¿SE ACABAN LOS SOCIALISMOS DEL XXI?* Por Jorge León T.

09 abril 2015

 

Hay indicios que los gobiernos latinoamericanos llamados del “socialismo del siglo XXI”, en los tres países andinos, Venezuela, Bolivia y Ecuador, conocen pérdidas de reconocimiento y sus presidentes tan populares, salvo Maduro, están perdiendo la aceptación excepcional que tuvieron en los años anteriores. Aunque siguen siendo los políticos más reconocidos y con amplias posibilidades de volver al poder, aunque forzando para ello la ley y su sentido democrático original.

Venezuela vive su propia desgracia interna fruto de un exceso de pretensión ideológica, desconocimiento de la economía, de las disputas faccinales del poder y su larga enfermedad de querer todo resolver con el exceso de renta o riqueza que le ha caído del cielo con el maná petrolero. Es imprevisible lo que puede pasar a este país.

En Bolivia y Ecuador, las elecciones seccionales, a pesar de no ser lo mismo que las nacionales en las que pesa la popularidad de Morales y Correa no dejan de indicar que el peso del partido gobernante pierde plumas mientras la oposición se reconstituye. En los dos países, como en Venezuela, el contrapeso al enorme peso adquirido por el gobierno central y partido, pasa a los gobiernos seccionales, intermediarios o locales. Ello a pesar que aún queda la legitimidad que les dio la inmensa capacidad de gasto fiscal con los excepcionales precios de las materias primas lo que les permitió ser nuevos ricos, ganarse favores de popularidad y gastar en cantidades para ello con clientelismo y propaganda.

Es frecuente que se diga que este bajón de aceptación o estos cambios son “normales” luego de tantos años en el poder, puede ser ello en parte. Sin embargo, en Bolivia y Ecuador se percibe ya otros aspectos muy reveladores del sistema que estos gobiernos han creado y de la dinámica de la organización política. Buena parte de los ganadores locales son disidentes del partido en el gobierno, hay una disputa de elites y la oposición se reconstituye así disminuyendo el halo de ser partidos que copan todo, al contrario políticos y electores reaccionan contra ello. Los perdedores gubernamentales son en buena parte gente acusada de corrupción e ineficacia. Son, pues, parte de ese mal creciente que es la corrupción, que acaba por difundirse de la cabeza a los pies de los gobiernos que concentran poder, disponen de tanto recurso y están casi sin control. Por lo general, la corrupción acaba con su prestigio y crear rechazos de largo plazo. La ineficacia llega con esos nombramientos a fieles al presidente o al partido, no escogidos por sus competencias para el puesto. Carencia de personal político no es excepcional en este tipo de gobiernos, que se centran en ganar poder y conservarlo, pero que a la vez ya generan las dinámicas que les desprestigiarán.

Correa como Morales han querido presionar al electorado con un burdo clientelismo de promesas si votan por ellos y carencia de recursos si votan por la oposición, este “paraíso con nosotros o infierno con la oposición” ha creado reacciones en su contra en el electorado mejor formado.

Hay descontentos que ahora afloran, igualmente con protesta en las calles, se está pues volviendo a la dinámica más pluralista de estas sociedades, en que partidos y oposición social han sido parte de sus democracias débiles en instituciones. Las fuerzas opositoras logran mejor reconstituirse o renovarse con nuevos cuadros, hay pues elites políticas locales y nacionales disponibles. En los hechos este pluralismo de hechos, desde lo local a lo nacional es un limite para la tentación autoritaria y un llamado a cambiar los comportamientos que consideran que su idea de gobierno puedo todo permitir.

El cambio del escenario económico puede implicar medidas impopulares que acaben por modificar las popularidades presidenciales y haga bola de nieve con estos fenómenos que ahora afloran al nivel local pero pueden ser parte de las nacionales a ese punto están ya fuertemente establecidas en los hechos y en las conciencias ciudadanas. Un ciclo político parece llegar al fin de su auge, pero su declinación es imprevisible. Ha sido un ciclo ante todo de una izquierda no sistémica pues su prioridad no fue el cambio del aparato productivo, no lo hace sino recién, ya muy tarde; y priorizó la distribución de la abundancia de recursos que ha tenido. Ha sido una “socialismo” Papa Noel que si no se renueva ahora, el contexto actual rápidamente puede deslegitimarlo.

 

* Una versión resumida de este artículo fue publicada en El Comercio, lunes 06 de abril 2015