PROGRESISMO, ACUMULACIÓN Y CORRUPCIÓN. Por Por Juan Cuvi

11 de Octubre 2015

Acumulación. Esta es la palabrita que los devotos y sumisos seguidores del progresismo latinoamericano parecen haber olvidado. O al menos expulsado de su léxico. Seguramente porque les obliga a enfrentarse con los demonios de la realidad, algo que, se nota, no tienen ninguna gana de hacer. Más cómodas resultan la retórica y la publicidad.

La acumulación es la esencia, el leit-motiv, el alma, la razón de ser del capitalismo. Como categoría económica fue desarrollada mucho antes de que Marx le revirtiera su sentido. Según él, el amontonamiento de riqueza (porque eso es la acumulación) no era la base de la prosperidad y felicidad de la sociedad, como sostenían los economistas clásicos, sino la causa del empobrecimiento progresivo de los trabajadores. Porque ese proceso no se basa en la producción sino en la explotación del trabajo. Y luchar contra la explotación implica, entre otros puntos, ponerle fin a la acumulación de riqueza.

En política, analizar la acumulación es fundamental porque nos permite entender –o descubrir– de qué manera está operando el sistema. Es decir, nos permite saber a quiénes benefician las decisiones públicas y bajo qué lógicas estos beneficiarios se apropian de la riqueza colectiva.

A lo largo de la historia, el proceso de acumulación ha adoptado innumerables modalidades: el saqueo, la piratería, la usurpación, la conquista, la  persuasión, la manipulación, la ilegalidad, la corrupción, las desposesión, etc. No todas estas modalidades han alcanzado los mismos niveles de violencia y  crueldad; pero todas, indistintamente, se han caracterizado por su insensibilidad con el género humano. El capitalismo crece o perece, de modo que no puede tener contemplaciones con los sacrificados que deja a su paso.

Por eso, hablar de la lucha contra el capitalismo, sin ponerle el ojo a la acumulación, es como hablar de los derechos de los adolescentes sin mencionar la sexualidad. Implica irse por las ramas, sacarle el cuerpo al asunto, actuar con gazmoñería. Tal como sucedió con los asistentes al último encuentro progresista realizado en Quito: ni una sola alusión al modelo de acumulación que están implementando los autodenominados gobiernos progresistas de la región. Ni una sola referencia a los nuevos ricos que brotan a la sombra de los compadrazgos oficiales, ni a la transnacionalización de la economía, ni a la insólita concentración de la riqueza ocurrida durante los últimos años. Bastó con despotricar contra un abstracto imperialismo para desentenderse de los gigantescos negocios –esos sí concretos, contantes y sonantes– que se dan en nuestros lares, bien disimulados tras una impúdica verborrea de izquierda. Pero sobre todo se desvió la mirada de una de las modalidades más perversas, eficientes y paradigmáticas de la acumulación capitalista: la corrupción (y esto sin referirnos a la otra modalidad de acumulación que se ha puesto de moda: el narcotráfico).

Que esta lacra haya invadido la política latinoamericana no constituye ninguna novedad. Lo novedoso es que suceda en regímenes que se dicen de izquierda. Porque uno de los principios más apreciados de la izquierda ha sido la lucha contra la corrupción, justamente porque la considera un pilar del sistema capitalista, tan injusta y devastadora como la expoliación, el atraco o la apropiación ilegal de los bienes colectivos. La corrupción, sobre todo en nuestras tierras, ha sido consubstancial al capitalismo.

Pero algunos gobiernos progresistas han resultado ser más corruptos que los gobiernos oligárquicos, por la sencilla razón de que tienen que llenar dos sacos: el de la codicia y el de la carencia. Lamentable. Apremiados por el deseo y las hambres atrasadas, vemos a ejércitos de funcionarios públicos haciendo dinero rápido. En medio de la prodigalidad y el despilfarro que nos facilitó el nuevo boom de los commodities, han propiciado un proceso de acumulación y concentración de la riqueza nunca antes visto en la región. De ello sacan alguna tajada estos tecnocráticos ratones de panadería, pero sobre todo benefician a los viejos grupos monopólicos, hoy convertidos en jugadores de las grandes ligas de la economía global. Y de paso refuerzan la vieja utopía arribista de llegar a ser, ellos también, grandes empresarios capitalistas. En el Ecuador, la anunciada privatización de bienes públicos será su gran oportunidad.

Octubre 11, 2015