TRES NOTAS SOBRE LA POLÉMICA HARVEY-GUDYNAS. Por JORGE OVIEDO RUEDA

01 de Diciembre 2015

Jorge Oviedo

 

Después de la muerte de los creadores del Socialismo Científico, el mejor negocio de sus enemigos ha sido interpretar a Marx. El negocio de la interpretación es más lucrativo mientras más prestigiosas y altas son las instituciones o las personalidades que lo hacen. La táctica de la interpretación a los textos de Marx dio sus primeros resultados a finales del siglo XIX con el revisionismo de Bernstein, cuya labor teórica terminó convirtiéndose en la matriz angular de la socialdemocracia mundial; luego vino la interpretación estaliniana del marxismo que devino en dogma religioso y razón de Estado; el neomarxismo de posguerra que, a pesar de hacer un correcto diagnóstico del subdesarrollo, no ha podido atinar con las soluciones y, ahora, en nuestros días, ha surgido una nueva interpretación (moda dice Gudynas) de Marx que pretende ser la nueva matriz angular para justificar y explicar la acción política de los llamados “gobiernos progresistas” de América Latina.

Esta última no es una afirmación al azar, está fundamentada en el hecho real de que sus animadores, todos los que hasta ahora conozco, reciben sueldos y canonjías de los gobiernos “progresistas” y de prestigiosas universidades nacionales y extranjeras. Les pagan para pensar, eso es lo concreto.

De este hecho objetivo se desprenden tres conclusiones importantes: 1) resulta imposible que el beneficiario de un sueldo escupa la mano de su empleador, 2) hay que hacer méritos para conservar el empleo y 3) mientras más alta sea la investidura académica más fácil será desprestigiar las posiciones políticas que se combaten. Todo envuelto en la salsa, siempre apetitosa, de una supuesta correcta interpretación de las ideas de Marx.

PRIMERA. LA “ACUMULACIÓN POR DESPOSESIÓN”

La “moda Harvey” de la “acumulación por desposesión” se basa en la reinvención de una verdad histórica, teórica y política cuyo autor es Marx. En el capítulo XXIV del libro primero de El Capital se describe el proceso histórico de lo que Marx llamó la Acumulación Originaria del Capital (AOC). Consiste en la desposesión efectiva de la tierra y los medios de producción al campesino siervo hasta que se convierte en el trabajador asalariado del industrialismo. Un proceso violento que se da a lo largo de tres siglos. Todas las formas de “desposesión” están contempladas en este estudio histórico genial de Marx, incluido un análisis proyectivo sobre la “tendencia histórica de la acumulación capitalista” y el proceso de colonización.

El marxista Harvey y sus defensores deberían saber que en ese mismo capítulo de El Capital Marx señala que, en los países colonizados, todavía no se ha dado el proceso de AOC, proceso que necesariamente tendrá que darse dada la tendencia general de la acumulación capitalista. Para América Latina, desde los siglos coloniales hasta nuestros días, esta predicción de Marx se ha cumplido al pie de la letra. Los chorros de sangre, sudor y lágrimas que corrieron en el proceso de AOC en Europa, corrieron también en las colonias españolas y portuguesas de América Latina. Y hacer uso de la categoría de AOC, ahora escondida detrás del concepto de “acumulación por desposesión”, sin siquiera regresar a ver a su autor verdadero, no es ni simpático ni honesto.

Decir que en América Latina no hay una tradición de pensamiento ceñido al legado teórico de Marx, es una falacia peluda que sólo pretende ocultar una verdad teórica comprometida y comprometedora, para sobreponer otra, más light, menos conflictiva, que ayude a eludir las verdaderas contradicciones del capitalismo dependiente.

SEGUNDA. LA “DESPOSESIÓN” EN EL CAPITALISMO DEPENDIENTE.

En América Latina la “desposesión” comienza con la llegada de los europeos. La tierra de los pueblos originarios fue repartida entre los conquistadores, con lo cual se destruyó el sistema productivo de los mismos y se les sometió por hambre y necesidad. Durante los siglos coloniales las coronas europeas, aliadas con los criollos americanos, instauran un régimen latifundiario que deriva, a lo largo del tiempo y con ritmos desiguales, en economías capitalistas, las mismas que, después de la ola liberal que recorre América a finales del siglo XIX, quedan ligadas a la economía norteamericana, cuando ésta había entrado ya en su fase monopólica.

En este punto es imposible eludir el concepto político de neocolonialismo si se quiere comprender cómo se da la “desposesión” de nuestros recursos a partir de la primera guerra mundial. No es el Estado, sino a través del Estado, que la lógica de la acumulación del capital mundial saquea nuestras riquezas, dando lugar a esa bárbara asimetría del desarrollo del norte y del subdesarrollo del sur. Esta verdad no está sometida a discusión, salvo si se quiere justificar el accionar de un nuevo tipo de Estado que ahora, en América Latina, pretende apropiarse de “un porcentaje más amplio de la renta/capital. Es decir, de la renta, no como pago, sino como plusvalía”[i], como parece ser el caso del “marxista” Harvey y de sus defensores.

Si así es, entonces esta concepción nada tiene que ver con el marxismo. Estamos frente a un nuevo recurso del revisionismo mundial que inventa un ingenioso giro teórico para despojar al marxismo de su carga revolucionaria. Que Harvey se ubique por arriba del bien y del mal o, como dice Gudynas, que sus tesis ofrezcan “un valioso instrumental para entender el capitalismo global”, no quiere decir que Harvey está llenando un vacío teórico en el marxismo. Si Harvey y sus acólitos algo supieran de la tradición marxista en América Latina, se habrían enterado que Agustín Cueva utilizó esas categorías generales del marxismo para explicar el desarrollo del capitalismo dependiente latinoamericano y sus contradicciones internas. Y no sólo Cueva.

Ergo, la lucha ideológica contra Marx continúa, esta vez encarnada en un academicismo “respetable”, “serio” y, pretendidamente, “contundente” que, viniendo del norte, oculta la elemental verdad de la necesidad de la revolución socialista en América Latina. Cierto es que gobiernos como el de Rafael Correa o Evo Morales nunca se plantearon la “transformación de las relaciones de producción”, apenas si “una necesaria y justa redistribución de la renta capitalista y de la ganancia”[ii], lo que, de ser tomado en cuenta, ubicaría la polémica entre desarrollistas de signo idéntico que, para actuar en la academia y la política, sólo tienen “estilos” diferentes; pero ese no es el caso, la suerte de nuestros pueblos se juega entre dos alternativas: la reforma o la revolución.

Para los marxistas del siglo XXI hay un solo camino: la revolución. Veamos.

TERCERA. ESE ASUNTO DEL PENSAMIENTO PROPIO.

Los planteamientos del pos-extractivismo (pienso sobre todo en A. Acosta y Escobar), han devenido, al cabo del tiempo -al igual que el marxismo estratosférico de Harvey-, en un mero ejercicio académico, cuya limitación principal radica en que se sigue pensando en soluciones pro sistema o al interior del sistema. Si Harvey polemiza con Gudynas y Gudynas con el colectivo del IAEN y éste con Acosta y Acosta con Ramírez, y así, no pasa nada, la polémica se convierte en un certamen de talentos para saber quién es el mejor, ganando, qué duda cabe, aquel que más se acerque a las soluciones antisistema, pero con freno, hasta llegar a un límite que se niegan a transgredir. La Academia da para eso y mucho más, al menos cuando se tiene un sueldo asegurado.

Pero, lo que si se han dado cuenta académicos como Harvey, todo su equipo, Lucía Gallardo y el propio Gudynas, (que en esta polémica resulta más marxista que muchos a pesar de que, en opinión de Joan Martínez Alier, “no procede de una tradición marxista”) y no quieren afrontarlo es que las soluciones a nuestros graves problemas estructurales están en el terreno de la política y no de la Academia. Todos ellos hacen incompatible la Academia con la política convirtiéndolas en compartimentos estancos sin comunicación entre sí. No conciben que se puede tener nivel académico y hacer política. Ahí radica su diferencia con Marx. ¿O no?

Para salir de ese círculo vicioso es necesario tener un pensamiento propio, planteamiento que si bien no es un descubrimiento de Gudynas, sí es un mérito habérnoslo recordado. Pensamiento propio que, a estas alturas, nada tiene que ver con distanciarnos del estalinismo, del trotskismo, de la idea Zhuche o el maoísmo que ya se encuentran sepultados en los mausoleos de la Historia, pensamiento propio que es creación heroica, como quería Mariátegui, invención genuina enraizada en nuestros ancestros y sustentada en lo mejor del pensamiento revolucionario de Occidente.

En un trabajo anterior señalaba la necesidad de un nuevo pensamiento en estos términos: “A estas alturas, no basta condenar la barbarie, se impone la tarea de rescatar la filosofía ancestral de los pueblos andinos, sin caer en la trampa de pararnos a discutir si tiene o no esa jerarquía. Sí la tiene y, no reconocerla, significa mantener, desde adentro, las cadenas mentales que nos consideran inferiores a la filosofía occidental, lo que no quiere decir que no se reconozca su valía. La “alteridad” debe considerarse en igualdad de condiciones a cualquier concepción filosófica del mundo, condición intrínseca para encontrar las soluciones[iii].

Pero, ¿podemos cerrar la página de la dominación y comenzar desde cero? No es posible. Quinientos años de agresión es tiempo suficiente para haber cimentado un ser social cargado con las ideas dominantes del sistema y haberlo convertido en su soldado defensor. La irrupción del pensamiento ancestral andino se convierte, así, en el acto revolucionario más importante de comienzos del siglo XXI porque, al tener a los pueblos originarios de protagonistas, la filosofía del “otro” se eleva a un nivel transformador, punto en el cual se fusiona con lo mejor del pensamiento revolucionario de occidente que es, precisamente, el marxismo. El “pachamamismo” ciego confunde a los pueblos con una idílica propuesta de regresar a los tiempos precolombinos y, los otros, con negarle validez a la “alteridad”.

Ñucanchic Socialismo, nuestro socialismo, sabe que la “alteridad”, a un nivel filosófico, es la lógica del oprimido, su concepción del mundo, su ética y su estética, rasgos que, habiendo estado sojuzgados durante cinco siglos, ahora emergen para servir de base a una nueva sociedad y a una nueva civilización[iv].

Esa lógica, la de los pueblos originarios, tiene su piedra angular, no en la armonía del ser con la naturaleza, sino en la noción del equilibrio[v]. Ese equilibrio, que se perdió en América con la llegada de los europeos, hay que recuperarlo como condición intrínseca para volver a la armonía. Se trata de un equilibrio estructural.

Pero no se puede recuperar el equilibrio si antes el poder político no pasa a manos de una vanguardia político-espiritual que encarne la filosofía de la “alteridad”. Esa vanguardia es, por primera vez, diferente a las vanguardias políticas que han existido hasta hoy y la diferencia está en haber llegado a recuperar la memoria de que estamos hechos de los cuatro elementos, fuego, tierra, agua y aire y que, si no somos capaces de cuidarlos y preservarlos, no hay futuro para la humanidad. No es una vanguardia proletaria, como pensaba Marx, tampoco una élite en el sentido liberal y, mucho menos, una casta aristocrática, es una vanguardia político-espiritual conformada por todos los que han abrazado la filosofía de la “alteridad”.

Ese equilibrio estructural del que hemos hablado se inicia después de la toma del poder por parte de la vanguardia político-espiritual que representa los intereses de la humanidad, sólo entonces es posible iniciar el proceso de construcción de la sociedad del Sumak Kawsay, lo que sólo será posible si se implanta un nuevo régimen de propiedad.”[vi]

Esta es la polémica verdadera, la que ubicándose en el terreno político, sin hipocresías, plantea soluciones válidas a los graves problemas que tiene el capitalismo global y local, sin dorar la píldora con un lenguaje académico que oculta y no descubre, que posterga y no resuelve. Razón tiene Gudynas en afirmar que académicos como Harvey son buscados por los llamados gobiernos “progresistas” para defender su gestión política desde la Academia.

Harvey no plantea la lucha como solución, apenas dice que los seres humanos no alienados hoy emergen equipados con un sentido nuevo y, como resultado de la experiencia de relaciones sociales contraídas libremente y de la empatía con las diferentes formas de vida y producción, emergerá un mundo donde todos merecerán dignidad y respeto. Ese mundo social evolucionará continuamente gracias a “las revoluciones permanentes y en marcha de las capacidades y potencialidades humanas”, lo que evidencia ese gradualismo postizo e imposible que sólo sirve para fortalecer el capital.[vii]

Es muy probable que un pensamiento propio deba integrar las cuatro condiciones que Eduardo Gudynas plantea[viii], pero para Ñucanchic Socialismo, Nuestro Socialismo, la primera condición es la lucha contra el capitalismo criollo y, desde allí, contra el capitalismo global. Sabemos que es una lucha a muerte, que demandará ingentes sacrificios del pueblo, que será un largo proceso, pero nos negamos, en nombre del futuro, a seguir alimentando al capitalismo criminal, por el contrario, creemos que es nuestro deber ético y político, acelerar su agonía.

NOTAS

[i] Gallardo, Lucía: ¿Puede Gudynas salvarse del colonialismo simpático?, véase: La línea de fuego: http: //entitleblog.or/2015/11/05puede-gudynas-salvarse-del-colonialismo-simpático/

[ii] Ídem.

[iii] Dussel, Enrique: Filosofía de la liberación, s/edit, Bogotá, 1980.

[iv] Roig, Arturo Andrés: Caminos de la filosofía latinoamericana, Universidad de Zulia, Venezuela, 2001.

[v] Oviedo Rueda, Jorge: Del Estado, la izquierda y la revolución en el Ecuador, Letramía Editorial, Quito, 2015, pg. 90 y ss.

[vi] Véase: Oviedo Rueda, Jorge: http://nucanchisocialismo.com/2015/10/26/reformismo-neomarxismo-y-pensamiento-ancestral/

[vii] Véase: Oviedo Rueda, Jorge: http://nucanchisocialismo.com/2015/11/01/484/

[viii] Gudynas, Eduardo: http://accionyreaccion.com/?p=923