ATRAPADOS EN SUS PROPIOS REDES. Por Raúl Prada Alcoreza

27 de Noviembre 2015

Un refrán popular dice sabiamente: El cojo echa la culpa al empedrado. Ocurre algo parecido con los que pierden las elecciones nacionales. Nunca se asume la derrota por identificación de errores cometidos, salvo, el caso, de exiguas honradas excepciones. Esto pasa con el populismo latinoamericano. Si bien se puede aceptar su calificación de que se diferencian de los neoliberales, porque tienen una actitud más nacional, más popular, incluso más social, que el proyecto político de despojamiento y desposesión de los recursos naturales, de las empresas públicas, de los ahorros de los trabajadores, suspendiendo derechos sociales; el problema es que, a pesar de esta distinción política, se encuentran más cerca de sus detractores o contrincantes neoliberales, que de la imagen que ellos mismos asumen de manera autocomplaciente[1].

A su manera, asumen la tesis apocalíptica o apologista del fin de la historia; su gobierno, se lo llame populista o progresista, es considerado como el fin de la historia; el gobierno que esperaba la nación y el pueblo. Después de ellos, los populistas, no hay nada, salvo los reaccionarios. Esta “ideología” de la autocomplacencia es la que les baja las defensas, por así decirlo, usando esta metáfora médica. Como apóstoles de la nación y el pueblo se consideran como héroes, incluso como libertadores o liberadoras, a los que debe estar agradecido el pueblo y votar, en gratitud, siempre por ellos y por mayoría. Este engreimiento, pero, además, apreciación equivocada, pues no son otra cosa que representantes del pueblo, en el más suave tono de su clasificación, o usurpadores de la voluntad popular, dicho en tono más fuerte, los arrastra poco a poco a la derrota.

Incluso, al sentirse impunes, protegidos por el aprecio popular, comienzan no solo a cometer errores, que cada vez son más crasos, sino retoman las practicas corrosivas heredadas del poder. Estas actitudes, la de la autocomplacencia, la de no reconocer errores, la de las prácticas de la economía política del chantaje[2], refuerzan el camino al desastre.

Este comportamiento parece un síndrome de la clase política; les ha ocurrido a las distintas versiones y posicionamientos políticos, comprendiendo, claro está, sus distintas versiones, además sus distintos grados de intensidad y alcance. Es más sobresaliente el síndrome político de la autocomplacencia cuando deriva del populismo, del progresismo, incluso, teniendo en cuenta las diferencias de la revolución en curso, del socialismo real[3].

En el análisis de este fenómeno político y psicológico, en su coyuntura poselectoral, no es tan importante volver a repetir la caracterización del ganador neoliberal, pues, esto, de alguna manera se sabe, por la experiencia social y la memoria social, aunque perentoriamente se olvide. Lo que es importante, para lograr una aproximación explicativa coherente, es descifrar esta actitud de auto-contemplación, de autocomplacencia, apologética, que cuando se encuentran ante la cruda realidad, ante la derrota evidente, no atinan a otra cosa que a culpar a la conspiración de la “derecha”, a dinero de la “derecha”, a sus medios de comunicación y medios operativos, a sus vínculos con el imperialismo. Llama la atención este tipo de explicaciones; es como si se esperara que el contrincante,   que el opositor, si se quiere, el enemigo, no haga nada, no ataque, no se defienda, no resista, no accione sus medios e instrumentos, en lo que respecta a la recuperación del poder. Algo tan insólito como si, en un partido de futbol, el equipo popular esperara que el otro equipo, el de élite, no haga nada, y se deje meter goles

No se pueden ocultar las responsabilidades en la derrota. En vano se dan gritos desesperados de exigencia, casi coercitiva, de que si no votan por ellos, los representantes del pueblo, los populistas, viene nuevamente a gobernar la “derecha” neoliberal, que les quitará los derechos conquistados y los beneficios sociales logrados. Esto, el decir este elocuente chantaje, vuelve a patentizar el estilo caprichoso de personajes engreídos, que se consideran el centro del mundo. Los únicos responsables de la derrota, para decirlo esquemáticamente, sobre todo para ilustrar, son estos engreídos populistas, que se aposentan en las esperanzas y expectativas populares, primero; después, en la expansión de las relaciones clientelares, y por último, en una desubicación histórica y política. En resumen, fueron los constructores de su propia derrota.

El problema es que una parte de los votantes que los apoyaban, sosteniendo la ilusión populista, se cansan de esperar, de ver que sus representantes hacen lo mismo que los representantes de la burguesía y de la oligarquía o de la pretensión técnica de los neoliberales. Lastimosamente este cansancio y desencanto no se manifiesta como autodeterminación, autonomía y autogobierno social, sino se detiene en la encrucijada o el dilema falso de escoger entre las opciones acostumbradas, la neoliberal o la populista, aunque, en ambos casos, se cambie de nombres y de versiones. Ciertamente hay olvido, pero, también, un recuerdo inmediato, una certeza inmediata, de que la situación no cambia mucho con los populistas, en comparación con los efectos sociales, sobre todo extractivistas, de los neoliberales.

Este problema del circulo vicioso del poder[4], que se da como una alternancia intermitente entre “derechas” e “izquierdas”, que cuando están en el gobierno, tienden a parecerse, no es la única causal, por así decirlo, de la derrota. Como anotamos a la rápida, también el pueblo tiene su cuota aparte; sigue atrapado en el fetichismo institucional, en el fetichismo del Estado, en el fetichismo del poder, al considerar que estos fetichismo son la realidad, al no darse cuenta que son sus propias construcciones, que las reproduce, como deseando el amo todos los días. No cree en sí mismo, en su potencia social, salvo cuando la crisis social y política lo lleva a movilizarse, incluso a sublevarse. No logra salir tampoco del círculo vicioso del poder.  No cruza los límites de este horizonte de las dominaciones polimorfas, instauradas en la modernidad; no inventa nuevos horizontes, como cuando lo hace, escasamente, en tiempos de rebelión. No tarda en arrepentirse de haber hecho ganar al neoliberal. Sin embargo, hay que anotar, en descargo del pueblo, que, en verdad, si se considera el esquematismo dual en el que está metido, tampoco era una solución votar por los que se burlaron de él.

La salida política no está en satisfacer el agobio del cansancio, la sorpresa del desencanto, de manera provisional y apresurada, casi por enojo, sino en recurrir a su potencia social, a su capacidad creativa y de invención, como cuando se subleva y ocasiona revoluciones. Quizás, ahora, el en crepúsculo de la civilización moderna, las salidas ya no se encuentren en nuevas revoluciones, que han ampliado los horizontes histórico-políticos de la modernidad, sino en producir otros horizontes civilizatorios. Primordialmente, sustentados, fundamentados, en las capacidades autogestionarias sociales.


[1] Ver de Raúl Prada Alcoreza La “ideología” de la autocomplaciencia. Dinámicas moleculares; La Paz 2015. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/la-ideologia-de-la-autocomplacencia-lecciones-de-la-guerra-del-chaco/.

[2] Ver de Raúl Prada Alcoreza Crítica de la economía política generalizada. Dinámicas moleculares; La Paz 2013-15. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/critica-de-la-economia-politica-generalizada/.

[3] Ver de Raúl Prada Alcoreza Acontecimiento libertario. Dinámicas moleculares; La Paz 2013-15. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/acontecimiento-libertario/.

[4] Ver de Raúl Prada Alcoreza La Paradoja conservadurismo-progresismo. Dinámicas moleculares; La Paz 2013-15. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/la-paradoja-conservadurismo-progresismo/.

Fuente: https://pradaraul.wordpress.com/2015/11/27/atrapados-en-sus-propias-redes/