LAS NEGOCIACIONES CLIMÁTICAS DE PARÍS: ENTRE ACUERDOS TIBIOS Y RESERVORIOS DE CARBONO. Por Melissa Moreano Venegas

07 de diciembre de 2015

Desde varias aristas críticas se anuncia ya que las negociaciones climáticas en la Conferencia de las Partes de París, COP21, serán un fracaso, si los gobernantes del mundo no asumen compromisos serios para restringir el aumento de la temperatura a 2ºC. Algunos opinan que aunque la intensas negociaciones rindan fruto y los mandatarios del mundo quieran firmar, los oscuros intereses transnacionales lo impedirán. Que todas las condiciones estarían dadas para que haya un acuerdo global (la evidencia científica es irrefutable en este punto), pero que la codicia de la élite global lo impide.

Lo cierto es que desde 2011 la élite global cambió de estrategia: ya no boicotean la posibilidad de llegar a acuerdos sino que han puesto a los países a plantear soluciones tibias. Según el Reporte de la Convención Marco de Naciones Unidas para el Cambio Climático aún si los países cumplieran los compromisos que se están discutiendo en París, la temperatura del planeta subiría por encima del objetivo planteado de 2ºC. Porque los compromisos son poco ambiciosos. Así que, aunque París fuera exitoso, será un fracaso. En ese panorama, las movilizaciones que han sido reprimidas en un París traumatizado tras los recientes atentados terroristas presionan para que se llegue a un acuerdo de cambio real. Pero no es eso lo que se está discutiendo.

El cambio se dio en la COP17 en Durban cuando se resolvió que en lugar de establecer un acuerdo internacional y vinculante que ponga un tope a las emisiones, formulado de “arriba hacia abajo” –como el Protocolo de Kioto-, se iba a adoptar una política de “abajo hacia arriba”: dejar que cada país haga su propuesta, basado en ¿su buena voluntad? En 2013 en Varsovia le dieron forma: los países debían presentar, hasta marzo de 2015, sus Contribuciones Nacionales Determinadas (INDCs o Intended Nationally Determined Contributions, en inglés), documentos que describen lo que están dispuestos a hacer. Esas propuestas son las que han servido para armar el borrador de acuerdo que se está ahora discutiendo en París. Son estas las propuestas poco ambiciosas que nos dejan ver la tibieza de los compromisos que se asumirían.

El Protocolo de Kioto debía de hecho ser reemplazado. La primera fase del acuerdo caducó en 2012 sin haberse llegado a la meta -reducción promedio del 5% de emisiones respecto a los niveles de emisiones de 1990-. Desde entonces las naciones se han reunido cada año en las COPs para tratar de producir otro acuerdo global que limite las emisiones. Establecieron que 2015 sería el año del acuerdo –que entrará en vigencia en 2020- y todas las reuniones han sido preparaciones para este gran momento.

Unas negociaciones han sido más tensas que otras, como aquella de Copenhague en 2009 en que no hubo acuerdo. Lo que sí hubo fue un consenso general en occidente para echar la culpa a las economías emergentes, fundamentalmente a China, que se rehúsa a limitar sus emisiones justo en el momento en que está desarrollando de manera acelerada. Las potencias ya industrializadas demandan que todos reduzcan, o nadie. Por su lado, China y los otros BRICs demandaban que se reconozcan las responsabilidades históricas: si el Reino Unido y el resto de Europa tuvieron más de 200 años de libertad de contaminación para desarrollarse, ¿por qué deben ellos limitarse a solo 30 o 40 años de emitir contaminantes? De todas formas, China sí tiene en su horizonte independizarse de los combustibles fósiles y, por tanto, dejar de emitir gases de efecto invernadero a la atmósfera. Para el 2030 China generará 2.800 TWh/año (terawatt por hora por año) de energía renovable (20% de su consumo energético), algo más que la meta de la Unión Europea (2.570 TWh/año, 27% de su consumo energético) y mucho mayor que la de Estados Unidos (732 TWh/año, 20% de su consumo energético, excluyendo el generado por hidroenergía). Claro, China también aumentará la energía nuclear hasta generar 2.500 TWat/hora (Reporte del World Resources Institute de 2015). Con todo ello, en 2023 empezaría a disminuir sus emisiones de dióxido de carbono, una transición que poco tiene que ver con su conciencia ambiental y sí con el juego geopolítico de la energía.

Pero volviendo a los compromisos globales, insisto en que el giro que dio la política climática en pasar a formularse de “abajo hacia arriba” no es suficiente para alcanzar la meta planteada de los 2ºC. Aún cuando el viernes 5 de diciembre las negociaciones llegaron a plantear que el límite debe colocarse en 1.5ºC, algo visto como un triunfo, en el borrador del Acuerdo de París se vuelve a recalcar que las metas planteadas por los países en las Contribuciones Nacionales Determinadas (INDCs) presentadas no alcanzan para mantener las temperaturas por debajo de los 2ºC.

Hay aún otro elemento importante en el giro de las negociaciones internacionales sobre cambio climático y que le atañe más todavía al Ecuador: no solo que no se reconoce las responsabilidades históricas, tampoco se reconocen ya las “responsabilidades compartidas pero diferenciadas”. Esta frase englobaba la idea de que, si bien todos los países tienen responsabilidad en la lucha contra el cambio climático y el cuidado de la “casa común”, son las naciones industrializadas las mayores responsables y las llamadas a tomar acciones drásticas.

Pues bien, desde más o menos 2005 se empezó a decir en las Cumbres sobre el Clima que los países en desarrollo, y poseedores de bosques –como el Ecuador -, también son responsables porque al deforestar se emite gases relacionados al calentamiento global. Se empezó entonces una gran campaña porque también estos países nos comprometamos a reducir emisiones de gases asociados a la deforestación. Hoy, las discusiones y acuerdos se han desplazado de la necesidad de cambiar el patrón de producción y consumo basado en el petróleo a la responsabilidad de los bosques en el cambio climático, impulsando mecanismos financieros como REDD+. Como dice un reporte de REDD monitor: “La deforestación ha sido puesta en el centro de la discusión […] La palabra ‘petróleo’ no aparece en el texto borrador [del acuerdo de París]. Tampoco lo hace ‘carbón’. No se menciona combustibles fósiles. Mientras tanto, ‘bosque’ aparece 25 veces y ‘deforestación’ 3 veces. Se menciona REDD 10 veces”.

Cabe notar que la FAO estimó que las emisiones por deforestación fueron alrededor de 5 GtCO2/año (giga toneladas de dióxido de carbono por año) entre 2001-2010. Y unos científicos estimaron que, en el mismo periodo, la Amazonía emitió 0.18 GtCO2/año. Para fines comparativos, las emisiones actuales de Estados Unidos llegan a 4’403.909 GtCO2/año (pueden ver cuánto emite cada país aquí). Es decir, aún cuando la deforestación mundial emite una cantidad de gases de efecto invernadero equivalente al 0,00011% de las emisiones totales de Estados Unidos, parece ser que es vital terminar con ellas en lugar de forzar a los Estados Unidos a disminuirlas.

Esta no es una negación de que la deforestación es un gravísimo problema en nuestros países y que son necesarias acciones de conservación. Pero, ¿cómo pasamos de responsabilizar del cambio climático a las fábricas a responsabilizar a los bosques? Los bosques no son vistos ahora como ecosistemas ricos, húmedos y diversos: son vistos como reservorios o sumideros de carbono. Su valor ha sido reducido a eso. No deben ser conservados para proteger el suelo, las especies, las fuentes de agua, sino porque son depósitos de carbono, y los países empobrecidos y que albergan bosques son ahora responsables de hacerlo. Obedientemente, los INDCs de los países han establecido metas de reducción de la deforestación en relación a las emisiones: por ejemplo, Brasil dice que reducirá sus emisiones en 43% controlando la deforestación. De nuevo, reducir la deforestación no es en sí lo que cuestiono, sino el desplazamiento de responsabilidades de los países industrializados a los países poseedores de bosques.

El giro en la política internacional del cambio climático sepultó definitivamente lo que el problema del calentamiento de la atmósfera había logrado: evidenciar que vivimos en un sistema que produce desigualdad tóxica, donde los países industrializados habían ensuciado la atmósfera de todos mientras se enriquecían; que ese sistema estaba poniendo en riesgo a los países empobrecidos y a los más pobres dentro de los países ricos (recordemos el huracán Katrina azotando a la población negra y pobre de Nueva Orleans). El cambio climático también estableció que habían claros responsables del problema, que debían comprometerse a arreglarlo limitando sus emisiones, es decir, su producción. Para eso, un nuevo acuerdo que establezca un límite concreto y drástico a las emisiones y una reducción real, es necesario. Todavía queda por ver si el nuevo límite de no permitir que la temperatura global suba más de 1.5ºC abre una perspectiva de verdaderos compromisos o, como ya vaticinan algunos, solamente servirá de pretexto para ampliar el mercado de bienes y servicios climáticos.