LA DEMOCRACIA AUTORITARIA DEL CORREISMO vs. LA DEMOCRACIA DINÁMICA DEL MOVIMIENTO POPULAR Por JORGE OVIEDO RUEDA

22 de Septiembre 2015

Construir una tercera fuerza es la mejor garantía de que la dinámica social que ha acumulado el movimiento indígena y los trabajadores ecuatorianos no sea utilizada por las dos fracciones políticas del poder. Alejandro Moreano

Este ensayo consta de tres partes:

  1. La democracia occidental
  2. La democracia en América Latina y
  3. La democracia autoritaria del correismo vs. la democracia dinámica del movimiento popular.

1.  LA DEMOCRACIA OCCIDENTAL

            Montañas de papel, miles de libros, millones de artículos, conferencias, seminarios, eventos se gastan y realizan a lo largo y ancho del mundo para defender la democracia que caracteriza a la sociedad humana.

Pero, ¿qué es la democracia?, ¿cuáles los elementos concretos que la definen?, ¿son posibles de llevar a la práctica las fórmulas que dicen definirla?, ¿puede haber armonía entre las normas que la reglamentan y la conducta de los actores que integran la sociedad?, ¿hay una democracia ideal y otra real?

En perspectiva histórica la democracia, tal cual la conocemos hoy, nace con la Revolución Francesa de 1789. Un nuevo modo de producción está surgiendo en esos momentos. La estructura económica comienza a organizarse alrededor del sistema fabril. El incentivo poderoso de la libre empresa hará crecer, at infinitum, la economía. La esencia revolucionaria de la nueva política se sostiene en la idea del Contrato Social roussoniano en el que se afirma que la fuente del derecho es el pueblo y no Dios. El poder de esta idea, desde entonces, transforma todos los aspectos de la organización social. La democracia griega, restringida al derecho de los esclavistas, pasa a ocupar un puesto en el museo de las antigüedades históricas, junto al “derecho divino” de los reyes feudales que había prevalecido por cerca de dos mil años. Durante el siglo XIX veremos crecer y desarrollarse este nuevo orden de cosas en el marco propicio de la libre competencia. Estamos hablando del poder del capital y de su civilización.

Pero se trata de un crecimiento desordenado, caótico, no reglamentado, cuyo hilo conductor se reduce, en lo económico, al lucro y, en lo político, al derecho del pueblo a ser consultado. Estos dos elementos son consubstanciales al nuevo régimen. La teoría clásica de la democracia considera, al segundo, la piedra angular de los derechos del ciudadano y, al primero, un aditamento indiscutible e imprescriptible del empresario libre, con lo cual se deja abierta la puerta para la reproducción y ampliación del capital. Así se conforma la nueva democracia: con la libertad del empresario para acumular sin límite y el derecho del ciudadano común a ser consultado.

Nunca antes se había inventado algo tan perfecto. Las monarquías antigua y feudal quedaban aplastadas bajo el peso de la razón republicana. El más zahorí de los filósofos idealistas de finales del siglo XIX, Jorge F. Hegel, hablaba del nuevo Estado como encarnación de Dios y, por ende, del fin de la Historia. De ahí en adelante, sólo era cuestión de ajustar los engranajes de tan perfecta maquinaria.

Los intereses de clase que sostienen este sistema no se han cansado de buscar la perfección. Han creado, inclusive, el espejismo de que es un proceso permanente en el cual, la intervención de todos los actores sociales, es un requisito sine qua non para alcanzarla, siempre y cuando cada actor social no se atreva a transgredir el sitio que le corresponde. Por eso, doscientos años después de su surgimiento, tenemos sociedades más o menos democráticas, dependiendo de que, además de los dos requisitos señalados, se cumplan algunas otras normas que se han ido añadiendo[i]. A estas alturas la sociedad humana vive en el marco de lo que llamaríamos las “democracias reales”.

 

¿Cuáles son y qué son las democracias reales?

Estados Unidos de Norteamérica, Inglaterra, Alemania, Francia, Italia, España, son las democracias más representativas de nuestro tiempo. Otro grupo de países como Suiza o los países nórdicos estilan una democracia que supone regímenes cuasi socialistas, pero que lo son más en la forma que en el contenido y están las democracias latinoamericanas que, en estas dos últimas décadas, han perfilado con autonomía su identidad democrática.

En todos ellos está vigente el “contrato social” roussoniano. Hay variaciones formales entre unos y otros que tienen que ver con el régimen de partidos, las formas de elección, la estructura jurídica, la participación de las minorías, inclusive la división del poder; pero son iguales: democráticos, libres, parte integrante y fuente de la civilización occidental. Todos ellos involucrados en un pacto implícito y explícito de defenderla hasta las últimas consecuencias. Uno de ellos, Estados Unidos de Norteamérica, desde comienzos del siglo XX se ha autoproclamado gendarme defensor de esta democracia. Ha acumulado una fuerza atómica “disuasiva”, dicen ellos, que nadie en el mundo puede atreverse a mirarles a los ojos.

La idea del “contrato social” roussoniano trae implícita una lógica circular difícil de romper: si yo elijo al gobierno que me ha de dirigir, debo estar contento con mi elección. Si no soy parte de la mayoría, tengo que aprender, porque las mayorías nunca se equivocan. Esa lógica obnubila los horizontes y las masas viven empantanadas en ella. La conclusión temeraria que de ella se desprende es que no hay nada mejor que el sistema democrático establecido. Como dice Bobbio, unas sociedades son más o menos democráticas según se acerquen o alejen de los parámetros que la definen[ii]. Si algo no encaja hay que considerarlo errado o inconveniente y hay que ignorarlo, combatirlo y, si se vuelve peligroso, eliminarlo. No importa si en las sociedades democráticas se cumplen unos y no se cumplen otros de los requisitos, si se ubican en ese marco, entonces son confiables. Hacia adelante, todas alcanzarán un nivel mayor de democracia. La exacta imagen de esta democracia es la de la carreta con la zanahoria por delante del asno.

Pero el hecho objetivo es que en ninguna de estas sociedades la gente común, el ciudadano, o mejor, las mayorías, son felices. Son sociedades marcadas por grandes diferencias económicas, principalmente.

Si quisiéramos medir objetivamente el grado de democracia en estas sociedades habría que añadir, a los parámetros establecidos por Bobbio, los siguientes: 1) índices de desempleo, 2) atención médica, 3) calidad de la educación, 4) alimentación adecuada, 5) concentración de la riqueza, 6) participación efectiva de los ciudadanos en las decisiones del poder político y 7) impacto ecológico del régimen de producción vigente.

No necesitamos ser expertos para comprender que esta suma de requisitos establecidos, ‘ni de lejos se cumplen en los países de la llamada “democracia occidental”, por lo que, la “democracia ideal” sólo existe en la cabeza de los demócratas. Lo que sí existe es una “democracia real” que viene fracasando sistemáticamente desde sus orígenes y que, a estas alturas, ha puesto al planeta al borde del abismo.

 

  1. LA DEMOCRACIA EN AMERICA LATINA

Los sistemas políticos en América Latina fueron clonados del viejo continente. Tres largos siglos de colonialismo directo crearon una estructura económica, política y social que condicionó su existencia después del proceso independentista. El ideal bolivariano de crear naciones modernas sustentadas en economías pro-capitalistas, fracasó ante el peso abrumador de los intereses terratenientes enraizados en la colonia. A excepción de los Estados Unidos, la colonia, en América Latina, se prolongó, prácticamente, durante todo el siglo XIX.

La Independencia creó los moldes formales de las nuevas naciones, nada más. Desde México hasta la Patagonia se promulgaron constituciones de élite, que favorecían a los sectores herederos del poder colonial e ignoraban a las grandes mayorías de indios, negros, cholos y mestizos, para las cuales nada cambió. Sobre la explotación pre-capitalista del campesino indio, básicamente, se fueron construyendo las naciones formalmente independientes, pero con fuertes raíces coloniales.

La insurgencia liberal, que comienza a extenderse en América Latina a partir de 1870, cambia parcialmente esta situación, pero no de raíz. Puede decirse que con el liberalismo se inicia el proceso de formación del Estado-nación en América Latina, pero no que surge, porque es un proceso que se muestra desigual en todo el continente. México, Argentina, Chile y Venezuela son una especie de vanguardia y otras zonas, como la región andina, se ubican a la retaguardia.

El Estado-nación, como concepto, no se refiere sólo a la delimitación territorial, ni a la institucionalización del Estado, ni a la implantación de la educación laica y la separación de la Iglesia del Estado, u otras conquistas típicamente liberales, sino al éxito o no en la implantación de las relaciones de producción capitalistas y la eliminación de los rezagos coloniales. En ese cambio medular, ningún Estado latinoamericano alcanza sus objetivos, por lo menos, hasta después de la segunda guerra mundial.

El liberalismo moderniza el Estado colonial en América Latina, cierto, pero comienza a hacerlo justo cuando la economía norteamericana está entrando en su fase de desarrollo monopólico. Esta circunstancia organiza, a nivel continental, el neocolonialismo. La democracia russoniana no sólo de forma, sino de contenido, comienza a nacer en América Latina condicionada por los intereses expansivos del capitalismo norteamericano, circunscrita, apenas, al derecho al voto de los ciudadanos. El marco de incultura dominante, de discriminación racial, de analfabetismo, de desempleo, desigualdad social, ignorancia generalizada, convertía a esa democracia en un sistema platónico en el que las élites estaban destinadas a gobernar, los militares a garantizar el orden y las masas a trabajar para sostenerlo. La democracia europea, o norteamericana, descrita por Bobbio en su obra, prácticamente no existía en América Latina, apenas, si acaso, un ligero retoño que se suponía debía crecer y fortalecerse.

Pero ¿cómo podía crecer y fortalecerse la democracia, si teníamos el techo del imperialismo norteamericano? Agustín Cueva las llamó “democracias restringidas”.[iii]

El análisis de “esas” democracias arroja un solo resultado: hegemonía económica norteamericana y docilidad política de los gobiernos locales al poder yanqui. Eso es lo que llamamos neocolonialismo.

En México, Brasil, Argentina se vivieron procesos nacionalistas, conducidos por el populismo, que elevaron el nivel de la democracia acercándola un poco más a los parámetros de Bobbio, pero sin llegar a estabilizarse en los niveles de la democracia europea o norteamericana, lo que logró distinguirlos del resto de países de la región. En ellos, paradójicamente, podemos ver una mayor injerencia de los intereses norteamericanos que ha hecho de la democracia un factor más de dependencia que no de independencia y libertad.

Dice Cueva que en nuestros países no será posible hablar de democracia plena mientras no conquistemos la plena soberanía.[iv] Un solo país lo hizo en el siglo XX, Cuba. Salvador Allende en Chile fue masacrado por la CIA imperialista cuando quiso ampliar la democracia formal para convertirla en una de contenido popular. La fuerza, la persuasión, el chantaje económico, la amenaza, la deuda externa han sido recursos utilizados por el poder norteamericano para conservar a América Latina como su patio trasero. La gesta cubana, con líderes como Fidel Castro y el Che Guevara, fue encapsulada por el imperio, cercándola comercialmente y atacándola a nivel mundial en cuanto foro era posible como la antítesis de la democracia occidental.

Desde la segunda guerra mundial esta democracia ha buscado desarrollarse y consolidarse, objetivos que se han logrado, sin duda, en tanto ningún otro país, después de Cuba, ha lanzado una estocada profunda contra su integridad. Un rebaño apacible, con dificultades lógicas, según dicen sus defensores, pero con mecanismos y recursos para superarlas. Cuando la calma se vio amenazada, no se tuvo reparos en recurrir al fascismo, como sucedió con los regímenes dictatoriales del cono sur, Pinochet incluido.

Pero esa calma estaba asentada sobre el magma del descontento popular en toda América Latina. Pese a la propaganda y los esfuerzos mediáticos generalizados por defenderla, no tenía respuestas concretas a las elementales exigencias de las masas. El fin del siglo traía consigo pronósticos apocalípticos. La caída del “socialismo real” le exigía soluciones más realistas al sistema democrático, que no se las veía venir por ningún lado. El propio sistema, estructuralmente, crujía por dentro.

La izquierda latinoamericana, después de la caída de la URSS, como que dejó de representar las aspiraciones de los pueblos. Perdió la fe en sus capacidades de liderazgo. Las masas quedaron inermes frente a la ofensiva del neoconservadurismo mundial. El mundo unipolar que había surgido después de la debacle socialista les negaba, con más fuerza, su derecho a ser protagonistas de la historia y les invitaba, cordialmente ahora, a ocupar su lugar de relleno, de complemento de la “perfecta democracia.”

Pero el nuevo milenio, antes de que termine su primera década, se verá sacudido por la más profunda crisis de la economía capitalista jamás conocida. Se trata (porque no ha pasado) de una crisis múltiple que afecta a todos los niveles del sistema, una crisis civilizatoria que va más allá de lo estrictamente económico. El poder mundial se vio obligado a auto inyectarse el suero revitalizador de unos cuantos miles de billones de dólares para salvar su vida. Al mundo le quedaba claro que, de aquí en adelante, el poder del capitalismo financiero inauguraría nuevas estrategias en la defensa de su democracia.

Surge, con el nuevo siglo en América Latina, una corriente de pensamiento que trae el novedoso membrete de Socialismo del siglo XXI. Dice haber asimilado los errores cometidos por el socialismo real del siglo XX y revitaliza las concepciones reformistas de la socialdemocracia mundial sosteniendo la novedosa y escalofriante consigna de que para hacer la revolución, hay que fortalecer el capitalismo. Es en ese marco conceptual que se inscribe, en el Ecuador, el proceso de la Revolución Ciudadana. Veamos.

 

  1. 3. LA DEMOCRACIA AUTORITARIA DEL CORREISMO vs. LA DEMOCRACIA DINAMICA DEL MOVIMIENTO POPULAR

            La democracia en el Ecuador fue entendida, desde los orígenes de la república, como el derecho que tenían los terratenientes criollos, herederos del poder político después de la independencia, a elegir y ser elegidos. Por mucho que se quiera barnizar esta verdad, escrita está en las constituciones anteriores a la de 1830 y en las posteriores, hasta la de 1861, en la que, bajo la égida de García Moreno, se elimina el requisito económico (derecho censatario, ser propietario o tener rentas) para poder elegir.

Habían pasado treinta y un años desde la fundación de la república. Los terratenientes forjaban un proyecto de nación excluyente, en el que indios, negros y mestizos eran vistos como un mal necesario para sostener sus privilegios. Si bien la Constitución garciana de 1861 eliminó lo económico como requisito para el derecho a la votación, estableció el de saber leer y escribir. Esta era una época en que la pobreza estaba asociada a la ignorancia por lo cual, en un porcentaje cercano al cien por ciento, la población siguió excluida de su derecho al voto. En la Carta Negra de 1869, el fanatismo católico de García Moreno impuso la profesión de fe católica como condición para el goce de los derechos de ciudadanía.

A los 40 años de vida republicana la fiesta de la democracia se daba sólo en los salones de la aristocracia criolla, con la bendición de la Iglesia católica, apostólica y romana. El requisito de ser católico para ser ciudadano no puede ser interpretado sólo como un rasgo del fanatismo de García Moreno, sino como la punta del iceberg del proyecto de nación que tenían los conservadores, una nación de democracia dócil, reclinada ante los santos y los amos.

Semejante proyecto estimuló la oposición liberal, que más que cuestionar la dominación, veía con espanto cómo los terratenientes aislaban al Ecuador del concierto internacional de naciones que avanzaba en el desarrollo capitalista. El Santo Católico cayó bajo el fulgor del machete liberal, pero no por eso la patria alcanzó su verdadera libertad. Con el liberalismo se moderniza la dominación junto a la democracia.

Una democracia más moderna, sí, pero ¿diferente de la que primó durante el siglo XIX? Nada en lo esencial, pocos cambios en lo formal. Las reformas liberales tienen peso sobre todo porque están encaminadas a limitar los privilegios de la iglesia, no por sentar cimientos sólidos para cambiar la base productiva del país. De manera desordenada va surgiendo un sector económico funcional a las necesidades de la modernización capitalista, pero no en detrimento de la actividad hacendaria tradicional, con la cual comienza a coexistir paralelamente. Esta “plutocracia” liberal, aliada con los terratenientes, truncó el proyecto alfarista de construir el Estado-nación. De ahí en adelante, el Estado oligárquico, como antítesis del Estado-nación, es su obra.

La democracia se adapta, entonces, a esta nueva realidad. Ahora ya no es propiedad de los conservadores, los liberales se han invitado por su cuenta y juntos aprenden a convivir. Tienen de por medio el negocio del Estado y la lucidez suficiente (instinto de clase) para permanecer unidos ante un nuevo protagonista social que va apareciendo, paulatinamente, en la medida que la nación se va modernizando.

Desde la aprobación de la constitución liberal de 1906 hasta la primera dictadura militar de 1963 prevalece esta nueva democracia -en medio de asonadas, trifulcas, golpes de Estado, “revoluciones” y otras hierbas- que nos da, a los ecuatorianos, la sensación de ser modernos e “iguales” a los países del mundo capitalista, o, por lo menos, de estar en vía de serlo. Esta modernización tenía que ver más con las élites gobernantes que con los intereses de los sectores populares, los mismos que siguieron viviendo en la miseria, la ignorancia y la injusticia social. Fue la democracia del espectáculo en cuya tarima se hacían aplaudir los personajes de la oligarquía por un pueblo al que le habían dado, como una dádiva, el derecho de elegirlos.

Esta democracia, que con parecidas características existía en toda América Latina, se ve amenazada por el triunfo de la Revolución Cubana en 1959. La rebeldía de un pueblo contra una feroz tiranía se convirtió en un hecho sin precedentes cuando, en 1962, los guerrilleros declararon el carácter socialista de la revolución. Un pueblo diminuto se atrevía a mirarle a los ojos al gigante del norte.

El poder norteamericano se vio obligado a sacudir sus viejos esquemas. Creyeron conveniente “modernizar” la agricultura y fomentar el desarrollo industrial, para lo cual era necesario esforzarse por mantener en el redil a los gobiernos latinoamericanos, porque, sin obediencia política, nada era posible. Ninguno se atrevió a desobedecer sus órdenes. La democracia yanqui se sacó la careta y, cuando no le funcionó la diplomacia, recurrió a la fuerza.

El poder norteamericano y sus aliados criollos habían comprendido rápidamente que, a ese nuevo protagonista, había que darle un tratamiento. La primera dictadura militar en el Ecuador neutralizó la protesta popular por medio de la fuerza, y una falsa reforma agraria y, al finalizar la misma, los sectores dominantes volvieron a recurrir al caudillismo velasquista para hacerlo. El triunfo de Velasco en 1968 así lo demuestra. Pero las veleidades del caudillo no hacían apropiado el ambiente político para la consumación de los intereses de la modernización capitalista, en un momento en que el Ecuador destapaba los pozos petroleros de la Amazonía. Una década de dictaduras militares mantuvieron controlado el ascenso de las masas que comenzaban a reclamar su participación efectiva y dinámica en la construcción de la nación.

Con una nueva constitución, aprobada en referéndum en 1979, el Ecuador “retorna a la democracia”. La aprobación de una ley de Partidos demuestra que las intenciones de los sectores dominantes eran modernizar la política, convirtiendo a la democracia en una nave estable conducida por entidades ideológicas fuertes, se decía, incluida la izquierda. Después de la muerte de Jaime Roldós, este proyecto se puso en marcha.

Los tambores del neoliberalismo anunciaban la superación del desarrollismo cepalino que, en las dos décadas precedentes, había cumplido su misión de cambiar la superficie para que el fondo siguiera igual. El neoliberalismo en América Latina, que tuvo su performance adelantada en la dictadura cruenta de Pinochet, se comienza a extender como una mancha de aceite por todo el continente. En el Ecuador, todos los gobiernos, a partir del de Oswaldo Hurtado, son más-menos neoliberales, incluido el de Rodrigo Borja. El neoliberalismo en el Ecuador orquesta, planificada y sistemáticamente, el marco económico, político y social, ya no para neutralizar la insurgencia popular que alcanza su punto más alto al comenzar la década de los noventa, con la irrupción del movimiento indígena, sino para encapsular la protesta en las normas de su democracia. “Nosotros también somos parte del Ecuador y no necesitamos invitación para participar. Aquí estamos y esta es nuestra propuesta”, fue el mensaje claro de los sectores populares, ahora representados en el Movimiento Indio. La democracia del espectáculo llegaba a su fin. Los sectores sociales que hasta aquí sólo habían estado dedicados a aplaudir a sus actores, reclamaban su derecho a participar en la fiesta.

Las fuerzas coaligadas de la derecha, el llamado centro incluido y, la seudo izquierda, terminaron conformando la “partidocracia”. Ese proceso culminó con la aprobación de la Constitución de Sangolquí (1998) en la que la oligarquía, de forma voraz y desesperada, abrió todos los grifos para privatizar la economía. En 1999 la partidocracia termina su obra con la movida maestra del feriado bancario. La rapacidad oligárquica desató una reacción violenta de las masas que sólo se pudo controlar, institucionalmente, permitiendo el surgimiento del populismo. Gobiernos como los de Bucaram y Gutiérrez fueron válvulas de escape a la presión popular.

En estas circunstancias no había nadie que planteara una alternativa política. La izquierda, que era la llamada a hacerlo, estaba subsumida en las versiones “más progresistas” del centro, sin capacidad, ni orgánica, ni política, ni de representación, para orientar la lucha popular, a la espera de que algo sucediera. Ese algo vino a ser la propuesta de Alianza País y el liderazgo de Rafael Correa.

La democracia autoriataria de Correa como instrumento de la “Restauración Conservadora”

Creo que el nuevo milenio no comienza realmente en el año dos mil, sino en el dos mil siete, cuando la crisis total del capitalismo financiero amenaza con hundir su civilización. Esta no es una crisis más, circunscrita a lo económico, como todas las anteriores. El barco del sistema ha comenzado a flotar con el agua por arriba de la línea normal de navegación. En su seno, este barco lleva la carga preciosa de la humanidad, con todos los recursos que necesita para su sobrevivencia. El poder mundial sigue pensando en soluciones que preserven sus privilegios, pero ante el peligro inminente del naufragio, las grandes masas desprotegidas presionan, desde abajo, para también salvarse. Esa presión interior condiciona la conducta de las minorías privilegiadas a nivel mundial.

En lo político, la democracia occidental, a comienzos del nuevo milenio, comienza a ser víctima de sus propios principios. Si no se permite la intervención de las grandes mayorías en los asuntos del Estado se corre el riesgo de vivir un cambio radical de la estructura del poder tradicional. La “democracia del espectáculo” quedó atrás, la “representativa” ya no era suficiente y, la “participativa”, es una farsa. Las necesidades históricas del sistema aconsejan que se suelte un nudo en la coyunda de las masas y estas entren en un proceso directo de participación democrática, siempre y cuando se cumplan dos requisitos: conservar el estado como instrumento ejecutor del proceso y, por medio de él, mantener el poder político.

En este escenario aparecen los llamados gobiernos “progresistas” de América Latina, adornados con la novedosa “teoría” del Socialismo del Siglo XXI y la espeluznante consigna de que, para hacer la revolución, hay que fortalecer el capitalismo.

Esta “teoría” calzaba perfectamente en las necesidades del capitalismo mundial, amenazado por el empuje radical de las masas urbanas y rurales de Europa, Norte América, América Latina, África, Medio Oriente. El movimiento de los “indignados” es el símbolo icónico de este proceso y las corrientes migratorias generalizadas en el mundo, su huella más trágica. China, en el vórtice, parece indicarnos un nuevo camino, ocultando, detrás de sus impresionantes índices de crecimiento, que el reacomodo del sistema pasa por la construcción de una nueva hegemonía mundial. El viejo imperialismo norteamericano encuentra nuevas formas de mimetismo, obligándose a ceder parte de su poder económico, pero conservando, e incrementando, su capacidad bélica, con lo cual garantiza conservar intactas sus estructuras.

El triunfo electoral de Hugo Chávez en 2002 inaugura el ciclo del “progresismo” en América Latina. En el 2006 triunfa Rafael Correa en el Ecuador. El alto grado de descomposición moral, la crisis económica y política, el desaliento generalizado de las masas, era un campo propicio para que floreciera la esperanza. Con un listado reivindicativo de cinco puntos, sin programa, sin partido, sin ideología, pero con cánticos de la mejor época de la rebeldía cubana y con un discurso secuestrado a la dirigencia revolucionaria de la izquierda universitaria, triunfó la llamada Revolución Ciudadana.

¿Qué había detrás de este triunfo? Simplemente la imperiosa necesidad del capitalismo corporativo mundial de revitalizar su democracia como mecanismo idóneo para la “restauración conservadora”.[v] A nivel local no se perciben las cosas de esa manera, si en la perspectiva de la dominación mundial.

A nivel local surgen como procesos espontáneos de reivindicación popular y como reacción a la descomposición generalizada de la sociedad. Un líder carismático se apropia del proceso, arrastra con él a la oposición en su más amplio abanico -que va desde la “izquierda racional” hasta el centro “progresista”- y, con un entusiasmo cuasi revolucionario, se enfrenta a la realidad del poder. Instalado en él se da cuenta de que, para aguantar la presión colosal del sistema mundial, se necesita algo más que sentimientos de conmiseración y pena por el pueblo, algo más que simple caridad cristiana, algo más que buenos sentimientos de Boy Scouth; se da cuenta de que se necesita ideología, valentía y convicciones revolucionarias. El plan de dominación mundial, que tiene que ver con garantizar la extracción de recursos naturales a nivel planetario, termina por tragarse a los seudo líderes que se conforman, entonces, con bajarle “revolucionariamente” un grado a la pobreza. Cuando eso sucede, de ahí en adelante, todo es una farsa. La sociedad maquillada sigue sosteniéndose sobre los mismos pilares de siempre. Para poder controlarla hoy, como nunca antes, se implementa, lo que definimos como una “democracia autoritaria”, instrumento de la cual es, precisamente, Rafael Correa Delgado.

El viejo imperialismo sabía, a ciencia cierta -después de la Segunda Guerra Mundial-, que la democracia, para sobrevivir, tenía que hacerse cada vez más autoritaria. La intervención directa, practicada a comienzos del siglo, había agotado sus posibilidades en Granada y, el apoyo a regímenes dictatoriales como el de Pinochet, primero y, después, a las dictaduras del Cono Sur, hacía crecer una poderosa corriente condenatoria a sus prácticas imperialistas. Necesitaban restaurar su imagen, cubrirla de un nuevo aire.

Así como a nivel local la “teoría” del Socialismo del Siglo XXI le vino como anillo al dedo a las necesidades de la modernización capitalista, a nivel internacional el capitalismo corporativo mundial encontró, en los gobiernos “progresistas” que la sostenían, la panacea apropiada a las necesidades de la “restauración conservadora”. Esto no es sino una muestra de cómo el entusiasmo reformista del escultismo continental y la ingenuidad revolucionaria -que sabe lo que dice, pero ignora en lo que se mete-, puede ser utilizada para reforzar la dominación imperialista o para comprobar cuan verdadero es el refrán popular de que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones.

La democracia dinámica como alternativa

Ñucanchic Socialismo, nuestro socialismo, es un movimiento político que ha tomado distancia de la izquierda reformista en el Ecuador, del estalinismo, de esa izquierda inconsciente que cree en la lucha armada como solución inmediata y de todos aquellos que no comprenden que, en este cambio de época, se impone la necesidad de nuevos planteamientos. La valentía del revolucionario, hoy por hoy, consiste en librar una batalla teórica frontal contra los errores del pasado socialista y contra la ofensiva neoliberal, dos frentes que exigen valor y autenticidad intelectual.

Lo nuevo en la izquierda no es la lucha coyuntural, inmediatista, las tácticas más o menos novedosas para tumbar un gobierno burgués que a duras penas cumple con las normas de la democracia russoniana. Es la hora de los planteamientos estratégicos, de largo alcance, que columbren un futuro diferente para la humanidad y para nuestro pueblo como parte de ella. La política como arte y como ciencia, hoy se encuentra condicionada por la amenaza real del fin de la civilización burguesa. La política que no toma en cuenta este particular es una política ciega e inútil que en nada contribuye al parto de una nueva vida.

Las nuevas ideas surgen de enriquecer lo mejor del pensamiento revolucionario de occidente con el espíritu de vida que tiene el pensamiento ancestral americano y, para nosotros, ecuatorianos, el pensamiento andino. Ese nuevo enfoque integral de los problemas de la sociedad actual nos tiene que marcar la ruta hacia una nueva civilización, caracterizada por el trabajo creador y el equilibrio en la distribución de la riqueza social.[vi]

En lo que a la democracia se refiere, Ñucanchic Socialismo cree que la democracia burguesa ha agotado todas sus posibilidades. Es inútil seguir dando la vuelta a la noria y absurdo seguir ilusionados tras a zanahoria que va delante de nuestras narices. Ñucanchic Socialismo, nuestro socialismo, toma también distancia de aquellos sectores intelectuales “progresistas” que creen que la democracia burguesa puede ser mejorada, ajustada o calibrada, en dependencia del grado de sinceridad de quienes están en el poder, que creen que una mejor democracia es sólo una cuestión de “estilo”. Ese es un discurso falso en el cual se mueven, desde la “izquierda racional”, hasta el centro progresista, incluida, por supuesto, la más recalcitrante derecha. Para Ñucanchic Socialismo, la democracia está directamente relacionada con la participación de las masas en el poder político y, por ende, en las decisiones del Estado, requisito que, estructuralmente, es imposible de cumplir en la democracia russoniana.

El último acto de la democracia burguesa será, precisamente, permitir, por ley, la participación de las masas organizadas en la disputa electoral, representadas por una vanguardia político-espiritual que, luchando junto a ellas, sintetice sus aspiraciones. Ñucanchic Socialismo, nuestro socialismo, se está construyendo como esa vanguardia, no de forma clandestina, sino abierta, prevalido del derecho que la democracia burguesa le da. Para nuestro socialismo una democracia dinámica significa la movilización permanente de las masas, antes para alcanzar el poder y, después, para construir la nueva sociedad.

Una movilización permanente de las masas en el marco de la democracia burguesa significa que, desde lo local hasta lo nacional, las masas se deben movilizar para luchar por sus derechos. No por delegación, sino por participación, se deben hacer realidad las aspiraciones del pueblo. Esto crea un liderazgo colectivo y entierra el caudillismo. Si cae un líder (por debilidad ideológica, por agotamiento, en fin, por obra del enemigo), otro que sabe tanto como el caído, toma su lugar; igual si sucede a nivel cantonal, provincial, regional o nacional. La marcha no se detiene nunca. [vii]

Para impedir un proceso de esta naturaleza, el poder constituido (burgués), tendría que hacer uso de la fuerza e imponer una dictadura, lo que legitimaría, de inmediato, la insurrección popular. Una insurrección generalizada de las masas en todo el territorio nacional pondría fin a una dictadura en un mínimo de tiempo.

Lo que puede garantizar el éxito de un proceso de estas características es la existencia de una vanguardia político-espiritual, forjada en lo mejor de la teoría revolucionaria de occidente enriquecida por el pensamiento ancestral, en el aprendizaje atento de los errores cometidos en las experiencias del socialismo del siglo XX a nivel mundial y latinoamericano y en la superación teórica del mal llamado “socialismo del siglo XXI.” Hay que desenmascarar su concepción de que para hacer la revolución hay que desarrollar más el capitalismo.

Otra teoría es necesaria para crear otro tipo de civilización. Nada podremos cambiar si seguimos adornando, con renovadas lentejuelas, las viejas teorías. El reto más importante que nos toca afrontar a los revolucionarios del nuevo milenio, es estar preparados, teórica e ideológicamente, para adentrarnos con paso firme en la nueva época que está naciendo.

 

      

 

 

 

 

 

NOTAS        

 

[i] Norberto Bobbio identifica seis reglas que considera referentes de la democracia. Si una sociedad se acerca a ellas es más democrática, dice, si se aleja, es menos. No incluye el derecho del empresario al lucro indefinido, considerándolo natural, con lo cual ignora la bomba de tiempo destructora que, en su seno, trae “esa” democracia. Véase: Bobbio, Norberto: El futuro de la democracia, FCE, México, D.F. 1986.

[ii] Esas condiciones son: 1) el derecho a elegir, 2) todos somos un voto, 3) poder elegir entre varios candidatos, 4) igual, elegir entre distintas propuestas programáticas, 5) aceptar los resultados y 6) respetar los derechos de las minorías.

[iii] Véase: Cueva, Agustín: Las democracias restringidas en América Latina. Elementos para una reflexión crítica, Quito, Editorial Planeta-Letraviva, 1988.

[iv] Cueva, Agustín: Vigencia y urgencia del “Che” en la era del neoconservadurismo, Ponencia, Buenos Aires, 1988.

[v] En una interpretación, más técnica que política, Pablo Dávalos sostiene que Alianza País surge cuando se ha agotado el neoliberalismo del Consenso de Washington y está surgiendo el neoliberalismo en la versión del Banco Mundial. Véase: Dávalos, Pablo: Alianza País o la reinversión del poder. Ediciones Desde Abajo, Bogotá, 2014, pg. 35 y ss.

[vi] Véase: Oviedo Rueda, Jorge: Del Estado, la izquierda y la revolución en el Ecuador, Edit. Letramía, Quito, 2015.

[vii] Las marchas convocadas por la CONAIE y el movimiento popular en agosto de este año y las anunciadas para los próximos días, se inscriben en la concepción de la “democracia dinámica” propuesta por Ñucanchic Socialismo. El anuncio de que se quiere derrocar a Correa es una tesis infiltrada por la derecha en el seno de las protestas populares. El régimen tiene pavor de las movilizaciones porque sabe que en ella se forjan los líderes del movimiento popular, se ajusta la plataforma de lucha y se preparan los planteamientos programáticos para el futuro. Ñucanchic Socialismo se inscribe en esta dinámica.