EL ORDEN DEL DISCURSO DEL PODER: UN DIÁLOGO SOBRE EL DISCURSO DE ÁLVARO GARCÍA LINERA EN LA ELAP. Por Napoleón Saltos Galarza

Álvaro Garcia Linera

02 de octubre de 2015

Más que tomar la palabra, hubiera preferido verme envuelto por ella y transportado más allá de todo posible inicio. Me hubiera gustado darme cuenta de que en el momento de ponerme a hablar ya me precedía una voz sin nombre desde hacía mucho tiempo: me habría bastado entonces con encadenar, proseguir la frase, introducirme sin ser advertido en sus intersticios, como si ella me hubiera hecho señas quedándose, un momento, interrumpida. No habría habido por tanto inicio; y en lugar de ser aquel de quien procede el discurso, yo sería más bien una pequeña laguna en el azar de su desarrollo, el punto de su desaparición posible.  (Foucault, 1992)

Al escucharle a Álvaro García Linera me hubiera gustado “verme envuelto por la palabra y transportado más allá de todo posible inicio”. Y sin embargo me siento lanzado al vacío, empujado a la necesidad de restablecer el discurso interrumpido por un poder externo.

El discurso del poder interrumpe la circulación de la palabra, se coloca como el nuevo punto de inicio a partir de silenciar al otro. El primer recurso es descalificar al otro, o mejor sobreadjetivar al mensajero; y entonces ya no importa lo que diga. No es la palabra la que habla, desde el poder se impone el silencio del otro o más bien la mudez del otro. El vocero del poder es el nuevo centro de la verdad.

La izquierda de cafetín

“Permítanme aquí criticar a esta izquierda de cafetín, izquierda deslactosada. Es una izquierda perfumada que observa el fragor de los procesos desde el balcón de un café o desde la televisión, una izquierda bien remunerada, es una izquierda que se horroriza del lenguaje guerrero y del olor de la plebe en las calles, le incomoda el estruendo de la batalla y el desorden de una democracia de barricada. Es una izquierda que degusta su café descafeinado, que critica a los gobiernos progresistas que no han construido en una semana el comunismo. Que aprovechando el descanso de su fitness matinal nos critican que no hayamos acabado de una buena vez con el mercado mundial. Y en seminarios donde rinden cuenta de sus financiamientos externos que garantizan su buena vida denuncian a los gobiernos progresistas por no haber instalado instantáneamente y por decreto el Buen Vivir. A estos caballeros, a estas señoritas, la verdadera lucha de clases plebeya e indígena les resulta incomprensible, la única revolución que conocen es la que han visto resumida en History Channel, y por ello la multiforme, a veces desorganizada, lucha plebeya real por el poder, les resulta totalitaria, tiránica, autoritaria. Son pues los radicales de palabra, y timoratos de espíritu. Son los arrepentidos cómplices del pasado neoliberal, devenidos de manera sorpresiva hoy en ultras radicales, profetas del inminente fracaso de los procesos revolucionarios, portadores de teorías deslactosadas, no tienen ninguna medida concreta, ninguna propuesta práctica enraizada en el movimiento social que pueda hacer avanzar los procesos revolucionarios. Son por tanto los mediocres corifeos internos de la nueva ofensiva imperial que buscan desestabilizar a los procesos y gobiernos progresistas. Su pseudo radicalismo abstracto e inoperante no apuntala ninguna movilización ni refuerza la acción colectiva de los sectores populares, campesinos obreros o indígenas. Eso sí, su discurso aglutina el conservadurismo y el racismo de sectores acomodados, que bajo el camuflaje de un discurso pseudo izquierdista o pseudo ambientalista buscan desprestigiar los procesos revolucionarios. Al no impulsar la movilización autónoma de las clases subalternas, ni ser alternativa de poder real, estos pseudo radicales trabajan para los restauradores del neoliberalismo. Son los ideólogos del fin del relato del progresismo latinoamericano.” (García Linera, 2015)

En 360 palabras 25 adjetivaciones despreciativas del otro: izquierda de cafetín, pseudoizquierdistas, pseudoambientalistas, descafeinados, financiados por poderes externos, ultraradicales, mediocres, conservadores, racistas, …

El viejo discurso del poder colonial empezaba por allí, quitarle la palabra al otro, sobre todo al indio: “taiticu”. La primera discusión teológica de la conquista fue saber si los indios conquistados tenían alma. Y con ello, la mudez. Luego ya no queda nada sobre la palabra.

Un segundo dispositivo del discurso del poder es el cortocircuito entre lo concreto y lo abstracto, o mejor el vaciamiento de la complejidad de lo concreto en la abstracción. Como decía el viejo Marx: “En la frase general, la libertad; en el comentario adicional, la anulación de la libertad. Por tanto, mientras se respetase el nombre de la libertad y sólo se impidiese su aplicación real y efectiva -por la vía legal se entiende-, la existencia constitucional de la libertad permanecía íntegra, intacta, por mucho que se asesinase su existencia común y corriente.” (Marx, 1967)

Una nueva dicotomía: esa izquierda de cafetín se enfrenta, no al gobierno concreto de Evo Morales de la República Plurinacional de Bolivia, de Rafael Correa de Alianza País, sino a “la acción colectiva de los sectores populares, campesinos obreros o indígenas”. La dicotomía entre la izquierda de cafetín y “la verdadera lucha de clases plebeya e indígena”.

El escenario binario amigo-enemigo. Pero el enemigo no son ya el imperialismo, las transnacionales, las burguesías compradoras. El peligro acecha desde la izquierda ultraradical.

Con ello el poder ya puede “darle hablando” al otro: la izquierda de cafetín “critica a los gobiernos progresistas que no han construido en una semana el comunismo, (…) denuncian a los gobiernos progresistas por no haber instalado instantáneamente y por decreto el Buen Vivir.”

Quizás allí está el centro del argumento. Tal vez allí podemos rebasar el empozamiento de la palabra en el monólogo del poder, restablecer la circulación de la palabra.

La discrepancia central está en la visión de un tiempo absoluto, gradual, por etapas. ¿Cómo pueden reclamar los pseudoizquierdistas que en una semana los gobiernos progresistas no haya construido el comunismo? ¿Cómo pueden reclamar, si estamos en un tiempo gradual democrático, en que “la multiforme, a veces desorganizada, lucha plebeya real por el poder, les resulta totalitaria, tiránica, autoritaria”?

La utopía teleológica aparece como el argumento para anular el poder mesiánico del presente-ahora (Benjamin, 2005), el sentido profundo de un tiempo de transición, marcado por la emergencia difícil de lo nuevo, que aún no termina de nacer, pero ya está allí.

El problema que no ha podido resolver todavía ningún proceso revolucionario es el de la democracia. Por un tiempo salta el tiempo nuevo en las comunas, en los soviets, en los CDR, pero pronto vuelve el control del aparato de Estado; la flecha del tiempo se modifica desde la orientación autoritarismo-democracia a la orientación democracia-autoritarismo, nuevas formas de violencia, de violencia hacia abajo. Se empoza la palabra y se empoza el tiempo histórico en ciclos que “retornan” bajo nuevas formas.

Al oírle a Álvaro García Linera hubiera preferido verme envuelto por la palabra; pero me siento angustiado, porque siento una nueva violencia, o más bien la antigua violencia contra los cualquiera de abajo, ahora en la voz de un proyecto que se proclama diferente, doble distancia. Y la angustia se acentúa cuando los aplausos ensordecedores de la platea terminan por anular cualquier palabra del otro, apenas queda el ruido, en ambos lados.

Hubiera preferido.

 

Citas

Benjamin, W. (2005). Tesis sobre la historia y otros fragmentos. (B. Echeverría, Ed., & B. Echeverría, Trad.) México: Contrahistorias.

Foucault, M. (1992). El orden del discurso. (A. González, Trad.) Buenos Aires: Tusquets Editores.

García Linera, Á. (29 de Septiembre de 2015). Contra el pseudoizquierdismo de cafetín. Recuperado el 1 de Octubre de 2015, de https://www.youtube.com/watch?t=94&v=DeZ7xtBJT8U

Marx, C. (1967). El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Moscú: Progreso.