MISERIA DEL POSTCOLONIALISMO. Por Grace Jaramillo

grace-jaramillo
Cuatro Pelagatos
04 de febrero  2016 

Creo sinceramente que el movimiento indígena fue uno de los más grandes éxitos de transformación social en todo el siglo XX en el Ecuador. Y lo fue porque los principales logros vinieron de su sacrificio, capacidad de movilización, perseverancia y sí, mucha paciencia. Paciencia con el lentísimo ritmo de cambios en el régimen hacendatario, a pesar de la lucha para tumbarlo; paciencia con la aún más lenta reforma agraria y las dubitaciones de gobiernos civiles y militares y aún mayor paciencia esperando que la sociedad evolucione a la par y superara su agudo clasismo y racismo que, por años ha mantenido una solapada conducta de “acepto que tienes derechos, pero no cerca de los míos”.

Pero en la última década del siglo XX, todo se aceleró. No sólo que los indios ganaron por primera vez el total reconocimiento de sus derechos políticos y civiles, sino que además tuvieron acceso privilegiado a la mesa de discusiones políticas, desplazando –tal vez para siempre- al movimiento sindicalista que hasta los años 80s ocupaba esa posición contestataria al poder y defensora de los derechos de la clase trabajadora. Tal vez los que nacieron en esa década no lo recuerden, pero durante el gobierno de Sixto Durán Ballén, Luis Macas revirtió varias veces duras medidas económicas, como alza de la gasolina o el gas de uso doméstico, solo anticipando paros nacionales. En la segunda mitad de la década, Blanca Chancoso logró paralizar la privatización de las eléctricas y luego las telefónicas. Por si no lo saben, los presidentes del CONAM (Álvaro Guerrero o Ricardo Noboa por ejemplo) le tenían reconocido temor. No me voy a poner a discutir si estuvo o no bien que no se vendieran, creo que en el primer caso fue mejor así y en el segundo no, eso es otro tema. Eso sin contar con que su espacio de liderazgo nacional fue reconocido directamente por el Banco Mundial con el programa PRODEPINE; que lideraron la educación pluricultural bilingüe y que crearon su propia universidad. Hacia el fin del siglo, fueron los protagonistas hasta de un golpe de Estado que terminó de probar al país no sólo la fortaleza de sus cuadros, sino también su capacidad de resistencia y movilización. Sobra decir que el FMI y el Banco Mundial hablaban con sus líderes primero, antes de hacer el borrador de sus cartas de intención, tan sólo para ganar tiempo. Lo fundamental aquí es entender que el movimiento indígena cambió el país y el país cambió con el movimiento indígena.

Si en el escenario nacional ecuatoriano es difícil ver este salto cuántico, tal vez sea mejor hablar comparativamente. No hay otro país en el continente donde el movimiento indígena tuviera tantos avances como en el Ecuador desde 1990, todo esto con un número mínimo de muertos comparado con otros países en América Latina. En Bolivia, el movimiento indígena sólo logró ese nivel de influencia tras la victoria de Evo Morales en las elecciones presidenciales del 2005. Cabe recordar que la revuelta contra Sánchez de Lozada que precedió su triunfo costó 64 vidas. En México, el movimiento indígena ha sido acorralado cuando no perseguido o masacrado. En Guatemala, aparte del reconocimiento internacional de Rigoberta Menchú, la influencia política real de los indígenas es cercana a cero. Igual se puede decir de Perú, Colombia y Venezuela. En Canadá, los indígenas tienen un reconocimiento estatutario de la corona británica y territorios reconocidos, pero ninguna influencia política. La mayoría vive en condiciones de pobreza y marginalidad, cuando no violencia, drogadicción y alcoholismo. Apenas este año -2016- el gobierno ha reconocido todo el daño social, el abuso y la represión causados por las escuelas residenciales donde obligaban a los niños a crecer sin sus padres para “civilizarlos”. Ecuador es el primer país que tuvo la primera mujer canciller indígena en toda América y fue la primera mujer canciller en el Ecuador. Esa misma mujer fue la primera magistrada indígena de una Corte Constitucional en América Latina.

En síntesis, el movimiento indígena ecuatoriano ha sido el gestor, sujeto y promotor de su propia historia, y quiere vivir bajo sus propios términos. Y de que ha demostrado que sí puede cambiar su realidad y dejar atrás, bien atrás, el pasado opresor, sea éste español o hacendatario. Sin resentimientos, sin complejos.

Escribo todo esto porque como ciudadana y admiradora lejana del movimiento, me ha conmovido hasta los tuétanos las acusaciones de Natalia Sierra en PlanV y Ana Acosta en LíneadeFuego de “racismo” a propósito de la reunión de Pachakútik donde se iba a discutir la posibilidad de hacer acuerdos nacionales. ¿Cómo es racista pensar que uno de los actores sociales más importantes del Ecuador debe estar en cualquier acuerdo nacional que se precie en llamarse así? ¿Cómo es racista llamar a un diálogo reconociendo precisamente que hace rato el movimiento indígena ha dejado atrás el escenario de opresión y lucha –como otros grupos políticos- por hacer escuchar su voz, a pesar de la opresión correísta? ¿Su tesis es jamás dejar el pasado atrás? ¿Eso pretenden que haga el movimiento indígena, que jamás repiense su visión del escenario nacional o sus posturas políticas, cualquiera que éstas sean? ¿No creen que son ustedes las que están haciendo el papel de guardianas ideológicas del movimiento indígena y que tal vez –como mishus que son- pueden estar equivocadas? ¿No son ustedes las que, invocando a Zizek o al postcolonialismo de Pivak, usan categorías que no son aplicables en el caso ecuatoriano? ¿No es eso también postcolonial? ¿Es más revolucionario entonces trastear el liberalismo de José Hernández y burlarse de su idea de democracia que trastear de una vez por todas las fijaciones mentales sobre la revolución cubana (que dicho sea de paso acabó con los indígenas en Cuba) o el TLC porque supuestamente regresan las carabelas si es que se firma con Europa o, porque se van a llevar el agua en naves nodrizas, si es que con los gringos? Por supuesto que el capitalismo es un sistema económico lleno de desigualdades y problemas, pero ¿estábamos todos mejor con el feudalismo acaso? Mejor pregunta aún ¿conocen ustedes algún caso donde el intento de acabar con el capitalismo no haya sido peor remedio que la enfermedad, tanto para indígenas  como para no indígenas?

¿Por qué es tan terrible que algunos líderes indígenas quieran ser exitosos dentro del capitalismo y no luchar para echarlo abajo? Porque por ahí parece estar el origen de las divisiones y animadversiones, el reformismo o tal vez mejor decir el pragmatismo de algunos líderes indígenas. Al parecer es herético que Salvador Quishpe, Auki Tituaña, Mariano Curicama hayan buscado otros caminos, que hayan sido exitosos insertándose en el mercado, entendiéndose con otros grupos, generando mejores condiciones para sus pueblos… cada día, en lo cotidiano. ¿Por qué es tan malo que ellos se hayan dado cuenta de que la revolución es aquí y ahora en cada nuevo puesto de trabajo que ayuden a crear para sus jóvenes, en cada nuevo proyecto que mejore las condiciones de vida en su comunidad? ¿Deberían esperar a la revolución social de izquierda sin ambages para transformar sus respectivas colectividades? Según ustedes ¿no hay cómo intentar siquiera construir y negociar en democracia un sistema más justo? Apenas algunas preguntas de una lista más larga sobre el tema no resuelto de qué es ser de izquierda hoy, en febrero de 2016.

Sinceramente creo que son ustedes las que están subestimando al movimiento indígena, no el resto de mishus que en algunos casos los temen (la derecha) y en otros casos los respetan y necesitan (el centro izquierda democrático). Sinceramente son ustedes que, tras haber trabajado y crecido bajo el liderazgo del querido Alberto Acosta, quieren tener secuestrado en su imaginario mítico al movimiento indígena con absoluta pureza ideológica y se resisten a dejarlo cambiar a su propio ritmo y bajo sus propios términos. Alberto es un gran intelectual de la izquierda pero su incapacidad de procesar visiones aunque sea un poquito contrarias a su verdad es ya legendaria. Sinceramente ustedes también están atados al pasado o, peor aún a conceptos primermundistas como extractivismo o imperialismo que no dejan de ser también poscoloniales. Piénsenlo, “ismo” significaría una tendencia acelerada, pero América Latina lleva explotando minerales por siglos y petróleo por décadas y nunca tuvo minería a gran escala, excepto la fugaz excepción de Zaruma. No sé ustedes, pero me parece que hay muchas muletillas internacionales que circulan por ahí –muy de izquierda todas ellas-, que necesitan repensarse para en el caso ecuatoriano y no repetirlas porque sí.

Más allá del debate, lo triste es que como ecuatorianos –indígenas y mishus por igual- no podamos olvidar, perdonar si es necesario y reconciliarnos, si hasta en Chile, Argentina, Sudáfrica, con miles de muertos de por medio, eso ha sido posible. Lo triste es que no hagamos ni una mínima revisión ideológica (Cuba, Venezuela) pero pontifiquemos lo mismo en los demás. Lo triste es que no podamos poner de lado diferencias políticas e ideológicas aunque sea para conversar si es posible dialogar. Lo triste es que el resentimiento y los complejos –de nosotros mestizos simpatizantes de izquierda, no del movimiento indígena- pueda más que la crisis política, económica, social que está golpeando al país. Lo triste es que el movimiento indígena, como dice Natalia y Ana, “el actor social mejor movilizado del país” se niegue a tender la mano para una transición democrática. Eso es lo realmente triste. A este paso, la verdadera quimera es tener algún día algún proyecto de país que sea inclusivo y de largo plazo, donde sea posible vivir en democracia, aunque coexistan diversos proyectos económicos con prioridades distintas. A este paso siempre van a ganar el caudillismo y la polarización.

A todos nos preocupa los antecedentes éticos de quienes dialogan, pero no podemos suplantar a jueces independientes y dictar sentencia desde nuestros escritorios.

El movimiento indígena puede hablar por sí mismo y tiene intelectuales de prestigio para hacerlo: Luis Maldonado, Ariruma Kowii, Luis Macas, Nina Pacari, para apenas nombrar algunos. Tienen una líder valiente en el Congreso como Lourdes Tibán. Ellos decidirán si se abren o no a las discusiones, al diálogo y quién sabe si a algún acuerdo nacional, aunque sea para salir del correísmo y restaurar la democracia. No estarían claudicando, sino tan sólo reconociendo su importancia para cualquier proyecto compartido de país. No necesitan de arcángeles guardianes que se indignen por ellos.

Todavía es una asignatura pendiente que el movimiento y su brazo político  -Pachakútik- presente su propuesta o su visión sobre el Ecuador del futuro y ese camino alternativo que siempre han demandado de los otros. Sería una excelente manera de empezar a tender puentes hacia algún lado.