LA UNIDAD QUE NOS CONVIENE. Por Jorge Oviedo Rueda

Jorge Oviedo

 

07 de Febrero 2016

La irrupción de la ECUARUNARI -encabezada por Carlos Pérez Guartambel en la sesión que Pachakutik había invitado a la derecha para discutir el tema de las alianzas electorales, tiene tintes históricos. Por primera vez un sector del movimiento indígena comienza a espantar a sus propios fantasmas, a sacudirse de sus tabúes, a superar el miedo racista de su incapacidad. Ese acto equivale a salir de la adolescencia y a usar los pantalones largos de la madurez política.

El significado histórico no está en haber tomado distancia de la derecha, sino en haberse opuesto a sectores del mismo movimiento indígena que no ven posible el crecimiento político sin apoyarse en ella y en su avanzada ideológica que es el centro. Este acto demuestra la existencia de un germen activo de pensamiento propio, crítico, destinado a crecer hasta triunfar.

EL PROBLEMA HISTÓRICO DE LAS ALIANZAS

El comunismo de la Tercera Internacional, antes y después de la Segunda Guerra mundial, impuso a sus satélites la tesis del Frente Popular, sostenida en la concepción económica del desarrollo de la burguesía nacional y en la tesis política de la lucha contra el fascismo. El comunismo consular impidió, durante todo el siglo veinte, la tendencia natural del movimiento popular a conformarse como un frente clasista que hubiera enfrentado a sus enemigos de clase y adquirido experiencia en la lucha. Junto al comunismo, el socialismo subordinó la política de izquierda a una versión reformista de centro que priorizaba las alianzas con todos los sectores que iban del centro a la izquierda. Esta concepción de la política de izquierda se decía ser la versión “racional” y “sensata” que permitiría competir, en igualdad de condiciones, con la oligarquía. Pese a sus sistemáticos fracasos, en esa izquierda oficial, nunca se revisaron estas concepciones.

La Revolución cubana, en la década de los años sesenta, remueve las bases de las concepciones demo burguesas arraigadas en la izquierda oficial latinoamericana. Su ejemplo oxigena las anquilosadas concepciones comunistas del Frente Popular y activa el gatillo de la experiencia guerrillera en la región, priorizando, en el nivel político, un tipo de alianza que va de la izquierda revolucionaria (guerrillera) al centro. Una verdadera revolución dentro de la izquierda que mereció la contraofensiva imperialista y tuvo su fin en la derrota del Che en Bolivia.

La Unidad Popular de Allende en Chile demostró, en la práctica, que un frente clasista que aglutine a las fuerzas que van desde la izquierda hasta el centro era posible. Allende propuso una alianza programática cuyo eje fue un programa nacionalista encaminado al socialismo. Su triunfo demostró la corrección de este planteamiento, que, lamentablemente, ha sido ignorado e, inclusive, combatido, por la izquierda tradicional en América Latina. La cruenta derrota del gobierno de la Unidad Popular a manos del imperialismo sólo demuestra cuanto pánico causa un proyecto de esta naturaleza en las fuerzas de la reacción, tanto internas como internacionales.

Por principio, las fuerzas de la izquierda revolucionaria en América Latina, no pueden dejar de estar de acuerdo con los procesos insurreccionales de los pueblos que surgen como consecuencia de haberse agotado todas las opciones de la democracia burguesa, inclusive la que Ñucanchic Socialismo ha llamado la “democracia dinámica”[i]; para lo cual es necesario diseñar un nuevo modelo de alianzas, cuyo contenido principal sea la definición de un programa anticapitalista y posextractivista a cuyo alrededor giren las fuerzas que vayan de la izquierda revolucionaria al centro político.

En eso consiste el alcance histórico de la irrupción de la ECUARUNARI en la sesión de Pachacutik el 26 de enero de este año, no porque sirvió para demostrar que importantes sectores del movimiento indígena marcan distancias con la derecha política, sino porque demostró que hay fuerza para oponerse a una dirección política dentro de sus propias filas que no comprende ni la Historia, ni el alcance verdadero de su lucha, ni las actuales condiciones históricas en que se desenvuelve el movimiento popular. Esas sucesivas direcciones de los sectores sociales y de la izquierda tradicional, han enrumbado por senderos equivocados al pueblo y, el mérito de este acto está en que por primera vez sus propias bases les corrigen el camino en algo que es tan fundamental.

A vuela pájaro las consecuencias de esa falta de confianza en su propio pensamiento y posibilidades demostradas por esas “dirigencias históricas” son las siguientes:

  1. Amorfismo en el movimiento popular
  2. Indefinición ideológica
  3. Debilidad programática
  4. Falta de líderes políticos
  5. Dependencia del centro “progresista”
  6. Inmediatismo en la lucha
  7. Ausencia de proyecciones políticas estratégicas
  8. Electoralismo y
  9. Oportunismo

En la práctica el movimiento indígena y popular, en general, no ha podido marchar con independencia de clase. Sus dirigencias han obligado a sus bases a ser mero apoyo electoral del “centro progresista”, como se evidenció en las elecciones del 2006 que llevaron al poder a Rafael Correa Delgado.

NO HAY UNA, SINO DOS UNIDADES

El Discurso de la unidad del movimiento popular con la derecha es el discurso de la dominación que aprovecha las debilidades ideológicas de los mismos dirigentes populares para mantenerla, se basa en la chauvinista visión de la “patria en peligro de disolución”, en la amenaza de las “fuerzas del caos” que quieren desarticularla para entregarla al mejor postor. La única salida a esta apocalíptica visión, según ellos, es que el movimiento indígena-popular se suba al barco de la “restauración nacional”, timoneado, por supuesto, por la derecha. Algunos, inclusive, llaman a interrumpir la democracia para elegir un “notable” que, en un periodo de tiempo, ponga orden y llame a elecciones. Nada de esto es ´posible, no sólo por absurdo, sino porque de darse en la realidad se salvaría la patria de la oligarquía y el que saldría perdiendo, como siempre, sería el pueblo. Para Ñucanchic Socialismo, Nuestro Socialismo, no hay una, sino dos unidades.

La una es la unidad de la oligarquía, la que defiende sus intereses de clase, la de los banqueros, industriales, terratenientes, comerciantes, exportadores, importadores, contrabandistas, empresarios, profesionales comprometidos con los de arriba, mercachifles de la educación, agro empresarios, sacerdotes dogmáticos, militares sin conciencia, empresarios de la comunicación, en fin, toda es pléyade de actores sociales que sostienen y lucran del actual orden de cosas, que pueden poner su vida y sus fortunas para defenderlo y obedecer ciegamente a sus aliados mayores del imperio. Estos grupos, en sociedades como la nuestra, necesitan correas de transmisión que les vincule con los sectores populares, a nombre de los cuales dicen actuar. Los líderes populares y de izquierda que aceptan esta unidad son esas correas. Actúan sin pudor ni inocencia alguna, conscientes de su triste papel. El disfraz más adecuado para estos líderes populares manejados por la derecha, es el “reformismo”, el “progresismo”, la “racionalidad” y la “sensatez” política que, dicen, se plantea sólo metas posibles, algo concreto, que progresivamente ayude al pueblo a alcanzar sus metas históricas.

Esta conducta no es nueva en la historia política del Ecuador, pero si el pasado, de alguna manera puede justificarse, no es posible justificar la repetición de ese error hoy en día. Con Rafael Correa Delgado se terminó el ciclo de la ingenuidad del movimiento popular. La irrupción de la ECUARUNARI marca ese fin.

LA UNIDAD QUE NOS CONVIENE

La segunda es la unidad popular, la que nos conviene a los que somos pueblo o pensamos como pueblo. Es la de los trabajadores, campesinos indios, trabajadores de la construcción, peones asalariados, obreros, maestros, profesionales independientes, estudiantes pobres y conscientes, minorías sociales, artesanos, pequeños comerciantes, vendedores informales, desempleados, amas de casa, pequeños propietarios, en fin, es la unidad de todos aquellos que tienen la “necesidad histórica de liberarse del capital más aquellos sectores que han tomado conciencia de la tragedia ecológica que amenaza a la humanidad”[ii] y de aquellos pequeños movimientos ´políticos que, teniendo razón histórica, tienen poca fuerza en el seno del pueblo.

Esto es lo que llamamos un Frente Clasista, a la manera de lo que fue la Unidad Popular de Salvador Allende. Sólo en el seno de esta unidad es posible definir un programa anticapitalista y posextractivista; sólo en el seno de esta unidad es posible ponernos de acuerdo en el ideal de construir un Estado plurinacional e intercultural; sólo en el seno de esta unidad es posible definir y establecer una concepción sobre el nuevo régimen de propiedad; sólo en el seno de esta unidad es posible ponernos de acuerdo sobre el poder revolucionario y la conveniencia de cambiar la naturaleza de la democracia; sólo en el seno de esta unidad es posible escoger las figuras que representen fiel y lealmente estos ideales.

Se trata de una unidad que va de la izquierda anticapitalista al centro reformista, no al revés, que no niega las alianzas, pero define con claridad su posición ideológica y los principios políticos por los que lucha. Eso simboliza la irrupción de la ECUARUNARI.

El fantasma que agitan todos aquellos que no coinciden con esta posición es el del aislamiento. Es el caso de movimientos políticos como Democracia si, Poder Ciudadano, Concertación, el propio Pachacutik, los socialistas reencauchados de Ayala y compañía, el ex MPD, etc., etc. Lo hacen siempre desde una perspectiva electoral. “Un Frente con esas características” –dicen-, “no tiene chance de triunfar”, lo que puede ser cierto desde una óptica electoral, pero falso desde una perspectiva revolucionaria. Sin acumulación de fuerzas nunca triunfaremos y el crimen de esa izquierda consiste en haber creído y seguir creyendo en el inmediatismo electoral. Décadas enteras han impedido que el movimiento popular acumule fuerzas. Ya no se puede seguir cayendo en esa trampa. Un Frente Electoral Programático es la solución. El sacrificio de hoy será la garantía del triunfo de mañana.

Lo que el centro político -la izquierda histórica incluida-, parece no entender, es que con Correa se terminó el ciclo del “progresismo”, a su izquierda sólo puede estar una propuesta auténticamente revolucionaria que debe fortalecerse para triunfar e impedir así el salto hacia atrás de una ofensiva de derecha, como ya sucedió en el Argentina.

Ñucanchic Socialismo cree en esta unidad, la proclama y la defiende. Cree que en su seno se forjarán los nuevos líderes y que en ella surgirán los planteamientos programáticos de su acción. En ella está el pensamiento de la alteridad, destinado a cambiar los actuales fundamentos civilizatorios y en ella está la nueva democracia y los nuevos valores y la vida nueva del Sumak Kawsay Revolucionario.

NOTAS

[i] Véase Oviedo Rueda, Jorge: https://nucanchisocialismo.com/2015/09/05/la-democracia-autoritaria-del-correismo-vs-la-democracia-dinamica-del-movimiento-popular-2/

[ii] Véase: Oviedo Rueda, Jorge: https://nucanchisocialismo.com/2016/01/04/ecuador-frente-de-unidad-electoral-u-oposicion-programatica/