LA CONTRATACIÓN DOCENTE EN LA UNIVERSIDAD DE LAS ARTES: UNA EXPERIENCIA PROPIA Por: Adriana Rodríguez Caguana

10 de Noviembre 2015

Cuando era niña veía por el balcón a mi hermano y a mi joven padre cruzar la calle rumbo a la escuela. Me quedaba detrás de las rejas preguntándome por qué no iba yo también con ellos. Mi madre adivinaba mi pregunta, me decía que pronto me iría yo también con ellos. El primer día de clases recuerdo no haber llorado cuando me dejaron sola en el aula. No quería dar ningún motivo para que me quitaran de la escuela. ¿Por qué tenía miedo? Tal vez porque hay una memoria escondida entre los subalternos; hace apenas unos doscientos años las mujeres logramos entrar en el sistema educativo. Recuerdo los archivos que revisé de las Cédulas Reales de la Colonia española para mi tesis doctoral, había una disposición en el que se ordenaba la formación “virtuosa” de los sacramentos para las niñas, porque, claro, la mujer en la Colonia era también considerada una incapaz. No es para sorprendernos, porque durante los siglos XVI y XVII la cacería de brujas cobró la vida de millones de mujeres que en realidad eran científicas.

Estos recuerdos de la escuela, de los libros, me regresan a veces en forma de sueños y en realidades. A las puertas de defender mi tesis doctoral que hice gracias a una beca que me dio el Consejo Nacional de Investigación en Ciencia y Técnica de la Argentina (CONICET) me veo de nuevo en el dilema de las instituciones educativas, ahora como aspirante para ser docente y/o investigadora de una universidad ecuatoriana. Llegué a la Argentina en 2008 para cursar una maestría en Derechos Humanos en la Universidad Nacional de Plata; después de terminar mi tesis recibí la noticia que me había sido otorgada la beca doctoral. Mi director, un prestigioso lingüista de la Universidad de Buenos Aires, aceptó el duro reto de trabajar con una joven abogada ecuatoriana; al poco tiempo se sumó una co-directora, abogada constitucionalista, también docente de la UBA. Después de cuatro años de intenso estudio y escritura finalmente presenté mi tesis en julio del presente año. Mi tema: Los derechos lingüísticos de los pueblos indígenas en el constitucionalismo ecuatoriano.

Hace pocos meses, el 2 de agosto para ser precisa, envié mi Hoja de Vida a la Universidad de las Artes para concursar por la vacante en Ciencias Políticas, Estudios Culturales y Filosofía Contemporánea. Al día siguiente recibí la respuesta de la directora de “Talento Humano” que decía “Bien recibido. Gracias”. Ciertamente, mis cerca de ocho años fuera del país me alejaron un poco del panorama de la cultura de las instituciones universitarias, probablemente por eso me pareció una respuesta bastante extraña, tanto como el extraño nombre del departamento que recibía mi hoja de vida “Talento Humano”. “La tarde se estaba poniendo kafkiana…”, diría el poeta guayaquileño Fernando Artieda.

El 19 de agosto volví a recibir un email que decía lo siguiente: “La Universidad de las Artes agradece su postulación, de salir pre-seleccionada nos estaremos comunicando con usted”. En ese momento pensé que había un error en la redacción, porque la “pre-selección” de un cargo docente en una Universidad pública es arbitraria, no consta en la Ley Orgánica de Educación Superior. ¿Y dónde está el concurso? Me pregunté, pero mi buena fe me llevó a responderme positivamente “Debe ser un error o seguramente el departamento no debe ser muy talentoso y entendió que era una preselección lo que en realidad es un concurso”. Entonces decidí esperar. Sí, yo tan feminista opté por la espera, esa que fue impuesta a las mujeres a lo largo de la historia. Recuerdo el cinturón de castidad que pusieron a nuestras ancestras para obligarlas a la espera patriarcal. Mientras iba pasando el tiempo otros conocidos fueron contratados. En agosto estaba ocupada escribiendo en diarios y en revistas los sucesos del levantamiento indígena; como me dedico a la antropología jurídica soy algo obsesiva con los pequeños detalles que van pasando. Ocurre que cuando se está lejos de la tierra, las personas nos volvemos más agudas. Como dijo Miguel Donoso, el exilio nos obliga a mirar al país con otros ojos. También nos obliga a amarlo de otro modo. En el momento en el que ingresé mi CV a la mencionada universidad decidí no postularme al concurso posdoctoral en La Argentina. Me había trazado el camino de regreso; quería “volver con la frente marchita” por varios meses de insomnio y con los dedos cansados de escribir más de quinientas páginas. Era hora de quemar las naves, dejar de ser la “pasajera en tránsito perpetuo”, como dice una bella canción de Charlie García.

Me detuve por unas semanas en mis pensamientos cuando un amigo me dijo que había salido preseleccionado. Regresó ese arbitrario término que pensaba equivocado, pero no lo era. Que extraño es el oficio de enmascarar las palabras. En todo caso, hubiera sido más claro, sincero y menos confuso el término “discriminamos”. Me pregunto cuántos docentes extranjeros, especialmente europeos, hay en la actualidad en las nuevas Universidades del Estado y cuántos ecuatorianos que estudiamos en el extranjero somos discriminados y obligados a no regresar. Una especie de exilio de la inteligencia por pensar diferente. Perdón, se me había olvidado que tenemos como Ministro de Cultura y Patrimonio al francés Guillermo Long. ¿Qué diría Franz Fanon y el mismo Jean Paul Sartre al respecto? ¿Qué habrá entendido por “cultura” el gobierno del Ecuador? La herencia colonial sigue abierta y pesa en las conciencias más fuerte que las heridas. El auto-odio hace que veamos a la cultura colonial occidental como la mejor. Mucho más que la “cultura del vencido” ¿Cuántos indígenas han sido ministros de cultura en el Ecuador? Ninguno. El complejo del mestizo es un duro campo de batalla en acción.

¿Quién o quiénes preseleccionan? ¿Con qué criterios aceptan o rechazan carpetas? ¿Cuáles son los indicadores para hacerlo? Por un momento pensé en dejar estas preguntas en el aire. Conocía los casos de varios colegas doctores que tampoco fueron contratados en las universidades del país. Obviamente son Intelectuales críticos. Y cuando uno es crítico, no solo lo es del gobierno, sino de todo, incluso de sí mismo. Estaba a punto de archivar las preguntas porque frente al autoritarismo a veces dan ganas de virar la página, como suele ocurrir con los amores ingratos. En medio de mis reflexiones recibí en formato digital el fabuloso libro de Virginia Wolf “Una Habitación propia”. En su texto, la maestra de la literatura inglesa nos convoca a las mujeres a rebelarnos contra la pobreza, pelear por un salario para seguir escribiendo y publicando, todo para tener autonomía económica y una habitación propia. La magia narrativa de la escritora les daba vida a los personajes de las novelas inglesas, mientras hablaba a las lectoras con la fuerza argumentativa que trasciende la fecha de 1928. La pregunta que nos deja ¿Y si la hermana de Shakespare hubiera sido una escritora? Nunca lo sabremos porque la sociedad se encargó de callarla y enterrarla. Nuestro deber es revivirla con nuestra escritura. Entonces me di cuenta que era hora de defenderme, de exigir mi derecho a que me expliquen por qué no me “pre-seleccionaron” o, mejor dicho, por qué me discriminaron. Envié un email el 28 de octubre al Depto. Talento Humano y al propio rector de la Universidad de las Artes solicitando los parámetros e indicadores que se usaron en mi “pre-selección”. Hasta ahora no llegó respuesta alguna. Supe por otras fuentes que mi carpeta tampoco llegó al “equipo de selección”. Mi derecho al acceso a la información me fue negado con el silencio institucional; una forma de desprecio al que pregunta, pero no me resigno a aceptar la arbitrariedad, exijo una respuesta; quiero que me expliquen el procedimiento utilizado.

Ahora, sentada frente a la Constitución de 2008, pienso en el derecho, en su posible poder práctico, como bien lo señalaba Bourdieu. Es cierto que a diferencia de la hermenéutica literaria o filosófica, el derecho tiene y aspira efectos prácticos y simbólicos. Tal vez por eso los colectivos discriminados han luchado durante tantos años por conseguir un texto que pueda servir a la acción. Sin embargo, la letra también puede morir cuando sus instituciones la matan, por ejemplo, con el silencio.

Como me he dedicado a una elaboración más bien teórica sobre los derechos culturales, específicamente los lingüísticos, entiendo el poder de las palabras; sin embargo, siempre consideré que es en la práctica jurídica donde se visualiza la toma de posición de las luchas simbólicas. Paradójicamente, cuando un sistema judicial responde a los intereses del poder político y abandona su independencia surgen los abogados defensores de los colectivos y derechos humanos, quienes toman una posición contra-hegemónica. Entonces pienso, ¿Cuál es mi lugar en este momento?

Salgo al balcón de mi departamento en el barrio de Boedo en Buenos Aires, me parece ver de nuevo a mi padre y a mi hermano cruzar la calle, pero esta vez ellos me llaman y me invitan a bajar. Mi madre sigue adivinando mis preguntas a pesar de la distancia. Me veo entonces en mi habitación propia acompaña de libros y maullidos; este pequeño lugar que construí para pensar y sentir; no dejaré que nadie me lo quite. Ecuador, te extraño y te quiero a pesar de tu historia, tus patriarcas presidentes, tus patrones y tus rectores. Llegará el momento en el que todos los que estamos afuera regresemos para cantar nuestros saberes. Mientras tanto, los dedos seguirán tecleando sin ningún pudor.

 

Foto: Ecuavisa.com – Rafael Correa inauguró la Universidad de las Artes en Guayaquil