LA PUREZA Y LAS ESTRATEGIAS DE LAS IZQUIERDAS Por Pablo Ospina Peralta

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19 mayo 2015

Me parece una buena idea continuar el debate con Orlando Pérez sobre la estrategia de las izquierdas. En un editorial del 10 de mayo, publicado en El Telégrafo, que se acompañó curiosamente poco después con una caricatura, se me acusa de considerar que Lucio, Abdalá o Febres Cordero son mejores que Correa y que por eso nos aliamos con la derecha contra el correísmo. En realidad, aunque haya sectores de la oposición de izquierdas que han dado señales de estar dispuestos a aliarse con Lasso o Nebot, como Fernando Villavicencio o Paúl Carrasco, no es la posición que yo defendí en mi artículo. Tampoco es la posición de la mayoría de las izquierdas que nos oponemos al correísmo. De hecho, es precisamente por eso, por negarnos a crear un frente amplio electoral junto a las derechas, que no somos una opción electoral por el momento. Preferimos el aislamiento electoral y atrincherarnos en la movilización y organización popular abajo, donde somos más fuertes y eficaces, que cualquier alianza contraria a nuestros principios y programas, sea el socialcristianismo, sea el correísmo.

Eso no significa que nos neguemos por principio a luchar en los escenarios electorales. De hecho, puede ser más justa una crítica de exceso de electoralismo en la mayoría de las izquierdas ecuatorianas que de abstencionismo. La participación electoral y sus formas dependen de muchas condiciones que no controlamos y de oportunidades que no hemos creado a voluntad. Cuando se presentan hay que aprovecharlas, y mucho más si nacen de las propias luchas y movilizaciones sociales, como fue el caso de Pachakutik en la segunda mitad de los años 1990. Pero a veces incluso cuando no nacen así, como ocurrió con la candidatura de Frank Vargas Pazzos en 1988, o la de Rafael Correa en 2006, era perfectamente correcto tratar de sacarles el mayor provecho. Y creo que en 2017 todavía podría presentarse una mejor oportunidad. Mi punto no es que haya que ser “puros” sin contaminarse con el poder; mi punto es que hay que saber cuándo una opción electoral y gubernamental sirve a la lucha social y cuándo hay que salir porque la obstaculiza. A mi juicio es muy claro que el correísmo dejó de servir a la lucha social y se convirtió en su enemigo.

El correísmo cumplió un papel progresista entre 2007 y 2009 y desde entonces se ha ido haciendo cada vez más reaccionario. En comparación con los gobiernos neoliberales tiene cosas peores y cosas mejores. Es más autoritario y represivo que Abdalá o Lucio. Su férreo control del sistema judicial es mayor que el que tuvo León Febres Cordero. Su política minera es peor que la de Sixto Durán Ballén, y su política sobre el embarazo adolescente no tiene nada que envidiarle a la impulsada por doña Finita. Otras son mejores. Se ha evitado la privatización del IESS o el pago en los establecimientos de educación pública. Han aumentado las inversiones en infraestructura y en políticas sociales y económicas. Por eso, el balance actual del correísmo no es que sea peor que los gobiernos anteriores; es simplemente igual a ellos. Por eso, el corolario político es que si Correa se encontrara en segunda vuelta contra Lucio o contra Laso, yo anularía mi voto. Ninguno es mejor; lo bueno de Correa ya pasó y lo que predomina desde 2013 es cada vez peor. ¿Puede imaginarse una peor idea de calidad educativa, desde una perspectiva de izquierdas, que el bachillerato internacional? Lo esencial del proyecto educativo del correísmo ya no es construir más escuelas prefabricadas: es definir el sentido profundo de la educación publica y de la pedagogía que lo acompaña. Allí solo hay un desierto de prácticas conservadoras.

Todas estas críticas refieren a políticas, no al estilo del presidente, por más repugnante que me parezca su actitud ante un adolescente que lo insultó en la calle; de la misma forma en que nosotros insultábamos al poder desde las calles en nuestro tiempo. Por eso es que ese estilo puede ser muy importante por los valores que afirma y por la pedagogía política que expresa. Pero no es por eso que nos oponemos al correísmo.

Yo sí entiendo que gente como Orlando Pérez se mantenga dentro del gobierno. Piensan que pueden conseguir “algo” y que “algo” es mejor que nada. La misma lógica llevó a Luis Maldonado a ser ministro de Gustavo Noboa; a una parte de la izquierda argentina a disolverse en el peronismo; a legiones de desencantados europeos a votar por Felipe González o por François Mitterrand. Entiendo perfectamente sus razones. Pero ha llegado el punto, desde hace ya algunos años, en que para lograr “algo” tienen que vender el alma. Abandonar la histórica reivindicación de la reforma agraria, la critica al libre comercio, el compromiso gubernamental con los jubilados, la lucha por superar el extractivismo, el principio de una educación alternativa y respetuosa de los niños, los jóvenes y los educadores. Hace ya varios años que Mefistófeles vino a cobrar su deuda. Y ustedes la están pagando con creces.