LA CULPA NO ES SOLO DE MADURO Por Juan Cuvi

14 de Diciembre 2015

Las explicaciones que los adeptos del chavismo dan a la reciente derrota electoral adolecen de un simplismo patético. O de una pasmosa pobreza política y teórica. Oscilan entre la deficiencia intelectual de Maduro y la perversa capacidad conspirativa del imperialismo yanqui. Como si la política dependiera de las mayores o menores luces de un funcionario, o de la sagacidad de los aparatos de inteligencia de las grandes potencias. De ser así, el régimen cubano se habría desplomado hace décadas.

Las declaraciones de la jerarquía chavista tampoco ofrecen pistas coherentes ni razonables sobre el nuevo escenario que vive Venezuela. Descalificar a la oposición con una retahíla de muletillas y estereotipos únicamente contribuye a ahondar la derrota. Como si los sectores oligárquicos venezolanos no hubieran pensado, dicho y hecho lo mismo durante 17 años. De lo que estos torpes dirigentes no se dan cuenta es que esas descalificaciones ofenden por extensión al pueblo que votó abrumadoramente por la oposición en las últimas elecciones. ¡Genial forma de añadir palos a los cuernos!

Dos puntos llaman la atención en este marasmo de impotencia y desconcierto: por un lado, la absoluta falta de reflexión sobre los elementos sustanciales de un proyecto que fracasó en su aspiración de provocar cambios estructurales; por otro lado, la devoción acrítica por el coronel Chávez. Echar mano de la idolatría o la nostalgia para compensar una debacle constituye, en política, el camino más directo a la enajenación. Dicho de otro modo, a la pérdida del sentido de la realidad.

La hipérbole revolucionaria venezolana existió solamente en la cabeza de algunos izquierdistas voluntariosos y en la verborrea de un nutrido grupo de codiciosos oportunistas. Ingenua o expresamente, olvidaron que las revoluciones son mucho más que un cambio de gobierno, que una abundante inversión social o que la movilización masiva de subordinados. Si de proyectos y luchas anti-sistémicas hemos discutido durante décadas, significa que no hay otro corolario posible para esas luchas y proyectos que el cambio de sistema; aunque, modestamente, solo se llegara a transformar la simple lógica sistémica de un Estado (como cuando las revoluciones liberales echaron abajo el viejo sistema de dominación conservador, patriarcal y confesional sin echar abajo el capitalismo). En Venezuela jamás se puso en duda el secular modelo rentista de acumulación, modelo además apuntalado por una corrupción generalizada y una elitización del poder político.

Junto a estas deficiencias estructurales también existieron deformaciones de fondo en el modelo político instaurado hace más de una década. Hugo Chávez cometió un error imperdonable para la izquierda y fatal para una sociedad: haber convertido a las Fuerzas Armadas en el principal sujeto político de Venezuela.

Las Fuerzas Armadas, particularmente en América Latina, encarnan todas aquellas características que la izquierda ha señalado como los principales obstáculos para construir una sociedad libre e igualitaria: son una institución vertical, autoritaria y profundamente conservadora (amén de que en Venezuela han estado históricamente permeadas por la corrupción). Su misión apunta precisamente a preservar el orden y la estabilidad. Por naturaleza se oponen a cualquier proceso que busque alterar el orden constituido (no necesariamente la Constitución), provocar conmoción social o generar un cambio radical en las relaciones de poder. Inclusive desde el discurso marxista siempre se las calificó como la columna vertebral del sistema capitalista. Por ello, haberles encomendado una responsabilidad supuestamente revolucionaria, como ocurre en Venezuela, no tiene otra consecuencia que el sacrificio indefinido de la sociedad civil. Y, por consiguiente, de la democracia.

Esta decisión también tiene efectos devastadores para una sociedad. Por los próximos años o décadas, la política en Venezuela tendrá que hacerse al interior del estamento militar, tal como sigue ocurriendo en aquellos países árabes donde las “revoluciones” surgieron y se afirmaron a partir de procesos militares (Egipto, Libia, Siria, Irak). Las disputas entre jefes y facciones reemplazan a la lucha política, a la organización social, al debate parlamentario. Corporativizar militarmente la política no solamente excluye a muchos actores políticos; excluye sobre todo al pueblo, lo enajena. Hoy, el reconocimiento de los resultados electorales del 6 de diciembre ha tenido que pasar por el cedazo de la Fuerzas Armadas, cuando en esencia debería tratarse de un evento predominantemente civil.

Pero el nudo del populismo reposa más al fondo. La mayor aberración de estos regímenes es que desarrollan una capacidad extraordinaria para armar redes clientelares autoritarias, cuya función no es otra que multiplicar las relaciones jerárquicas y la posición subordinada de las bases sociales. Se establece así una lógica de reparto-complicidad-adhesión que solo opera gracias a la abundancia de recursos. En esas condiciones se restringe irremediablemente la autonomía de las organizaciones sociales. Poco a poco la sociedad pierde su perspectiva política –es decir su capacidad de decisión e iniciativa– en beneficio del “proyecto” oficial. Esta verticalidad del poder desemboca en una desconexión progresiva entre la dirigencia policita y las bases sociales.

El chavismo enfrentó desde sus inicios una tendencia irreversible a la burocratización y jerarquización de su dirigencia. Y lo más grave fue que este fenómeno ocurrió en medio de un modelo capitalista que favorecía la corrupción, el despilfarro y la discrecionalidad en el gasto público. Es decir, en un paraíso para el clientelismo. Como lo señalan algunos chavistas críticos, en estos años se creó una casta de funcionarios públicos bolivarianos cuyos lujos y excentricidades provocan la envidia del más rancio de los oligarcas, así como el rechazo del pueblo.

En tales circunstancias, y sin pretender eximir de responsabilidad a las evidentes limitaciones políticas de Maduro, hay que señalar en su descargo que a él le heredaron un dispositivo inoperante: un autobús con errores de diseño, con fallas de fábrica, sin repuestos y quemando aceite. Y encima le pidieron que ganara una competencia de rally. La disyuntiva es dramática: si acelera, se va al despeñadero; si frena, se le vienen encima los pasajeros.