¿REVOLUCIONARIOS? Pablo Ospina Peralta (respuesta a Orlando Pérez)

09 de junio 2015

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Otra vez Orlando Pérez afirma en un editorial del domingo 31 de mayo pasado que cualquier política de izquierda que no esté alineada con el correísmo le hace el juego a la derecha. El correísmo o el desierto. Para justificarlo afirma, insólitamente, que al carecer de opción electoral inmediata renunciamos a “incidir de forma expresa y permanente en la realidad”. ¿Acaso la movilización y la organización popular no inciden de forma expresa y permanente en la realidad? El vulgar y pedestre electoralismo marketinero del líder se traslada a sus seguidores. Así como el líder afirma cada vez que puede que nadie tiene el derecho de cuestionarlo porque no ha ganado en las urnas; sus seguidores ahora afirman, nada más y nada menos, que quien no participa en las elecciones no incide en la realidad. ¿Qué dirían los jóvenes que inundaron París y muchas ciudades del mundo en 1968 y que repudiaban por igual las armas y las papeletas? ¿Se olvidó Orlando de las luchas callejeras contra el neoliberalismo que no tuvieron expresión electoral durante cuando menos dos décadas en el Ecuador? ¿No influyeron en la realidad? ¿O la única influencia vino con la redención infinita de la revolución ciudadana, que, siguiendo su razonamiento, no pudo ser “influida” por esas movilizaciones en 2005 y 2006?

Según el artículo de Orlando Pérez, mi reclamo por el abandono de las banderas de la reforma agraria, la crítica al libre comercio, y una educación respetuosa de los niños, los jóvenes y los educadores, es aferrarse a demandas revolucionarias radicales y descarriadas que obviamente “nadie puede decir que ahora vivamos”. En eso último estamos de acuerdo, pero, ¿son demandas propias del radicalismo infantil? El detalle engorroso que Orlando olvida es que la propia revolución ciudadana se planteó precisamente esos objetivos. ¿Acaso no leyó el Plan del Buen Vivir de 2009 donde habla de la redistribución de tierras y aguas? ¿No ha leído la Constitución? ¿No leyó el Plan de Gobierno de 2006? ¿No sabe acaso que ese Plan de 2006 plantea flexibilizar las normas de penalización del aborto? El año 2006 y las afirmaciones de la Alianza País entonces parecen prehistoria antediluviana. En cuanto a mí, no me parecen reivindicaciones especialmente radicales; son un simple recordatorio de promesas incumplidas.

Ante tan monumental amnesia, no es raro que la única razón que se le ocurre para que las izquierdas se alejen del correísmo es la afectación de los intereses del “corporativismo más duro”. La crítica al corporativismo fue siempre en el correísmo una acusación manufacturada para encubrir la negación de cualquier intento de construir una democracia más participativa. En lugar del corporativismo inventaron los exámenes y los concursos de méritos; como si la policía o el ejército, que los tenían desde los años 1950, hubieran sido instituciones participativas. El desalojo y la destrucción de cualquier posible alternativa de democracia asociativa cuenta como uno más de los retrocesos del correísmo. Pero es solo uno entre todos aquellos avances democráticos que ahora se presentan ante los revolucionarios de ayer como la mayor prueba de radicalismo intransigente e infantil.

No le exijo al gobierno y sus seguidores más que el cumplimiento de las promesas democráticas con las que empezaron. El regreso del Estado no es suficiente cuando el Estado no es democrático, cuando no está sometido al control social cotidiano. Eso no se puede lograr sin organizaciones populares activas y convertidas en protagonistas. El correísmo no ha sido ni siquiera capaz de crear sus propias organizaciones porque la obsecuencia no produce militantes.

Para terminar, lo que tanto le preocupa a Orlando Pérez. Las alternativas electorales no están para nosotros a la orden del día. Ya vendrá el momento de enfrentar el tema; por el momento hay otras urgencias. Pero están claros los criterios generales para enfrentar las próximas elecciones: tratar de alcanzar una alianza social, democrática, y progresista desde el centro hacia la izquierda con candidatos que garanticen mantener algunas de las conquistas arrancadas al neoliberalismo. Pero que nos permita ir más allá de esas conquistas endebles, para fortalecer a los actores que luchan por más, por algo mejor, por una alternativa propia. Precisamente aquello que el correísmo ahora obstaculiza con tanto entusiasmo. Así, cualquier estrategia electoral futura no podrá hacer acuerdos con la derecha ni concesiones a un correísmo cada vez más alejado de sus orígenes y más degradado por el olvido, por sus propios sectores de poder y por la epidemia de pragmatismo de quienes se extraviaron sin regreso.