ECUADOR Y EL DIÁLOGO. Por María Eugenia Paz y Miño

El Ecuador es un Estado constitucional de derechos y justicia, social, democrático, soberano, independiente, unitario, intercultural, plurinacional y laico. (Artículo 1 de la Constitución)

En Ecuador el diálogo no se ha perdido solo por razones políticas, económicas y sociales sino por razones culturales. Hay un desconocimiento profundo de lo que implica la interculturalidad y más aún la plurinacionalidad. La educación formal del país hace que al otro y a los otros se los mida en términos de una sola visión del mundo, como si una sola forma de vida fuese la válida y las otras no. Este es un pensamiento colonial arraigado precisamente desde la conquista, que no ha sido entendido a cabalidad.

El factor cultural está abolido de las apreciaciones, de los análisis, de la resolución de los conflictos, lo cual es grave, pues la cultura es la que genera y explica los modos de ser políticos, económicos y sociales.

La cultura no es un estatus académico ni privilegio de unos pocos. No existe ningún pueblo en toda la madre Tierra que carezca de cultura. La cultura es intrínseca al ser humano, es lo que nos diferencia de nuestros hermanos animales, de nuestros hermanos árboles, de nuestras hermanas piedras. La cultura no es un pensamiento ni una costumbre; no es folclor ni arte, no es un espectáculo ni un grado de civilización.

La cultura es el conjunto de manifestaciones y representaciones que tiene un grupo humano específico. Tanto las manifestaciones como las representaciones tienen sentidos y significados también específicos, y están relacionadas con los aspectos históricos y medioambientales. Además, la cultura está en un constante estado de transformación. De ahí que la organización política, social y económica responda a un modo de ser cultural. No es lo mismo, en cuanto a sentidos y significados, un Estado que una comunidad, por ejemplo, o un sistema monetario que un sistema de trueque. Ninguno es mejor que el otro; simplemente son distintos.

El problema empieza cuando solo unos sentidos y significados son valorados, aceptados e incluso impuestos. Por poner un ejemplo: la concepción del tiempo en las culturas indígenas es muy distinto a la concepción del tiempo de la cultura occidental. En el mundo indígena el tiempo es circular, espiral y cíclico, mientras que en la cultura occidental el tiempo es lineal. Esta diferencia provoca malentendidos en el momento de las reuniones, de los diálogos.

Pero hay muchísimas diferencias: la concepción del agua –otro ejemplo– no es la misma en una y otra cultura. Para la cultura occidental el agua es un “recurso”, para las culturas indígenas americanas, el agua es parte integrante de la comunidad, pero no como elemento externo que se añade, sino como fundamento y también como hijo o hija a la cual se cría (de criar) y con el cual existe una relación establecida desde planos arquetípicos. De ahí que pueda acarrear conflictos el que se determine una autoridad del agua ajena a la comunidad y más aún si para esta autoridad el agua es entendida como simple recurso. En cierta forma, el concepto indígena trasciende lo ecológico.

Así, cada asunto humano tiene un sentido y significado particular que no es ni bueno ni malo, sino que se corresponde con vivencias concretas experimentadas y asumidas en un gran proceso de siglos.

En el caso ecuatoriano, este proceso sufrió cambios trascendentales a partir de la conquista española, porque no es que se produjo un “encuentro” de culturas, sino que, con la utilización de las armas, de los engaños y mentiras, de la explotación y la esclavitud, se impusieron sentidos y significados muy distintos. A la palabra hablada se le impuso la palabra escrita, a los ciclos de la luna, el sol, los astros, se le impuso el calendario gregoriano y el reloj mecánico, al concepto de relacionalidad se impuso el concepto de propiedad privada.

A todo nivel hubo una imposición que ni en los procesos de la independencia, ni en toda la república ha podido ser borrada. El colonialismo existe hasta la actualidad en todos los niveles. A esto se suma la división en clases sociales, la cual ha provocado todo tipo de divisiones. Así, se habla de una diversidad como fortaleza a nivel identitario, pero en la práctica, esa diversidad limita en lugar de liberar. Cada grupo se entiende solo a sí mismo y cree que tiene la verdad suprema. Pelucones, mestizos, indígenas, afro, blancos, cholos, montubios, gringos, culturas urbanas, campesinos, amas de casa, grupos Glbti, nacionalidades, colectivos, partidos políticos, agremiaciones, pueblos, comunidades y demás, se ven a sí mismos como ejes, como mejores, como detentores de la verdad, de la solución.

¿Qué diálogo puede haber?

A esto se suma la inserción del país en el contexto internacional, con grupos hegemónicos que quieren un solo orden mundial, y todo el aparataje de la ciencia y de la técnica que es utilizado para la moda, la farándula, la pornografía, el armamentismo. Un mundo caótico que adora el dinero, la fama, el confort, el gimnasio, la “buena mesa”, el “buen vino”. Una humanidad que tiene a su alcance las mayores tecnologías en manos de delincuentes que utilizan a la madre Tierra para sus abominaciones como son la guerra y la contaminación.

Y en Ecuador los pueblos que se educan con parámetros que provienen de una sola cultura: la occidental. Los graduados arquitectos no tienen ni idea de cómo se trabaja el adobe, el bareque, la caña guadua. Los médicos renombrados no saben ni el abc de las plantas. Los PhD más prestigiosos no tienen ni la más remota idea de lo que es la cultura ni les importa tampoco.

Entonces, ¿cuál es el resultado?

Miles de puestos de dirección con mestizos bien graduados pero que desconocen su propia historia, sus propias raíces y que están abocados solo a lo que dicen los gringos o los europeos y se enmarañan con foas, poas, y demás inventos de las ONG. Y aunque crean que están haciendo bien, se olvidan de que el Ecuador es un país diverso, en donde hay diversidad de sentidos y significados que también son válidos y que deben ser tomados en cuenta para que tenga valor la interculturalidad.

Si es que el primer artículo de la Constitución, en donde se habla de que el Estado ecuatoriano es intercultural y plurinacional, no es bien entendido, entonces, ¿qué se espera de los otros artículos?

Tratemos de solucionar primero lo primero.

La diversidad no implica interculturalidad. Ya sabemos que somos diversos y ¡qué lindo!, pero esto no puede ser utilizado solo para incrementar la industria del turismo, pues como toda industria, esta también contamina. ¿De qué sirve que en los feriados se pueda viajar a la Costa, a la Sierra, a la Amazonía o a Galápagos, si el balance que queda luego es la contaminación por basura o el incremento de los accidentes de tránsito? Los hermosos paisajes, la deliciosa comida, las mujeres lindas, los hombres bravos, son velos que esconden el racismo, la discriminación. El otro, el distinto queda solo como parte del paisaje. No hay un turismo intercultural, en donde se dé la posibilidad de conocernos, de hablar con el otro y los otros.

Incluso cuando vino el papa Francisco, quien ha hablado del “pecado ecológico”, el resultado en Quito, en el parque Bicentenario, fue justamente ese pecado: la basura contaminante que debió recogerse por camiones. Además, no ha habido un debate sobre lo que dijo este personaje con relación a “evangelizar”. ¿Qué significa? Porque con esa palabra se consolidó la conquista española. Así que deberíamos conversar sobre ello y también, otra vez, sobre el artículo 1 de la Constitución que dice que el Estado es “laico”. ¿Cómo entonces debemos tomar las palabras de Francisco?

Sin despejar estas dudas, ¿qué diálogo se puede entablar?

De otro lado está la marcha, el paro, los de la derecha, los de la izquierda, los del centro, los independientes, los escépticos, anarquistas, despistados, quemeimportistas…

¿De qué lado está usted? Yo al menos estoy del he-lado, y en eso estoy con el Cotopaxi, el mayor protagonista de todos los acontecimientos, el que nos dice: Oigan, paren un poco, aquí mando yo; yo soy el taita-mama, yo soy el que bramo, el que me duelo y me conduelo cuando quiero, el que lanzo fuego, el que me deshielo y me pongo del lado que me da la gana.

La interculturalidad empieza respetando al otro porque es diverso, porque es distinto. Respeto no es solo dejarle hablar, sino conocer que es distinto, que tiene otros sentidos y significados para tal y cual propuesta, para tal y cual solución, para tal y cual conflicto. La interculturalidad no solo es saber que existe la diversidad sino relacionarme con esa diversidad y acogerla.

No soy más que el otro ni tengo mejor verdad que el otro.

Los indígenas construyeron el centro histórico de Quito con sus manos y eso les costó sangre y muerte porque debieron incluso destruir sus propios edificios, sus viviendas y templos. ¿O se creen el cuento de que fueron los españoles los que destruyeron con sus manos? No. Obligaron a los indígenas a ocupar su mano de obra para hacerlo y con esas mismas manos construir las edificaciones que permanecen hasta la actualidad. Entonces, ¿por qué nos asombramos de que ahora saquen piedras del piso para protestar?

Nadie está de acuerdo con la destrucción del “espacio público”, del “patrimonio”, pero esos dos conceptos no son indígenas, vienen también de una cultura occidental. Así que incluso de eso podemos dialogar para ver si por ahí nos entendemos.

Se dirá que no eran indígenas, que eran mestizos los que sacaron las piedras, y esto tiene relación con la “identidad”: ¿qué significa ser mestizo?, ¿qué significa ser indígena?, ¿qué significa ser afro?, ¿blanco?, ¿cholo?, ¿montubio?, ¿extranjero? ¿Por qué el Ecuador está tan dividido?

Está dividido porque no hay un conocimiento del otro, porque el otro es siempre el enemigo, porque se acepta a ciegas los conceptos de “seguridad”, de “muros”, de “cemento” para ni ver al otro, para que nuestros hijitos e hijitas no se mezclen con los vecinos que quiénes también serán. Cómo vas a jugar con el longo ese, con el negro ese, con la chola de la esquina, con ese que ha de ser hippie, mariguanero, vele cómo se viste, vele pues al fiero mudo comedido ignorante, que ni escuela tiene, ese indio, ese rocoto que hasta piojoso ha de ser…

Mejor dale a la compu, al chat, al watsap, al feisbuk, al tuiter. Mejor conéctate con tu novia o novio virtual. Mejor enchúfate a la máquina de la producción, sé alguien; estudia para que seas como Rambo, para que no te hagan el buling y vos haz dieta para que seas como la Barbie y ponte tetas de plástico para que puedas llegar a ser dirigente, líder, y ponte esos tacazos que te dañan los ovarios pero te alzan la cola y ya sabes que una cola así conquista hasta a los Iluminati…

¿De qué diálogo estamos hablando si no ha habido diálogo desde hace más de quinientos años?, ¿acaso en las fiestas hay indígenas, hay negros, compartiendo? ¡No! los mestizos por su lado, los indígenas por otro, los negros por otro y cada cual con sus propias divisiones: platudos o chiros, de “buena” o “mala” familia, graduados en el exterior o de escuelas unidocentes. División tras división es la realidad de la diversidad en el Ecuador.

¿De qué vale ser mestizo y aprender solo lo de un lado, solo lo que supuestamente es más “desarrollado”, solo lo que es “progreso”? Porque hasta estas palabras son relativas e inventadas por quienes dominan el mundo para hacernos creer que debemos ser como ellos, cuando está demostrado que “ellos” han contaminado la madre Tierra, han colonizado, empobrecido y marginalizado a miles de pueblos. ¿De qué vale ser mestizo si se niega al indígena y al afro sus saberes o se los desconoce?, ¿si se niega lo cultural, indígena o negro, que nos conforma?, ¿si se desconoce o menosprecia las mitologías, los saberes, las tecnologías de lo indígena y afro que llevamos en la sangre? ¿De qué vale ser mestizo si el único afán es “ser alguien” lo más parecido al gringo, al europeo?

Sin despejar estas dudas e indagar en lo que significan e implican en el presente, ¿qué diálogo se puede entablar?

Hasta los sentidos y significados que damos a la marcha, al paro, a la erupción del Cotopaxi, son distintos para cada grupo social.

Es hora pues de empezar a conocernos, a saber los sentidos y significados que damos a cada vivencia, a cada hecho, a cada situación, para poder entendernos. Es hora de la cultura, de las culturas; de aprender a relacionarnos, a conversar. El diálogo solo puede darse si entendemos el espectro cultural del otro y ese otro entiende el nuestro. De lo contrario es un monólogo.

Habrá pues que dirigir todo el enfoque de las políticas públicas hacia la interculturalidad, lo cual implica, en el plano teórico, primero entender bien qué es la cultura; es decir, qué significado y sentido tienen las manifestaciones y las representaciones de los distintos grupos sociales que conforman lo que se llama Ecuador. Asimismo, habrá que poner de parte de manera individual, o sea, liberarse cada uno de prejuicios y poner en práctica la hermandad, la solidaridad. No ver al otro ni a los otros como menores de edad, como discapacitados mentales o ignorantes, sino verlos de manera equitativa con las mismas posibilidades de dar sentido y significado a la realidad, a la historia, a los sueños.

Y claro, tampoco crear divisiones a nivel intergeneracional, pues incluso esto se da: el irrespeto a las necesidades auténticas de niños, niñas, jóvenes, ancianos: que la primera edad, que la segunda edad, que la tercera edad… No hay interrelaciones.

Ser distintos no implica ser mejores o peores que el otro, ni es un pretexto para imponerle lo que se me antoje o para discriminar; es sencillamente un dato que nos vuelve hijos del mismo universo y hermanos del presente. Ya hasta la ciencia ha comprobado que somos una sola raza: la humana, y que en Ecuador todos tenemos de inga y de mandinga. Entonces: debe haber equidad, debe haber interculturalidad en la práctica. Hay que honrar a los ancestros, conocer que nadie es “puro”, que la mayoría de “mestizos” que existe en Ecuador, de acuerdo al último censo, se degrada si borra la memoria, la historia, el conocimiento de nuestros padres, de nuestras madres indígenas y afro. Entendido esto, habrá que enfocar el diálogo en esa línea; es decir: sentarme con el otro o los otros desde un mismo nivel de respeto, sabiendo que el otro y los otros son distintos, piensan y viven de forma distinta y que eso no es ni mejor ni peor, sino que debo conocerlos y entenderlos, pues solo así podrá ser posible un diálogo, porque solo así podremos vivir en paz, en armonía.