EL GOBIERNO, LA MARCHA Y EL PARO DEL PUEBLO. Por Alfredo Espinosa Rodríguez

11 de Agosto 2015

La movilización de las organizaciones sociales no alineadas al Gobierno de Correa (FUT, CONAIE, ECUARUNARI), que partió desde Tundayme el pasado domingo 2 de agosto, representa un nuevo intento de estos sectores por visibilizar en las calles su rechazo a la política anti-obrera y clientelar de la Revolución Ciudadana.

Por ello, el correísmo levantó la teoría de un supuesto golpe blando que tendría como objetivo desestabilizar al régimen hasta conseguir la caída del Presidente y, por ende, el fin de su proyecto político que –vale aclarar- tiene como propósito perennizar a una persona en el Ejecutivo y a su séquito en la serie de cargos y puestos públicos del Estado. Es desde estos espacios donde varios intelectuales orgánicos del correísmo elaboran tanto los discursos como las teatralidades que luego de pasar por el censor mediático gubernamental, se posicionan ante la opinión pública (gracias al apoyo de los medios de comunicación públicos e incautados) bajo el slogan de un supuesto  “apoyo popular” al Gobierno de Correa.

Este proceso es únicamente posible cuando los movimientos y organizaciones sociales reconocen su incapacidad para representarse a sí mismos y – en consecuencia – aceptan beneplácitamente la autoridad del Presidente. Quienes lideran las jornadas de protesta desde los sectores sindical, obrero e indígena, no caminan por ese andarivel; por el contrario, su sola presencia en las calles es una afrenta para un régimen cuya existencia se nutre de la deslegitimación de los sujetos políticos que combatieron más de dos décadas de neoliberalismo, y que ahora se oponen al proceso de modernización del capital en el Ecuador.

Sin lugar a duda, en medio del trajín que viven los marchantes, la apropiación de la calle como un espacio de encuentro y re-encuentro de los sectores sociales no cooptados política e ideológicamente por el correísmo, sirve para entretejer nuevas formas de solidaridad y compañerismo. Es algo que las autoridades del Gobierno no lo quieren entender, mucho menos admitir públicamente, porque serían calificados como difamadores contumaces, ya que el discurso del oficialismo asocia sistemáticamente la violencia con los discursos y acciones de los indígenas, obreros y la clase media. Esto tiene como finalidad traer a la memoria histórica de la ciudadanía la figura de un 30S sobre dimensionado, donde el Presidente de la República es una supuesta víctima de un complot organizado entre la derecha y la mal llamada izquierda “infantil”.

No obstante, los movimientos y organizaciones sociales supieron posicionar ante la opinión pública que la violencia desplegada por el correísmo a través de su aparato jurídico policial, es mucho más letal que el cerrar una carretera, porque atenta contra los principios del Sumak Kawsay como alternativa frente a las ideologías del progreso y desarrollo capitalista.

Bajo estos parámetros, ¿qué tan sinceras son las intenciones de diálogo propuestas por el Gobierno y su Secretaría de Planificación? Hasta la fecha, los llamados al diálogo de la Senplades, así como las muestras de apoyo incondicional al Presidente Correa son elementos hiperbolizados, característicos de los rituales de legitimación y relegitimación de un régimen que busca desesperadamente visibilizar adhesiones y respaldos debido a su pérdida de credibilidad.

Las organizaciones sindicales, indígenas, de estudiantes y jubilados no tienen tiempo que perder. Este próximo 13 de agosto recuperarán en las calles la palabra  y la dignidad que les ha sido expropiada durante ocho años de correísmo, para demostrar una vez más que solo en unidad – a pesar de sus diferencias- son el sujeto histórico capaz de enfrentar la etapa post-neoliberal, neo-desarrollista y neo-extractivistas que vive el país.

Foto: Alejandra Santillana