DE LAS REDES SOCIALES AL RACISMO ESTRUCTURAL. Por Pablo José Iturralde

(Opinión)

18 de Agosto 2015

La virulencia de mensajes racistas en redes sociales es por ahora la manifestación más visible de las peores taras de nuestra sociedad, la mayor parte del tiempo naturalizadas, vividas en silencio y sin denuncia. Lamentablemente no estamos frente a un desliz y en este caso el correísmo no ayuda superar el racismo, al contrario, ha incorporado prejuicios coloniales a veces difíciles de reconocer, porque tienen la función de esconderse para librarse de la crítica y de esa manera convertirse en sentido común; por ejemplo, cuando el correísmo se “horroriza” de las protestas contra su Gobierno, y argumentan que si los indígenas se le oponen es porque simplemente “fueron manipulados”. Como si el movimiento indígena careciera de pensamiento y capacidad crítica propia, muestran desconocimiento de su historia, de su autonomía, de sus demandas; y en su lugar recurren a la descalificación que les permite mantener “intacta” su subjetividad.

Al parecer la militancia de Alianza País pretende resolver su propio dilema moral desconociendo las razones de El Otro. Con gritos han acuñado contrargumentos ya típicos: “tontos útiles” y “burros”; difunden información parcializada y muchas veces manipulada mediante sus medios de comunicación de estatus ya oligopólico; intentan centralizar la conducción de la educación pública; pagan cientos de millones de dólares en propaganda; y utilizan el aparato público para estatizar la hostilidad a la crítica y la disidencia. Comportándose igual o peor que los grandes medios de comunicación “mercantilistas”, la “Revolución Ciudadana” se ha vuelto parte de la hegemonía cultural excluyente y dominante de este país.

Así mismo el correísmo sufre de un tipo de sociocentrismo que no le permite entender los intereses y demandas de los menos favorecidos. Gritan con rabia a sus opositores populares “aquí hacemos lo que nosotros queremos y si no les gusta, ganen elecciones”. No entienden que si en Ecuador aún no se elige un presidente indígena, mujer, negro, campesino, empobrecido; no es porque hayan sido menos capaces o porque simplemente –como reza una de sus consignas– “nadie les cree” ¡No! La razón de que los menos privilegiados no se encuentren en el poder es consecuencia de una cultura dominantemente racista y clasista, que se suma al poder económico, al uso de la fuerza policiaca y militar.

Es difícil encontrar un problema de racismo que no encuentre un vínculo estrecho con un problema de clase, la enorme mayoría de la población indígena son también campesinos empobrecidos y trabajadores, por eso sería una omisión no decir que estos últimos insultos racistas están en función de la defensa de un proyecto político burgués: el cambio de la matriz productiva en manos de una burguesía con intereses de inversión nacional. ¿En serio espera el correísmo que las contradicciones generadas por la modernización capitalista ecuatoriana no provoque reacción de las clases populares? O probablemente esperan que los campesinos y clases trabajadoras se traguen sus intereses y deseos por un bien mayor: “la radicalización del proceso”, después de casi nueve años de Gobierno, le dicen a la gente que van a profundizar el proceso, después de que aprobaron varias medidas impopulares: reducciones de impuestos a grupos económicos, la firma de un Tratado de Libre Comercio con la Unión Europea, la judicialización de dirigentes sociales, la eliminación del libre ingreso a la universidad, la afectación de los derechos de comunidades sobre territorios petroleros o mineros, la Ley de Aguas que despoja a las juntas de agua de la gestión comunitaria y no permite la redistribución del líquido, etc.

En este país el racismo es rampante y está sostenido todavía por un proyecto de Estado-nación que se apalanca de los valores conservadores dominantes y fomenta nuevas formas de acuñarlo mediante mecanismos sutiles pero de una gran fuerza heredada por el colonialismo. Más allá de la institucionalidad formal (el Estado ecuatoriano es reconocido como plurinacional y multiétnico desde la Constitución de 1998 y luego en la Constitución del 2008), las formas menos o más racistas, siguen siendo racistas, y no se justifican porque hayan existido oligarcas peores que las actuales élites políticas.

Finalmente todo esto no es violencia solamente simbólica porque se traduce en políticas públicas no atendidas para los menos favorecidos, en el deterioro de sus condiciones de vida o en exclusión con represión, como en este caso, cuándo después del Levantamiento Indígena y Paro Nacional, se golpeó, detuvo y agredió a cientos de indígenas. De esta manera se perpetúa la gran deuda histórica con las nacionalidades y pueblos indios del Ecuador.