pasa en Bolivia y sus indios alzados, en Venezuela y su exasperante falta de papel higiénico, y en Ecuador y la incertidumbre de la economía, incluso la debacle de los Estados de bienestar de la Europa del norte. No. Chile no está para ideas excéntricas, ni virajes cuya energía centrífuga les haga perder las comodidades de que gozan, los cupos en directorios en los que se corta el queque y todo lo demás, sus membrecías en los clubes de alcurnia, sus viajes a destinos remotos, sus relaciones sociales que les han subido el tono del cabello, sus colegios exclusivos sin Junaeb, ni copagos ni olor a rascas poblacionales o reguetoneros tatuados hasta el alma.

La ultraderecha nuestra de cada día luce algo que ni siquiera soñó: fue capaz de rendir a parte de sus enemigos históricos, a quienes hubieran fusilado y hecho desaparecer de no haber sido por la intercesión de las embajadas que les salvaron el pelo. Los ganó culturalmente. Los ganó del alma. Les permitió compartir con ellos el placer de ser un poderoso con el dinero suficiente para comprar lo que se necesite, y les ofreció la posibilidad de una vista privilegiada sobre la ciudad de perdedores que palpita más o menos en los 520 metros sobre el nivel del mar, allá abajo.

Por eso las coincidencias en aquello que es esencial: en lo accesorio, lo que se quiera. Por eso las cocinas herméticas en las cuales se corta el bacalao terminan siendo aceptadas: porque siempre ha sido así. Por eso los verdaderos directores de esta gran operación que busca sostener el modelo aún en tiempos de rebeldías estudiantiles, siempre terminan acudiendo al llamado de comandancia cuando la cosa muestra tendencias desordenadas.

Todo lo demás, no existe.

 

* Publicado en “Punto Final”, edición Nº 810, 8 de agosto, 2014