RÉQUIEM POR EL SOCIALISMO DEL SIGLO XXI. Por Jaime Muñoz Mantilla

17 de Noviembre 2015

La “Revolución Ciudadana” da traspiés. Y cada vez se escucha menos en el lenguaje –antes cotidiano- de los funcionarios del gobierno y de los ideólogos de Alianza País, que proclamaba el Socialismo del siglo XXI. El término pasó a mejor vida. Parecería que el rubor que les queda a los (supuestos) marxistas que colaboran con este proyecto de modernización capitalista, les invitó a optar por eufemismos que para nada reemplazan al contenido esencial de la propuesta de Marx, tras su disección del sistema capitalista. El socialismo del buen vivir, el del sumak kawsay, el capitalismo popular, son los ensayos con que pretenden desvirtuar el verdadero contenido del proyecto correista.

La postura de la izquierda radical se sustentó, desde un comienzo, en la necesidad de llevar adelante un proyecto ajeno a la explotación primaria de la Naturaleza, que abandone el criterio de “progreso igual consumismo”, que parta de la realidad agraria del país, que efectúe una profunda Reforma Agraria, según la cual se distribuya la tierra entre quienes la trabajan (el gobierno entiende por tal, los latifundios productivos, cuyos dueños son grandes empresarios, intocados por la “RC”), que estimule a la empresa comunitaria, cooperativa, sin fines de acumulación ni lucro, con el objetivo de servicio; que impulse los valores de la solidaridad y la fraternidad como recurso ético para alcanzar el bienestar. Nada de ello, para los ideólogos de Alianza País, eran propuestas serias, alternativas a la evidente modernización capitalista, sustentada en el “cambio de matriz productiva”. Buscaron, siempre, meter en el mismo costal a las críticas justas de la izquierda radical y a las de la derecha neoliberal que, por lo demás, sigue siendo beneficiaria de la política económica del régimen correista.

¿En qué pone la monta AP y su RC para afirmar que su política económica es la antítesis del neoliberalismo, cuya esencia radica en el libre mercado? En la recomposición del Estado, al que esa corriente ultra capitalista desmanteló. Este Estado, recompuesto por AP se convirtió, en rigor, en el monstruo filantrópico del que habló Octavio Paz. Porque, contar con un Estado funcional, de auténtico servicio a las personas y a los colectivos, no demanda la incorporación de ejércitos que, en rigor, son perceptores de un salario y agradecidos ciudadanos con un régimen clientelar, amén de los soplones que abundan, en un régimen dispuesto a controlarlo todo; y a proteger sus espaldas por las irregularidades que se han cometido, sobre todo en las múltiples contrataciones para la gigantesca obra material que se ha emprendido.

Pero, más allá de eso, el retorno del Estado es un proyecto neoliberal, tras el fracaso de su desmantelamiento, o porque, ahora, necesita de su concurso para el control de la economía según sus objetivos. Francois Hourtat lo tipifica claramente: “La característica principal de una fase posneoliberal del capitalismo es el retorno del Estado como regulador de la economía y redistribuidor de la riqueza. No se trata de una transformación del modelo de acumulación: desde el punto de vista político, permite alianzas entre acumulación capitalista y preocupaciones sociales. Es la era del capitalismo social, y hoy en día verde, que no cambia la lógica fundamental de sistema económico (maximización de la ganancia e ignorancia de las externalidades)”. ¿Puede estar mejor retratado, en esta cita, el Estado posneoliberal de AP, al servicio de los intereses del mismo neoliberalismo? Y añade el sociólogo marxista: “Se realiza por políticas económicas (renegociación de la deuda externa en Ecuador) o sociales (medidas asistencialistas que creen clientes pero no actores sociales nuevos) y con mejor acceso a los servicios públicos (salud, educación)”. (Ensayos y transiciones hacia un mundo poscapitalista. CartónPiedra, suplemento de El Telégrafo. 8.11.2015).

Y claro, el modelo de acumulación, incluida aquélla de los nuevos ricos –nueva burguesía que nace y crece al socaire de la inversión pública- sufre, ahora, por la crisis que traen la baja drástica del precio del petróleo y la revalorización del dólar. Entonces, la máscara socialista cae bruscamente. Y aunque el Presidente se rasgue las vestiduras afirmando que su modelo es la antítesis de la de los empresarios de la oposición, las medidas que adopta “para aliviar la crisis” es el acuerdo de emprendimiento privado público. (Porque, recordemos: “hay empresarios buenos y empresarios malos”. Correa dixit) Toda la parafernalia mediática conduce a prever que la intención es posicionar a los economistas que representan al gran capital financiero especulativo: Pozo, Dahik y el mismo ex colaborador del gobierno, González, con quienes se montó el debate, esa especie de mojiganga en la que –según la prensa oficial- salió vencedor el Presidente. (El diario El Telégrafo publica, en 2 páginas, una entrevista al economista Dahik, en la que no se cuestiona, en absoluto, sus tesis neoliberales)

Ahora bien, todas las medidas conducen a la aplicación rigurosa de un proyecto transnacional, del capitalismo global. La firma de TLCs es una demanda de ese monstruo. Y el gobierno de AP ya lo firmó, nada menos que con la UE, instrumento neo colonial, ese tratado, que pisotea la soberanía nacional y acaba con la economía agraria y con la pequeña industria nacional, y adicionalmente, se apropia de nuestra biodiversidad.

El empeño que el gobierno pone en las 16 enmiendas constitucionales (en la Constitución que debería permanecer 300 años), más allá de la reelección indefinida, tiene el propósito de abrir el camino para la ratificación por la UE de ese tratado, pues el viejo imperio demanda flexibilizaciones en el campo laboral, que encuentran su cauce en la privación de derechos –hoy consagrados en el Código del Trabajo- a los trabajadores del Estado, según una de las enmiendas.

Cuenta el Estado pos neoliberal, finalmente, con un gigantesco aparato de propaganda, cuyo funcionamiento demanda millones de dólares. ¿Qué funciones cumple? Lavar el cerebro de los ciudadanos, mostrando las monumentales obras –muchas de las cuales son obra muerta- y rechazando toda crítica que, junto con los atropellos a las libertades y los derechos ciudadanos, muestra las lacras de un gobierno cuya ética deja mucho que desear.