LA INGENUA GRACIA DE GRACE. Por Jorge Oviedo Rueda

18 de febrero 2016

Jorge OviedoLas páginas de La Línea de Fuego hacen honor a su nombre. En ellas se encuentran reflexiones escritas con la ardiente pasión de los que creen en sus ideas y se han ido convirtiendo en tribuna desde la cual se puede intercambiar ideas lejos del dogmatismo y de la cuadratura del círculo.

Esto a propósito de un artículo de Grace Jaramillo titulado Miseria del postcolonialismo en el que se queja de las ideas de dos autoras muy bien identificadas en nuestro medio político e intelectual: Natalia Sierra y Ana Acosta. La presente nota no es para defenderlas, ellas sabrán hacerlo por su cuenta, sino para comentar las ideas de fondo que sostienen el artículo de doña Grace.

Dice la autora que “el movimiento indígena cambió el país y el país cambió con el movimiento indígena” que no es lo mismo, pero es igual, me parece, digo; pero más allá del desliz, es absolutamente cierto, una verdad que no necesita demostración. El cambio fue para bien y tuvo el particular detalle de que los indios se invitaron solos a la fiesta de la democracia, a la cual nadie les había invitado desde inicios de la república. Ese fue un importante jalón en la lucha del movimiento popular, del cual es parte el movimiento indígena. Que como individuos tienen derecho a optar por el capitalismo y que Auki Tituaña y otros como él quieran aliarse con la derecha, también es cierto, y están en su derecho, pero de ahí a afirmar que la lucha de los indios puede ser para reafirmar un sistema de dominación como el capitalista, hay una distancia “cuántica” para usar un término que con tanta gracia usa Grace Jaramillo. Si así fuera no habría conflicto, pero no es así. Los pueblos y nacionalidades indígenas tienen otro ideal de vida, así como los sectores populares.

Autoras como Jaramillo son las que deberían de “trastear” su cerebro para mirar con claridad las nuevas condiciones en que se desenvuelve el movimiento popular a nivel latinoamericano en general y, de forma particular, en la región Andina. Hay una carga perversa de odio ideológico al querer medir al movimiento popular (incluidos los indios) con la vara de Cuba o de Venezuela o del fracasado “socialismo real”, venga de donde venga. Podrá haber quién lo haga, pero esos parámetros ya no son válidos, no es con ellos con los que podemos entender la nueva realidad de la lucha popular. Ni en Bolivia, ni en Perú, ni en Ecuador, los pueblos está calcando nada, lo que se están haciendo es creando, inventando la promesa de una nueva vida y están aprendiendo a creer en ella nuevamente, por eso resulta malintencionado preguntar si se conoce algún lugar donde el intento de acabar con el capitalismo no haya sido un remedio peor que la enfermedad o si se preferiría vivir en el feudalismo. No, el pueblo no quiere regresar al feudalismo, pero tampoco quiere seguir viviendo en este capitalismo inhumano, tiene derecho a soñar y luchar por una nueva vida. El “socialismo real” se quema ya en el infierno de la Historia y no podemos acusar al movimiento indígena-popular de quererlo revivir porque sería insultar su inteligencia y, peor todavía, insinuar que su papel debe ser base electoral de la derecha, porque eso ya no es postcolonialismo sino puro y simple colonialismo político y mental.

 

El ideal de vida que se forja hoy en el seno del movimiento indígena- popular tiene que ver con un cambio de las bases civilizatorias de la actual sociedad capitalista, cuyo motor enloquecido nos está llevando, ineluctablemente, al abismo. Si un líder popular (indio o mishu) no entiende esto, debe dar un paso al costado y entrar en las filas del empresariado, o de la dirigencia política de la derecha, o en el narcotráfico, o en el comercio o en el contrabando o en cualquier actividad que colme sus aspiraciones personales, pero no puede ser dirigente de un pueblo que intuye el cambio, que quiere el cambio y que lucha por un cambio con nombre y apellido. La reserva moral de una nación, que es el movimiento popular, no puede estar en manos de aquellos que buscan el éxito dentro del capitalismo, porque eso es convertirse en peones de la desigualdad, de la injusticia, del consumismo destructor. Una nueva vida la tenemos que volver a soñar, esa es la tarea revolucionaria de hoy, señora Grace.

Claro que se puede lograr la unidad, pero considerando que el movimiento popular está en la orilla opuesta de la oligarquía. El pueblo unido versus la oligarquía unida. ¿Por qué la oligarquía le tiene pánico a esta idea? Porque sabe que perdería. Cuando el pueblo proponga y el centro y la derecha acepten, sólo entonces será posible la unidad en la diversidad. La unidad como lo plantea Pachacutik o el doctor Enrique Ayala, arranca con ventaja para los de arriba y hace, en todo nivel, lo que se ha hecho desde la década de los 80s, cambios cosméticos en nuestra realidad, mientras la estructura ósea se mantiene. Yo también me alegro de que entre los indios haya personalidades como las de Blanca Chancoso, Luis Macas y tantos y que hayamos tenido como Canciller a una mujer indígena, pero ¿de qué sirven las personalidades y los cargos si el sistema político se mantiene?, ¿si hasta hoy nadie ha sido capaz de tocar con valentía el nervio principal de la nación que es la economía? El pueblo unido y diferenciado de sus dominadores podrá tender puentes a la oligarquía para discutir la unidad. Si no lo aceptan, entonces es cosa de ellos. Con un movimiento popular disperso, amorfo, enceguecido por los procesos electorales, lleno de oportunistas que piensan más en un cargo de elección que en los destinos de la patria y una oligarquía experta en sacar provecho de estas debilidades, la unidad en la diversidad no sólo que no es posible, sino que es el canto de sirena con el cual la oligarquía dominante, por intermedio de los dirigentes políticos de izquierda y populares que así piensan, mantendrán el orden de cosas establecido. No, señora, usted demuestra que no tiene capacidad para soñar. Sí hay otra forma de vida.

Claro que es una asignatura pendiente la propuesta del Ecuador del futuro, como usted dice. El mismo hecho de que en el seno de la izquierda y el movimiento popular no se lo haya hecho durante tanto tiempo, demuestra que se le ha permitido a la derecha pelear con ventaja en las lides políticas. La derecha ha hecho su juego y ha ganado y nadie puede reclamarle porque pega más duro (como es el caso del correismo, en cuyo triunfo la izquierda tienen directa responsabilidad), es esa izquierda la culpable de no haberse preparado y haber perdido siempre, es ella la que ha llevado por causes equivocados al movimiento popular, pero estos son otros tiempos. Hace pocos días la ECUARUNARI advirtió a los dirigentes de Pachacutik que una unidad electoral con la derecha no la iban a aceptar. Ese es el camino, señora Grace, aunque “líderes” como Lourdes Tibán o Enrique Ayala Mora pongan el grito en el cielo.[i]

Son otros tiempos, señora. La propuesta del Ecuador del futuro no necesariamente vendrá de la mano de Pachacutik, hay una nueva izquierda en el Ecuador que está pensando y soñado esa propuesta. Ñucanchic Socialismo, Nuestro Socialismo, trabaja en ella. Considera que esa es la tarea revolucionaria más importante del momento, febrero de 2016 y no la desesperada lucha electoral, a cuyo término aumentaremos la ya larga lista de notables, – indios o mishus – y seguiremos con el mismo país de siempre. ¿No le parece?

NOTAS

[i] En la misma edición de La línea de Fuego en la que aparece su artículo, se publica también uno de mi autoría que se titula La unidad que nos conviene, que le invito a revisar.