¡ILS SONT DES CONS, CHARLIE! Por Juan Cuvi

El Comercio

10 de enero 2015

En 1978, París era inconcebible sin varios íconos contestatarios e irreverentes. Eran los ecos de Mayo del 68. No cenizas fugaces de una hoguera extinguida, sino rocas aún calientes de una erupción que alteró profundamente el paisaje político, social y sobre todo intelectual de Francia. Y por esto último, justamente, muchas de las respuestas apuntaron con tanto ahínco a la renovación del pensamiento, en esa continuidad de la imaginación que recorrió y sacudió las calles de París.

La Universidad de Vincennes fue concebida como la alternativa radical y libertaria al rígido sistema universitario francés. Para ese entonces ya estaba sumida en la más completa anarquía, pero seguía siendo el puerto donde recalaba la izquierda más insumisa del orbe. Guerrilleros, exiliados, perseguidos políticos, aprendices de revolucionarios, subversivos de toda laya y latitud atiborrábamos las aulas universitarias en unas sesiones que tenían más de asambleas populares que de cátedras. Y eso a pesar de que algunos profesores eran auténticas eminencias, como Poulantzas o Pierre Philippe Rey. En el momento más insospechado, y en medio del caos reinante, uno podía toparse con una conferencia de Chomsky o de Foucault organizada por alguna asociación de estudiantes. Así como si nada.

El diario Liberation, fundado por Sartre, propuso una línea periodística a contramano del periodismo convencional. Y también a contramano de la anquilosada izquierda francesa, que se había vuelto totalmente funcional al sistema. Era el referente de una izquierda joven, ideológicamente subversiva y, a ratos, primariamente anti-sistémica. Liberation estaba en contra de muchas instituciones alineadas con el poder y la tradición, pero sobre todo estaba a favor de un sentido ilimitado de la libertada. Dos imágenes no se han borrado de mi mente a pesar de los años: cuando cayó el Sha de Irán, apareció una portada en persa; cuando cayó Somoza, apareció otra portada en español a página entera, que decía ¡Viva la Revolución, puta madre! sobre una foto de un miliciano sandinista, armado y con uniforme, echado en una fastuosa tina de baño de alguna mansión somocista.

Charlie Hebdo era el semanario de consumo obligatorio. Al menos para la izquierda radical, pero también para esos segmentos sociales críticos e independientes que hacen de la sociedad francesa un arquetipo para la tolerancia. Y para el laicismo. Y para la democracia. De esa sociedad que hoy es capaz de condenar masiva e indistintamente las atrocidades del fanatismo político-religioso, porque en esencia constituyen una afrenta contra la diversidad y el respeto que la mayoría de ciudadanos protege por encima de los conflictos inevitables. De esa sociedad que hace tres siglos decidió encabezar el proyecto de desacralización del mundo, y sobre todo de la política. Y Charlie Hebdo era precisamente eso: una sátira contra todas las formas rancias, momificadas, severas y parsimoniosas del poder. En especial de aquellas que someten al espíritu. Definitivamente, ¡son unos idiotas, Charlie!

¿Qué ejemplo nos deja como país esta absurda y estúpida masacre contra la libertad de expresión? La condena del gobierno ecuatoriano al atentado no es suficiente; tiene un desagradable tufo a gazmoñería, porque no evidencia una comprensión del verdadero sentido de los hechos. Un editorialista del New York Times sostiene que las portadas de Charlie Hebdo no hubieran podido circular ni siquiera en los campus universitarios de los Estados Unidos. Peor en el Ecuador, donde una publicación de esa naturaleza estaría sometida al implacable fusilamiento judicial desde los más disímiles e inimaginables frentes. Empezando por el propio gobierno y todos los instrumentos burocráticos que ha creado para el efecto. Los juicios contra los medios de comunicación son una cínica sustitución de los Kaláshnikov yihadistas. Aquí, Charlie Hebdo no habría pasado del primer número, y con suerte.