¿ECOLOGISTAS Y EXTRACTIVISTAS IRRACIONALES? Por Jorge León T.

09 junio 2015

Las izquierdas, salvo excepción, han pasado de estar centradas en la lucha de clases a descubrir, con las dictaduras de los 70 y la caída del Muro de Berlín, que existía también el sistema de la política y que no se reducía al Estado, además de los derechos humanos. Ya otras tendencias políticas habían “descubierto” que la disputa política tenía su dinámica y cambiaba según los contextos y no se sometía a la esquemática polarización de clases explotadoras y explotadas, la realidad inmediata era pues más compleja.

Gramsci que vivía los cortes sociales italianos con tanto contraste, aportará al respecto, pero ni él ni las reflexiones de los críticos de Frankfurt, tendrán cabida en los partidos y organizaciones que con dogmatismo seguían los discursos oficiales de la Unión Soviética.

Tardó un tiempo en descubrir que había la persona, el individuo, y que precisamente por ello habría derechos de la persona. Los abusos del poder podían ser de todas las tendencias; los derechos humanos debían ser también independientes de todo poder.

Las corrientes liberales, de centro o de derecha, hicieron de ello su bandera, pero no siempre fueron consecuentes, como en cambio fue mucho más la social democracia. El tardío reconocimiento de estos derechos por las izquierdas ha sido casi siempre útil para las reivindicaciones y cuando está en la oposición, haciendo piruetas mentales para no ver su irrespeto en gobiernos que reivindican la izquierda. Esta falta de sindéresis en América Latina tarda en cambiar.

Algo similar ha acontecido con el otro salto importante que las sociedades han vivido al reconocer la existencia de pueblos y culturas diversas con los derechos colectivos; y, en segundo lugar, en percibir que somos parte de un mismo mundo, con un solo planeta llamado tierra al cual destruimos y nos destruimos con nuestro modo de vida. El pluralismo cultural y la ecología es reivindicación de todos actualmente, generalmente de modo discursivo porque en los hechos también se viven piruetas diversas para justificar lo contrario.

Los ecologistas serían tan sin sentido para los extractivistas como son estos para los primeros. Las polarizaciones tienden a todo simplificar, y la sociedad pierde al no disponer de razones sino para la condena del contrincante, no para la comprensión de hechos y hacía donde va la sociedad, el sistema de poder o de la economía.

La Asamblea Nacional Ambiental, formada por varias organizaciones ecologistas y sociales ecuatorianas de toda tendencia, de todo el país, acaba de publicar una “Agenda Nacional Ambiental”. Tiene el mérito de poner al día, de un modo accesible para la mayoría, la situación ambiental de Ecuador tan rico en biodiversidad, tan concentrada en el espacio y que por lo mismo puede ser más fácilmente afectada. También, ante diversos problemas en temas cruciales – como la minería, los hidrocarburos, los manglares, el desarrollo urbano y la vida urbana, la vida marina, la contaminación ambiental, las hidroeléctricas o el cambio climático, entre otros temas, luego de identificar un diagnóstico – propone una Agenda de Acción para contrarrestar o resolver los problemas identificados o proteger si no preservar el medio ambiente. Es un positivo esfuerzo de concentrar un diagnóstico y sugerir múltiples acciones que se encaminan unas al Estado, otras a la sociedad, unas para realizar políticas otras para que las organizaciones o las personas asuman.

Este texto se propone ser una Agenda distinta a la oficial, defendiendo la democracia, la participación y la libre expresión, la diversidad cultural, así como los derechos de la naturaleza de los cuáles en principio Ecuador sería el innovador. Estas propuestas, según sus autores, serían alternativas al extractivismo.

Tanto en este texto, como en la mayoría de los textos ecologistas actuales en América Latina, el extractivismo es como el ábrete-sésamo para explicar el deterioro del ambiente y un futuro poco promisorio para las generaciones venideras si seguimos al ritmo actual de usar las bondades o riquezas naturales como si todo nos perteneciera.

El extractivismo elevado a un sistema y medio de explicar la realidad, requiere muchas precisiones, se lo da por hecho cuando a lo mejor no sirve sino para explicar algo. Se asemeja a la encantación involuntaria que se hace del “neoliberalismo” para explicar no la situación de las últimas décadas, sino la historia de América Latina, cuando su existencia es reciente y su aplicación no tuvo el mismo impacto en todas partes.

El extractivismo merece más de una precisión no simplificadora. Por lo mismo, el inverso de lo que frecuentemente acontece en la polarización entre gobierno y ecologistas. En la Agenda, sutilmente se recrea al buen salvaje para que campesinos, pescadores artesanales, indígenas o simplemente el sector popular, por principio, algo casi socialmente genético, sean ecológicos y no extractivistas: se otorga así a estos sectores un valor en sus comportamientos “ecológicos” en función de la importancia social que se les da, y no en relación a sus acciones productivas o extractivas comparadas a principios o políticas.

En los hechos el no extractivismo completo no es social, económica y políticamente viable. ¿Cuál organización política, una vez en el gobierno, dejaría de extraer petróleo? Pero al inverso, el gobierno simplifica al extremo que con la creciente extracción de recursos el paraíso llegará para los pobres.

En los hechos, ya hay tantos casos, al norte y al sur del planeta, que indican que el festín termina con el cambio del ciclo de precios en el mercado para tal o tal recurso natural. Y el problema de fondo es más bien que la existencia de este mana que cae del cielo tiende a que la sociedad y el gobierno mismo no generen otros modos de mejorar las condiciones de vida, de hacer economía y se vuelven rentistas, se acostumbran a que las cosas caigan del cielo, ahogan la creatividad que las sociedades pueden tener ante las necesidades. Ni lo uno ni lo otro es automático ni es simple, pero las tendencias son claras. La búsqueda de nuevas vías para otro sistema económico, “al querer invertir el petróleo” por ejemplo, generalmente quedan truncas por todo lo que entre tiempo genera ese mana que cae del cielo.