HUMANISMO TOTALITARIO Y REVOLUCION Tomás Rodríguez león

15 de Septiembre 2015

“Una vez que la libertad ha estallado en el corazón de los hombres, ya los dioses no podrán hacer nada contra el” J.P Sartre

La geografía política contemporánea se recicla entre el humanismo y el genocidio.  Reclamando la autoría de  una ética histórica,  elabora un discurso centrado en lo supuestamente humano que se vende al imaginario universal como versión verdadera y única de humanismo inescrutable; hasta demuestra bondad para su entorno o superlativas diferencias con el pasado o los otros. El humanismo nazi exhibía el estado de bienestar y la promesa milenaria al pueblo alemán, y así lo han hecho a su tiempo otras formas de humanismo socialista o liberal.

La teoría de la  supremacía racial  de los fascistas es fuerza e  intolerancia, pero no deja de ser “humanista”. En 1934 el primer código de bioética nace en la Alemania nazi y ya se plantea la prohibición de los experimentos médicos en seres humanos; el  problema es que para los nazis los seres humanos eran solo los de raza aria. El código de Núremberg tratará de corregir esta versión nacional  humanista tomando el concepto de antropología  de carácter integrada universal e incluyente. Sin embargo, los experimentos sobre seres humanos continuarán en los países pobres, a cargo de los países desarrollados.

Para legitimar el dominio sobre las masas, el liberalismo, el fascismo y el totalitarismo socialista intentaron expresiones humanistas ofertando el paraíso terrenal o pidiendo sacrificios apocalípticos para que el futuro llegue. “No importa el sacrificio de un hombre cuando está en juego el destino de la humanidad”. Poética frase del martirizado Julius Fucick que extrapolado  al mundo de las ideologías, se convierte en justificación del poder para sus crímenes.

El humanismo concebido como estructura histórica mesiánica, tiene que cimentarse con la fe y la esperanza terrena donde radica su dogma  humanus extremis que  arrebata a lo celestial cualquier intromisión teológica  en las tareas del hombre. Sin embargo no dejará de ser eclesiástica su versión  porque necesitará de un líder terrenal divinizado. No podrá así mismo, prescindir del pensamiento uniforme, como parte  y construcción del ideal humano, y no admitirá la disidencia individual, pues será obstáculo al destino manifiesto de lo plural que debe avanzar. En esta fase de uniformidad, nace el odio totalitario contra la libertad  porque…  ¿cómo controlar la libertad desobediente que se evade de la consigna uniforme?

Nueva libertad,  será en el liberalismo, la entelequia de una masa  gobernada  por nuevos métodos que dicen ser democráticos frente a  la imposición feudal, y esa nueva democracia con énfasis hominis se presenta institucionalizada en el  terror de Robespierre, que autodefinido como justicia intransigente querrá  garantizar la democracia de  la revolución, buen arquetipo de humanismo totalitario liberal. Los gobiernos liberales, aunque dicen que se oponen  al totalitarismo, lo ejercen aberrantemente  sobre todo en sus formas imperialistas.

En el caso del fascismo, la política militarista y la moral totalitaria nacional se expresan como: ley, orden y disciplina, ejes civilizatorios para una nueva humanidad donde los registros de control y dominación social son el aval y el consentimiento de las mayorías. La manipulación de las conciencias y  la represión, serán necesidades operativas. La condición de ser gobiernos asesinos es un valor añadido en la cultura totalitaria del humanismo fascista, característica extrema y clave pero no única.

La  deformación  del marxismo con el socialismo real llegó a tener coincidencias con  la triada fascista, diferenciándose en su esencia por la visión colectivista, la supresión de la burguesía y el internacionalismo como mecanismo de compensación al patrioterismo utilitario. Al divinizar en la práctica al estado (negando a Marx) el socialismo real no solo se alejó del marxismo, sino que consolidó otra versión de  humanismo totalitario que excomulgó a quienes  a nombre de la libertad recordaron la versión libertaria del comunismo marxista y anarquista.

Siempre el humanismo totalitario tomará al hombre como fin y a la libertad como algo por realizarse a largo plazo, en tanto el culto al futuro será su esencia (donde todo sacrificio será poco). Quien se decide a pensar por sí mismo es un disidente, un traidor. La última palabra donde el verbo se hace carne está en los que dirigen el proceso histórico; el  universo humano es el universo ordenado en la subjetividad controlada pedagógicamente por el poder.

La razón humana, la pureza de los principios y el honor – sobre todo el honor y la soberanía como nación – configuran el condumio para el tamizaje racionalista del humanismo totalitario que se traspoló al mundo del pensamiento académico donde mejor germinó el positivismo que sobredimensionó los avances científicos y tecnológicos para bien del sistema. El proyecto humanista en su afán prospectivo de la promesa paradisiaca y la construcción de la  economía totalitaria serán claves en la elaboración de la verdad  totalitaria. Todos los totalitarismos se construyeron sobre el positivismo cientificista y economicista, pidiendo a las masas aplausos o comprensión sacrificada porque lo bueno estará siempre por venir.

Cuando la ficción “revolucionaria” quiere cimentar la soberanía estatal, será emergente, casi urgente, una ideología oficial, una cosmovisión social global y globalizadora que será  impuesta de manera incondicional y coercitiva para la totalidad de la población. Se impone sobre todo a los potenciales disidentes, que siempre se situarán en el espectro de la  izquierda. Es una categoría innegable que quienes más han aportado mártires a la voracidad totalitaria, han sido los comunistas libres y los anarquistas. Hitler y los fascismos masacraron a millones de comunistas, Stalin privilegió  a los comunistas de izquierda seguidores de Trotski para liquidarlos, y los liberales no lo pensaron dos veces para aliarse con los fascistas para acallar a comunistas y anarquistas disidentes.

En contraposición al humanismo falso nacional estatista está el comunismo acrático, en su versión libertaria que pone al ser humano en la centralidad del universo, pero en dimensión apátrida  y libre, que a más de superar la sociedad estructurada en dominantes y dominados, llega a la fraternidad  mundial. Su ruta es poética y utópica, abomina la guerra  y reclama el amor en la más intensa de las formas, sin negar la ternura, detesta a los caudillos. Cree en la libertad colectiva e individual.

Recordemos: El humanismo totalitario  tiene en sus entrañas un conflicto: habla siempre a nombre de lo colectivo, de las masas, pero requiere siempre de un líder, de un caudillo iluminado que, individualista e omnipotente, dirige los destinos  del pensamiento hacia la historia. Que mal…