PENSAMIENTO DEMOCRATICO Y DEMOCRACIA EN EL PENSAMIENTO. Por Tomas Rodríguez león

La democracia es el proceso que garantiza que no seamos gobernados mejor de lo que nos merecemos.
George Bernard Shaw

En la perspectiva del pensamiento democrático dos factores deben ser considerados: el reconocimiento del otro y el fin del ejercicio de dominación.  Casi siempre el discurso del poder se maneja con ego-centrismo porque el otro es un elemento de utilidad y la dominación es una necesidad de control. En el mejor de los casos,  el otro de los gobernantes  es una conciencia moral,  una  buena conciencia, (socialdemocracia o pensamiento liberal),  pero gobernabilidad que no controla la dominación económica termina subordinándose a su poder.

El Otro para la democracia profunda ideal, o para la vida de las relaciones, es una cultura  que hace constar lo perceptible como cognoscible, ubicable en el espacio y en el  tiempo, para que exista independientemente fuera del Yo. Será necesario para el efecto, siempre asimilar que el otro es y será una persona y no un objeto de formas singulares o plurales. El populismo al ver la masa como auditorio silente termina considerándola como objeto.

Los líderes políticos en su mayoría son una carga insufrible para la libertad porque confunden ideal con deseo, (cuando hay respeto o afecto, hay ideal, cuando hay deseo solo existe posesión) contradicción y no coincidencia con la  causa común. Más aún,  la causa visible es su deseo. Causa justa podría ser un ámbito de sintonía entre mandantes y mandatarios que al gobernar sin dominación siembran un nuevo esquema de convivencia (democracia) ninguna democracia  existirá sin reconocer el pensamiento ajeno.

La multiplicación del poder, la distribución de las decisiones y, en último caso, también la multiplicación de líderes, podría evitar la centralización de caudillos perennes que instalan su panóptico para ver sin ser observados. (Quien no reconoce al otro, jamás se reconocerá como el otro y por ello se negará a ser observado) Para el caso, el Otro no solo que debe existir sino que debe ser convocado, extraído de la invisibilidad. El otro tendrá un lugar de significante (la falsa democracia puede que consienta la disidencia insignificante del otro)   su aceptación  como disidente  se recrea y objetiva en el mecanismo  del dialogo pues es la interlocución el único esquema tangible  para el reconocimiento de existencia y saberes. Si la disidencia es agresiva, el entorno democrático puede producir inmunidad para rechazarlos como cuerpo extraño, porque la sociedad democrática saludable genera desparasitación no violenta. La sociedad sueca tuvo un demócrata Olaf Palme  y un asesino que lo liquidó, el crimen no cambio la conducta social de Suecia y su democracia se fortaleció (Dicho sea de paso, en Suecia hay menos cárceles y menos hospitales, en Ecuador es lo contrario).

La violencia como acto de desconexión y anulación del otro, cuando nace del poder del Estado acumula opresión multiforme que suprime no simbólica sino realmente a los otros.  La confrontación deliberada como intento de eliminación de toda disidencia y  la interlocución negada como síntoma de ausencia, caracterizaran a los autoritarios en ejercicio.

El cuerpo social al igual que el cuerpo individual, ante tales eventualidades  o revienta o se subleva haciendo que el poder decaiga y en su caída sucumben los entredichos de verdades únicas enunciadas como monologo (Contradictoriamente uniforme pero amorfa). Todo régimen autoritario será un mal recuerdo y los pueblos con sana ingratitud olvidarán hasta lo bueno que hicieron. Por ello es urgente que los gobiernos que tienen una agenda social propositiva  e imaginarios de reforma, sean más democráticos, más tolerantes, menos confrontadores, más confiables, en definitiva, más sustentables.

Porque la democracia debe ser una funcionalidad y no una normatividad: la ley casi siempre se antepone a la conducta, la norma institucional con su burocracia  escatológica pervierte la convivencia. La democracia real instalará comportamientos diferentes-deferentes, convivencia de buenos tratos haciendo ciudadanía de gentiles, forjando un destino  feliz (un ministerio de la felicidad es una payasada que se mofa de los agredidos en una sociedad autoritaria). En el plano personal o social la democracia debe expresarse como respeto e igualdad que se antepone radicalmente al ejercicio de la violencia (violencia burocrática cargada de leyes que pesquisan). La democracia digna y fidedigna rivaliza con todas las formas de autoritarismo y no solo las que se enuncian políticamente, en tanto que el autoritarismo es miedo que se impone pero que también se siente.

¿Qué puede el poder autoritario sin el método del miedo? Nada. La angustia hará presa de su cuerpo irrespetado, y lo siniestro será pérdida de poder o poder actoral sin auditorio. Sucederá cuando el cansancio lo tome por asalto o los insumisos llenos de fatiga lo derroten, porque los patriarcas tienen su otoño y se asustan ante la inminencia de castración,  extravío del objeto que debería amarlo, ausencia de quien puede escucharlo, aplausos famélicos inaudibles. La amenaza mutilante de castración y la angustia  inherente que produce será resistido solo temporalmente con la advertencia panóptica o el recurso del terror, ya que el poder que pierde sustento se hace efímero y la libertad acecha preparando su tumba. Será entonces la resucitación de la función del Otro, rehabilitación del  sujeto con destino…siempre y cuando el salto sea hacia adelante.