CIERTO ES, RENÉ TIENE RAZÓN… Por Jorge Oviedo Rueda

30 de Octubre 2015

René Ramírez Gallegos, Secretario Nacional de Educación Superior, Ciencia y Tecnología, no sé si PhD, pero con algunos posgrados a su haber, varios libros publicados y otras muchas hierbas honoríficas que me resultan difíciles de rastrear, ha sido, también -como lo demuestra en un artículo publicado en diario El Telégrafo este 23 de octubre-, ideólogo (no sé si inventor o fundador) de la “socio-ecología política del vivir bien”.

En esa calidad, como quién no quiere la cosa, escribe esas líneas mientras piensa “en la cumbre mundial sobre cambio climático a realizarse en París este año…” “Un acuerdo universal sobre el clima” –señala-, “no es otra cosa que un acuerdo universal para recuperar la esencia del valor…más allá del valor de cambio y valor de uso”. “Sólo una mirada más amplia y generosa” –continúa-, “que contemple el valor intrínseco de la vida nos permitirá superar los límites del racionalismo para abarcar los derechos de la naturaleza como parte de la vida buena.”

Tiene razón el ideólogo de la socio-ecología y Secretario Nacional de Educación Superior, Ciencia, Tecnología e Innovación (recién me acuerdo), muchísima razón, porque a estas alturas estamos asistiendo a la debacle de la civilización burguesa y si no hacemos la revolución o no hay “un acuerdo universal” nos vamos todos al carajo, incluida la rana René y los siete enanitos de Blanca Nieves.

Lo que pasa es que los ideólogos (o el ideólogo) de la socio-ecología pretenden salvar al mundo traicionando a Marx y sobreponiendo a sus ideas una seudo teoría que dicen está más allá del marxismo, del capitalismo, del valor de uso y del valor de cambio, es decir, más allá de todo lo conocido, de todo lo pensado, de todo lo construido, que se ubica en una etérea región donde los simples mortales no podemos llegar, reservada para los ángeles de Alianza País y que, además, lleven debajo del brazo un título de PhD.

No es para tanto, señor Ramírez, la herencia de Marx es más simple de lo que usted imagina. Se la explico.

El valor -se sabe desde Smith hasta Stiglitz, pasando por Marx-, tiene un soporte material que es la mercancía, cuya esencia es el trabajo; pero la mercancía es elaborada por el ser humano bajo las normativas de un contrato. El dueño de la fábrica, amparado en las leyes, le paga al trabajador, en el mejor de los casos, sólo por el tiempo de trabajo necesario (TTN) para su sobrevivencia y la de su familia y se apropia del trabajo excedentario (TTE). Esta verdad, descubierta y explicada por Marx, se ha movido (en razón del desarrollo científico y tecnológico en esta época de la telemática, cibernética, nanotecnología, robótica y demás) sólo para favorecer al propietario y perjudicar al trabajador que ha terminado convirtiéndose, casi, en un actor innecesario para la reproducción y ampliación del capital.

Esta es la raíz del mal de la civilización burguesa y, permítame adelantarle, hay que eliminarla si queremos salvar a la humanidad.

La “pregunta del millón” que le preocupa a usted “desde una perspectiva marxista” no esconde ningún misterio, porque el marxismo entiende que cada mercancía está cargada de una parte del “trabajo socialmente necesario” lo que, en el mercado, se convierte en valor de cambio. Así, para Marx, valor de uso y valor de cambio están pegados como las dos caras de una misma moneda y jamás se los podrá separar si antes no se cambian las relaciones capitalistas de producción, que son las que las producen. No es tan difícil, señor.

Pero estamos hablando de las mercancías, de las que son fruto del trabajo, objetos cargados de energía física y mental trasmitida por el trabajador, que nos sirven para navegar o para volar, para cortar un pan o para cometer un crimen. En ellas no se empozan las intenciones de nadie, simplemente se concentra el trabajo del obrero. Esa es la esencia del valor y sí explica “el sentido del sistema capitalista” porque mientras mayor es el valor de una mercancía, mayor es la explotación y, por ende, la plusvalía.

Pero los ideólogos (o el ideólogo) de la socio-ecología se pavonean de haber “descubierto” un bien que está más allá del valor de uso y del valor de cambio y que no es otro que la vida “dado que siempre tiene valor en sí misma”. Claro, señor, pero, primero, no son ustedes los descubridores de tan grande verdad. El campesino, el obrero, el trabajador, el desocupado, el niño, todos, sin necesidad de ningún título universitario ni de dilucidar sobre la “distinción normativa entre valor de uso-valor de cambio” lo han descubierto antes que ustedes. Y, segundo, saben, por simple intuición, que se encuentra gravemente amenazada. El valor de la vida le da sentido a la lucha que los explotados del mundo libran por la vida. Esto no es ninguna novedad.

La vida, señor, no es una mercancía, ni es un bien, es un estado biogenético que se viene reproduciendo en la Tierra desde hace millones de años. La reproducción sexual, que es la de los animales, incluido el ser humano -no sé si usted se ha dado cuenta-, no se hace en una fábrica, sino en una cama, interviene el amor y no las materias primas, la pareja y no un trabajador. El fruto de esa relación tiene valor intrínseco porque porta vida, pero no tiene valor de uso ni de cambio. Es la vida, esa vida, la que está amenazada por el capitalismo, por lo tanto, con ella no hay nada qué hacer, lo que hay que hacer es cambiar las condiciones históricas para que se desenvuelva en armonía.

En las universidades que usted estudió le deben haber enseñado esto que escribe: “el marxismo olvidó que existe algo más simple e importante que todo: la vida misma” o esto: el marxismo “no resulta una alternativa, sino una teoría que no sale del marco de análisis naturaleza-producción-circulación-consumo, dinero-mercancía-dinero-mercancía” (sic), (dinero incrementado, habrá querido decir), pero aunque no le hayan enseñado, un estudiante inteligente que se sale de los moldes, puede darse cuenta que, si Marx creía en la revolución era porque no creía en las fórmulas que usted repite. Iba más allá, iba a la vida, lo cual no es un descubrimiento de la socio-ecología, sino de Marx.

La “lógica productivista” estará pegada al género humano hasta cuando este desaparezca, señor, incluso si triunfa una revolución socialista; lo cual convierte en un crimen teórico acusar a Marx de “hacerle el juego al mismo capitalismo”. Usted demuestra que ni siquiera conoce superficialmente el marxismo.

Pero sí, señor Secretario Nacional de Educación Superior, Ciencia, Tecnología y otras hierbas, usted tiene razón, la humanidad está amenazada, pero para los marxistas del siglo veintiuno, herederos del pensamiento dialéctico de Marx, desde una “perspectiva marxista”, como usted dice, la verdadera pregunta del millón no es “cuanto valor de cambio se requiere para procurarnos los usos de un bien” sino, qué hacemos frente a esa amenaza de destrucción. Y en la respuesta a esta pregunta es donde fracasan estrepitosamente los ideólogos (o el ideólogo) de la socio-ecología.

Usted, como todo un gentleman, prefiere los salones de la élite mundial para buscar las soluciones. En ellos, ideólogos como usted, pueden lucirse manejando conceptos que de puro elementales parecen novedosos si se los vende envueltos en una “crítica” a sus propios creadores. Esa mirada “amplia y generosa” que usted reclama ha sido sistemáticamente ignorada por los dueños del banquete al que usted asistirá como comensal. Ellos nos han llevado al abismo y, ahora, cuando puede ser demasiado tarde, quieren “hacer algo”.

Otros, como yo, creemos en un nuevo pensamiento y no en las buenas intenciones de nadie, peor de los “popes” del capitalismo mundial que harán todo, hasta ceder parte de sus privilegios, para conservar el sistema que les da riqueza y poder. Otros preferimos la lucha, sin renunciar a nuestros principios, enriqueciéndolos ahora con la filosofía andina del Sumak Kawsay, forma de vida de nuestros pueblos ancestrales, con la filosofía del “otro” o de la “alteridad”, la que los amos del mundo ni siquiera saben que existe. Los que pensamos desde Ñucanchic Socialismo, desde nuestro socialismo, señor, no queremos salvar esta civilización de la mercancía y del valor de cambio, porque dentro de ella ya no hay lugar ni para la esperanza; lo que queremos los revolucionarios de hoy es destruir su raíz y, después de eso, construir una nueva civilización, más humana, más justa, más equilibrada, en la que la mayor parte de lo que consumamos sean valores de uso, elaborados con amor y dedicación para preservar la vida, ese bien que usted ha descubierto “incuantificable” e “inmensurable” .

Si, usted tiene razón, hay un bien que está más allá de todo y es la vida, pero el régimen que usted representa se vanagloria de mandar a nuestros jóvenes a formarse en las “mejores universidades del mundo” para que regresen a seguir lucrando del capital y defendiendo este sistema que destruye la vida, se enorgullece de concesionar nuestra minería y explotación petrolera a ese capitalismo corporativo mundial que diariamente destruye la vida que usted considera invalorable; de fomentar a diario una forma de vida que no tiene respeto por la vida.

David Harvey, ese autor que usted cree que es “uno de los mayores exponentes del marxismo en la actualidad” no plantea, tal como usted, la lucha como solución, apenas dice que los seres humanos no alienados hoy emergen equipados con un sentido nuevo y, como resultado de la experiencia de relaciones sociales contraídas libremente y de la empatía con las diferentes formas de vida y producción, emergerá un mundo donde todos merecerán dignidad y respeto.

Ese mundo social evolucionará continuamente gracias a “las revoluciones permanentes y en marcha de las capacidades y potencialidades humanas”, sin embargo de lo cual, dice, ninguna de las luchas dentro del capitalismo “debería trascender o sustituir a la guerra contra el capital”, de donde se deduce que, para ir más allá del valor de uso y de cambio hay primero que ir más allá del capitalismo. Ustedes, señor Secretario Nacional de Ciencia y otras hierbas, los de Alianza País, son partidarios de la explotación de nuestros recursos naturales para evitar, de esa forma, ser “mendigos sentados en un saco de oro”, dentro del mismo régimen del capital. No son partidarios de la guerra contra el capital, sino de “las revoluciones permanentes y en marcha de las capacidades y potencialidades humanas”, lo cual significa que, para trascender las formas de valor y el capitalismo, tendremos que sentarnos a la vera del camino a esperar que pase, primero, la sociedad “pos neoliberal”, después el “socialismo de mercado”, luego el “bio socialismo”, para, sólo entonces, ver pasar el cadáver del enemigo, ¿o no es así, señor Secretario Nacional de Ciencias y otras hierbas?