EL POPULISMO EN LA IZQUIERDA. Por Atawallpa Oviedo Freire

04 Agosto 2015

Yo a diferencia de muchas personas, no creo que hay que convocar

diciendo “organicémonos para salvar el mundo”;

yo pienso que eso es una vieja discusión que hay que tratar.

Es autoconvocarse a hacerlo aquí y ahora, con los medios que tienen.

Silvia Rivera Cusicanqui

 

El joven militar Hugo Chávez Frías, inquieto con lo que sucedía en su país, funda en 1982 el Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR-200), guiado por el pensamiento de Simón Bolívar y con algunas ideas de Simón Rodríguez y de Ezequiel Zamora (“El árbol de las tres raíces”). Por ahí también existen influencias socialistas con algunos personajes de izquierda, pero su fundamento principal era el bolivarianismo, pues para Hugo Chávez el prototipo del luchador popular era el “libertador”. Personaje a quién se lo había idealizado y convertido en un referente para las futuras generaciones de libertarios, como de igual manera se había hecho con otros personajes históricos de diferentes corrientes y expresiones: Cristo, Marx, Gandhi, Che Guevara…

Con esa formación y con esas creencias llega al gobierno de Venezuela el comandante Hugo Chávez Frías, y se ve la necesidad de darle una orientación política y una salida concreta al país que quería enrumbar, pues el bolivarianismo no definía algo específico. Para ello convoca a varios personajes – principalmente internacionales – para que le ayuden a configurar su proyecto revolucionario y le den un rumbo de izquierda a su construcción. Entre esos personajes aparece Heinz Dietrich, quién logra convencerle al Comandante en dirigir el destino de Venezuela al “socialismo del siglo XXI”. Sin saber ni entender muy bien de lo que se trata, Hugo Chávez asume la tarea de construir en Venezuela y de difundirla para todo el mundo la nueva consigna inventada por su amigo mexicano-alemán.

Por ahí también aparece la comunista chilena Martha Harnecker, para de igual manera asesorar y darle más conocimientos y pautas de izquierda al comandante, pues en esencia era un militar con inquietudes sociales pero que nunca había sido parte de un partido de izquierda, ni tenía una militancia definida ni una formación concreta dentro del socialismo. Y así, aparecen o caen otros izquierdistas, de diferentes nociones y visiones para intentar construir ese socialismo del siglo XXI.

En su camino de Presidente se va empapando de la doctrina socialista y le va emparejando con el bolivarianismo para crear su “socialismo bolivariano”, es decir, el chavismo. En resumen, el espíritu mesiánico y paternalista de Hugo Chávez, decide rodear de ideas socialistas a su bolivarianismo y se lanza a construir ese socialismo del siglo XXI que, le sugiere su gran amigo, hay que construir.

Pero luego del fracaso de la “revolución bolivariana” y de la muerte de Chávez, el propio Dietrich critica al chavismo: “Bajo Chávez, la disidencia al líder significaba el ostracismo. Los que se atrevieron a protestar en las reuniones de gabinete se expusieron a la ira del comandante. Mi amigo Chávez creó toda una cultura política de sumisión dentro de la nomenclatura oficialista que perdura hasta hoy.” (perfil.com, 19-10-2013)

En otras palabras, el afán personalista de Hugo Chávez siempre estuvo presente, haciéndose lo que el caudillo mandaba y quería: así hasta el día de su muerte en que eligió a Maduro para que lo reemplazara. De nada sirvieron tantos asesores formados en la vieja guardia de la izquierda, pues quién tenía la última palabra era el Comandante, al punto que ahora Dietrich dice con respecto al socialismo del siglo XXI: “Ese modelo nunca se adoptó. El presidente no lo hizo y las fuerzas políticas como el Partido Comunista y los que se entienden como trotskistas están totalmente atrasados en su visión política del mundo.”

Esto que acabamos de relatar es para nosotros “populismo”: el acto en el cual un personaje carismático emerge en la política y asume la posición de salvador de los pobres. Se siente un predestinado para liberar a los oprimidos, quienes a su vez le deben obediencia ciega como asimismo rendirle culto a su personalidad ya que les está trayendo la liberación del yugo imperial y de la burguesía. No es alguien que llega al gobierno con una organización estructurada, con una ideología definida, con una trayectoria de lucha, en la cual se ha ido formando académica y emocionalmente, sino que simplemente aparece como un Robin Hood criollo que surge para hacer justicia a los pobres, y en el tránsito intenta darle un cuadro político definido.

Pero su fracaso es total, y que más bien conduce a un desprestigio de la izquierda en general y, concomitantemente, al remozamiento de una derecha rapaz y codiciosa que ahora arma sus estrategias para regresar al gobierno. Situación de la cual se aprovecha toda la derecha mundial para tomar a Venezuela como referente del descalabro que es el socialismo. Como ahora – a pretexto de las revoluciones frustradas de Correa y de Morales – hay una campaña orquestada contra la izquierda en general.

Hugo Chávez no fue capaz de organizar y movilizar a su pueblo, de generar una consciencia política clara y precisa, de construir un partido sólido, de tomar las medidas económicas y políticas adecuadas, en definitiva, de dirigir una revolución popular sino una simple revolución a su antojo y medida: chavismo. Ni siquiera fue capaz de constituir un grupo bien preparado, o un personaje interesante que tuviera las suficientes condiciones y características para continuar con su proyecto. Dice Dietrich: “En el momento de agudizarse su enfermedad, Chávez no había preparado a su sustituto. Ante la emergencia, confiaba más en Maduro que en Diosdado Cabello. Sabía que Maduro era muy limitado. Y también sabía que no había salvación de esa terrible enfermedad…”

Seguramente, el Comandante pensó que se quedaría en el poder muchos años y que él solito sería capaz de enrumbar a toda Venezuela al socialismo del siglo XXI. Nunca pensó que la muerte acabaría con él y a su vez con el bolivarianismo, que ahora se ahoga lentamente.

Algo similar sucede en Ecuador con Rafael Correa, posiblemente el hermano menor predilecto y mejor alumno de Hugo Chávez entre todos los presidentes que conforman la tendencia del socialismo del siglo XXI, y en la que se incluyen Evo Morales y Cristina Fernández.

El joven Rafael Correa formado en el liderazgo de los boy scouts e, influenciado por la doctrina social de la iglesia, decide hacer su apostolado como catequista en una comunidad indígena. Allí conoce la triste realidad en la que viven los pueblos ancestrales luego de la conquista española, y refuerza su sueño en los boy scouts de ser presidente del Ecuador para desde esa posición hacer el gran cambio que necesitan los pobres.

Para ello, entiende que debe formarse académicamente con excelencia para tener los conocimientos suficientes que le permitan acceder a la presidencia. No cree en las formas típicas de la izquierda, la lucha, la organización, la militancia, sino que simplemente debe hacer los estudios necesarios que le permitan tener un amplio curriculum vitae y que sea el soporte para llegar a la más alta dignidad del Ecuador. Se forma en Bélgica y en EEUU, donde obtiene varios títulos a nivel de posgrado y regresa al país a esperar la oportunidad de conquistar el sillón presidencial, teniendo como modelos y referentes a dichos países para llevar al Ecuador al desarrollo occidental.

Hace contacto con algunos personajes que habían militado y hecho un proceso en la izquierda y/o en la lucha contra el neoliberalismo. Le conoce a Eduardo Valencia, un economista que era parte del Foro Ecuador Alternativo, grupo que tenía cierto prestigio a nivel intelectual y académico, desde donde se va abriendo camino en su objetivo. Ahora, Valencia siente un “mea culpa” por haberle abierto las puertas del foro y que será la catapulta para que posteriormente llegue al palacio de Carondelet. En dicha organización conocerá a Alberto Acosta, quién se convertirá en su hermano mayor y en el puntal para su despegue.

Sus amigos de izquierda ven en él a un joven con una buena formación académica y con un carisma que llama la atención en la población. Para ellos cualidades suficientes para postularlo como candidato a la presidencia del Ecuador. No importaba que no tenga un pasado en las luchas populares, ni que se le conociera en su accionar dentro de los movimientos sociales, ni que se le haya visto en algún puesto de dirección social, nada. Lo importante era su carisma y su formación intelectual, en los cuales confiaban para que gane las elecciones. Para ello, le montan un proyecto político de izquierda, convocan a muchos partidos y movimientos sociales a que los apoyen en el proyecto de “revolución ciudadana” que acababa de crear la intelectualidad de izquierda. Sin creerlo seriamente en esa posibilidad le lanzan a la contienda electoral, pero para sorpresa de todo el mundo logra ganar las elecciones, gracias – principalmente – a los dotes carismáticos de la joven promesa y del cual sus amigos intelectuales esperan gobernar en conjunto.

En otras palabras, el joven Rafael Correa, al que nadie le conocía, que era tan solo un profesor universitario, que había pasado mucho tiempo fuera del país  y cuyos antecedentes en la vida política consistían en los pocos meses de su paso por el ministerio de finanzas,  de pronto aparece montado en el palacio de Carondelet, desde donde empieza su sueño de cambiar al país. Mientras muchos presidentes de izquierda de Latinoamérica llegaban a la presidencia de su país, ya sea desde la guerrilla, las luchas populares, la militancia consciente, Rafael Correa llegaba desde las ONGs – en donde había trabajado algunos años – al trono presidencial.

Empieza su gobierno “revolucionario”, sin saber que socialismo mismo debía construir, pues no estaba totalmente de acuerdo con el socialismo tradicional ni con el socialismo que sus compañeros de izquierda querían construir. Conoce a Hugo Chávez y su socialismo del siglo XXI y aparece de la noche a la mañana gritando: “hasta la victoria siempre carajo”. Luego conoce a Fidel Castro y se vuelve castrista…

Así va configurando su proyecto de salvación del Ecuador, en primera instancia rodeándose de la vieja guardia de izquierda: comunistas, socialistas, marxistas leninistas, alfaristas…, hasta que encuentra resistencia en ciertos grupos que tenían otras ideas de cómo seguir ese proceso, pero que no compaginaba con lo que él quería. Pero como él había ganado las elecciones y no ellos – según Rafael Correa –  decide quitarse de encima a todos y sus “agendas propias”, pues él tenía la suya propia y que le permitiría cumplir su sueño redentor.

No estaba dispuesto a hacer un gobierno de masas ni movimientos, sino empujar su propio proyecto y crear sus propias organizaciones, en contra de las tradicionales que le habían llevado a Carondelet, y que además le querían conllevar por sus viejas propuestas y acciones de lucha. Para él, todos ellos estaban demás y principalmente equivocados en sus proyecciones de país. Además de que él se bastaba y era suficiente, pues se había dado cuenta que ya no era él sino todo un pueblo.

Al igual que Hugo Chávez, Rafael Correa empieza la construcción de su liderazgo único -como le habrá recomendado el Comandante- y que implicará ir quitando del camino a todo aquel que no compagine con su proyecto personal de cambio, pues, como dirá posteriormente: en toda revolución hay contrarrevolucionarios, que él es el único revolucionario y todos los que se le oponen es porque no aman a la Patria. Van cayendo uno por uno, hasta que logra quedarse con los más obsecuentes o como diría una propia legisladora del correismo: los más “sumisos”.

La revolución ciudadana deja de ser un proyecto de un grupo de intelectuales izquierdistas y de ciertos partidos de izquierda, para convertirse en el ideal de una persona. Él, que lo sabe todo, mueve a sus sumisos y logra cooptar todas las funciones del Estado, quedando todos ellos a su servicio personal y de su sueño particular de país. Todo se hace o se deshace según la voluntad del gran líder Rafael Correa. Él es todo el proyecto y todo el proyecto es él. Tanto es así, que si se cae él, todo el proyecto también se cae, y en la que tampoco hay un grupo o un líder que pueda seguir el sueño del correismo.

Tampoco han hecho una revolución de abajo hacia arriba, no hay un pueblo organizado ni consciente, no hay un empoderamiento en organizaciones de base política y económica, no hay una organización partidista fuerte, ni movimientos sociales consolidados que hoy puedan defenderle cuando el pueblo se ha levantado en contra del maltrato y la prepotencia del mesías. La revolución ciudadana tambalea, ahora los correistas tienen miedo y todo el proyecto se muestra frágil. No sería raro que se caiga próximamente a través de más revueltas populares o que pierda en las próximas elecciones que se avecinan.

Así, el populismo, luego del gran respaldo que le diera el pueblo, ahora ese mismo pueblo le quiere tumbar. Y el populista creyendo que su carisma era suficiente para sostener a todo un pueblo y para darle haciendo su revolución.

De donde viene este fracaso? Del populismo. Ahí está la situación… Pero el populismo no solo está en estos caudillos citados anteriormente, sino en quienes los han promovido y acompañado. El señor Dietrich puede decir a este momento que no hay un lado populista en él, que creyó que simplemente la figura de un personaje podría crear una nueva sociedad. Y lo mismo podríamos preguntar a todos quienes le llevaron al poder a Correa, Morales, Fernández. Especialmente a todos los socialistas, comunistas, alfaristas…, que le siguen apoyando.

El populismo en la izquierda es algo muy acentuado, desde los guerrilleros que están dispuestos a entregar su vida por el pueblo (foquismo), hasta los políticos que hacen su misión de vida en el partido y al cual entregan todo su cuerpo como lo hacen los sacerdotes en la iglesia. Todos ellos quieren tomarse el poder para desde ahí construir su socialismo. Cada cual tiene una idea de socialismo, y cuando llegan a instancias de poder comienzan las fricciones entre ellos y se acusan de revisionistas o traidores.

Muy pocos quieren construir el “poder popular” pues implica mucho esfuerzo y dedicación, por lo que más fácil es tomarse el poder para supuestamente desde ahí crear la conciencia revolucionaria. Lo cierto es que hasta ahora no hay una sola experiencia mundial que haya logrado un cambio profundo, de arriba hacia abajo. Sin embargo hubiera sido posible, Rafael Correa tuvo todo el apoyo de casi todas las organizaciones de izquierda y movimientos sociales, además de una gran aceptación popular. Pudo haber sido el primer caso en el mundo en lograr un cambio desde el poder, pero para ello tenía que convertirse en un servidor del pueblo y no en su capataz, o como dicen los zapatistas: mandar obedeciendo, lo que para el ego de Correa es un insulto a su majestad presidencial.

De ahí, que nos parecen más consecuentes y creíbles, gente como el ex subcomandante Marcos – hoy comandante Galeano – y todo el movimiento zapatista, quienes se han salido del sistema para construir su propio país dentro de México. Todo aquel que esté dentro del sistema y que diga que desde ahí está luchando por cambiar el sistema, son bellas intenciones pero nada real, como nos dice la historia mundial. Creemos en aquellos que ya están viviendo el nuevo sistema, como los grupos y comunidades anti-sistema y contra-sistema, y que subsidiariamente hacen acciones políticas contestarías pero más que todo acciones de conciencia sobre un nuevo tipo de vida. “Es autoconvocarse a hacerlo aquí y ahora, con los medios que tienen”, como dice Silvia Rivera Cusicanqui.

Esos nos parecen más revolucionarios que los revolucionarios de aula o de fábrica, que a la final su vida personal se desenvuelve en el mismo establishment. Ni siquiera han cambiado sus formas de producción, de consumo, de alimentación, de curación, de vivienda… sino que solo quieren llegar al poder para desde ahí hacer su revolución popular a su medida e ideales.

Todo proyecto basado en la personificación de una figura – por más relevante que  haya sido – para los indianistas es populismo. De ahí que dicen: preferimos seguir a la naturaleza que no se equivoca, que a los seres humanos que tienden siempre a darse una y otra vez con la misma piedra.