DESEO UTÓPICO, SOBERANÍA Y DEMOCRACIA. Por Lizardo Herrera

01 de marzo 2016

El materialista histórico no puede renunciar al concepto de un presente que no es transición, sino en el que el tiempo está en equilibrio e incluso ha llegado a detenerse. Porque este concepto justamente define ese presente en que él escribe historia por su cuenta. El historicismo nos plantea una imagen “eterna” del pasado, el materialista histórico nos muestra una experiencia única con éste.  Walter Benjamin

 

Lizardo Herrrera 2En estos últimos meses, hemos sido testigos de varios acontecimientos importantes: por un lado, la candidatura de Bernie Sanders en los Estados Unidos, el triunfo de la izquierda en Portugal, PODEMOS y sus contradicciones en España; por otro, la creciente fortaleza de Donald Trump con su discurso facistoide anti-inmigración e islamofóbico; la emergencia y retroceso de Syriza en Grecia; la incapacidad de la clase política española (en especial del PSOE) para formar un gobierno progresista y la crisis de los gobiernos neopopulistas latinoamericanos tras la estrepitosa derrota electoral de Nicolás Maduro en Venezuela, el triunfo del derechista Maurizio Macri en la Argentina y el revés de Evo Morales, el representante más interesante de estos gobiernos, en el referendo que planteaba su reelección indefinida.

Con el propósito de arriesgar una respuesta en favor de un planteamiento progresista ante un panorama global tan confuso, voy a privilegiar una discusión particular: la crisis de los llamados progresismos en América del Sur, en concreto el caso ecuatoriano, y la emergencia de Bernie Sanders en la campaña presidencial estadounidense. En Ecuador, vemos cómo los estudiantes secundarios del Montúfar (un colegio tradicional de los sectores populares quiteños) resisten la furiosa arremetida del correísmo cuyo clientelismo político alcanza su mejor expresión en el lema: “Con el Estado, todo; sin el Estado, nada”. En Estados Unidos, en cambio, Sanders ha despertado un entusiasmo inusitado en contra de un sistema corrupto y oligárquico que no tuvo empacho en salvar a Wall Street en el 2008 o que pone al Estado al servicio de la acumulación económica del 1% más rico de la población.

En el caso ecuatoriano, el uso de la palabra Estado genera cada vez más mayor rechazo dado que el correísmo utiliza el aparato de Estado (no solo el poder ejecutivo o gobierno, sino los organismos de control y las diferentes cortes) en beneficio de su partido político, Alianza País, y para perseguir a la oposición, especialmente, a las organizaciones populares cuyos líderes enfrentan juicios por sedición o hasta terrorismo en un país donde no hay terrorismo. Sanders, en cambio, al igual que Correa en sus inicios, reivindica un rol más activo del gobierno para garantizar el acceso a la seguridad universal, la educación universitaria gratuita, una base impositiva mayor para Wall Street, etc.; pero no ancla su proyecto en el acceso y control del Estado, sino que propone una gran alianza con las organizaciones o movimientos populares. ¿Cómo analizar la contradicción entre el ejercicio correísta del poder y la alianza progresista del candidato demócrata?

En primer lugar, me gustaría recuperar un debate que se llevó a cabo por el 2002 en la Universidad Andina Simón Bolívar en Quito y la entrevista del político español, Pablo Iglesias, al reconocido intelectual italiano, Antonio Negri, en su programa Otra Vuelta de Tuerka a finales de mayo del 2015 (https://www.youtube.com/watch?v=BOpTvdOXF9U).

En Quito, se abrió un debate sobre el libro Imperio, escrito por Negri en coautoría con Michael Hardt, cuya tesis central plantea una crítica profunda a la noción de la soberanía moderna. Mientras, desde la derecha, se criticó al libro porque la soberanía se fortaleció gracias al gobierno estadounidense de George W. Bush (los discursos de la seguridad, la pax americana y la guerra contra el terrorismo); desde la izquierda, especialmente después de la victoria de Hugo Chávez en Venezuela en 1998, se pensó que la soberanía estatal era la única herramienta para oponerse a las reformas neoliberales favorables al capital transnacional y cuya implementación significa la expansión de la precarización social.

En la entrevista, Iglesias se alinea con la segunda postura. La defensa de la soberanía es lo que, según él, permite contrarrestar con éxito al neoliberalismo; por eso, Rafael Correa se ha transformado en una guía o símbolo para Iglesias y su partido. Lastimosamente, desde mi punto de vista, el Estado correísta le dio un giro radical a la discusión que Iglesias desconoce o calla y que las posiciones de izquierda en el debate mencionado fueron incapaces de reconocer en su momento. Ahora, como lo demuestran las marchas del Montúfar y otras anteriores que han venido ocurriendo en el Ecuador, estamos ante un modelo autoritario en franca guerra contra el movimiento social (indígena, obrero, feminista, ecologista, estudiantil, maestros, jubilados, etc.).

Aunque es cierto que el correísmo implementó algunos programas en beneficio de los sectores populares y al inicio de su gobierno hubo un impulso democratizador, algo sin duda positivo, es indispensable dejar de pensar la soberanía estatal posneoliberal solo desde lo social. En lo político, en mi opinión, la soberanía sigue siendo una categoría muy problemática; por ejemplo, la seguridad nacional es el eje central del proyecto militarista de los halcones republicanos de Estados Unidos; mientras que en lo económico, la modernización neodesarrollista (“el cambio de matriz productiva”) en lugar de inclinarse por el ser humano, como lo asume Correa, favorece al capital representado por el agronegocio o la agroindustria, la agroexportación, el capital financiero (los créditos chinos con intereses exorbitantes), el capital trasnacional (grandes capitales/proyectos mineros o petroleros) o grupos importadores tradicionales.

En este sentido, la inversión social del gobierno de Correa en lugar de favorecer un proyecto democratizador, se transformó en asistencialista debido a que ha estado y continúa dirigida a garantizar la permanencia de Alianza País en el poder y a ampliar la base de consumo de la población. La caída de los precios del petróleo demuestran que no ocurrió la anhelada transformación del aparato productivo y que además el gasto del Estado únicamente se pudo llevar a cabo mientras se disponía de ingentes cantidades de recursos provenientes de la venta del petróleo a precios muy altos. Ahora, que no hay acceso a tales recursos, el país va en camino de una severa crisis económica, política y social.

Negri, por su parte, responde a Iglesias que es necesario pensar en un Estado múltiple, en la construcción de una institucionalidad diferente –no el centralismo burocrático– y, sobre todo, en dotar de fuerza social al Estado por medio de la alianza con los movimientos sociales que son los que le dan sentido. Justo lo contrario al proyecto político o la visión de Estado que tiene Correa.

En la coyuntura actual, creo que quien mejor representa el planteamiento de Negri es Bernie Sanders. Sin embargo, antes de desarrollar este argumento conviene detenerse en ciertos puntos que considero importante aclarar. Cierta clase política y varios analistas –¿profesionales de la política?– confunden el discurso de Sanders anti-status quo y su reivindicación de las clases populares como un ejemplo de la antipolítica. Uno de los temas que más ha capturado mi atención es el deseo utópico (o si se prefiere heterotópico) en la propuesta del candidato demócrata; pienso que lo que estos analistas confunden o definen como antipolítica coincide con un legítimo deseo de cambio ante un sistema que a pesar de que se autodenomina democrático, es profundamente oligárquico como lo demuestra la crisis estadounidense del 2008, crisis de impacto global y de la que aún no hemos podido salir en su totalidad.

El entusiasmo que despierta Sanders en ciertos sectores, entre los jóvenes en particular, es similar al que ocurrió en el Ecuador en el 2006 con la candidatura de Rafael Correa. Los electores del candidato demócrata, tal como los de Correa en su momento, sienten que el sistema beneficia a las élites económicas y es incapaz de ofrecer soluciones concretas a sus necesidades más urgentes como son el incremento desmedido de la deuda privada, los altos costos de la educación universitaria, el acceso limitado a los servicios de salud, el desempleo o el difícil acceso a la vivienda.

Una de las críticas más comunes a Sanders es que su apuesta por la seguridad universal y la educación universitaria gratuita es un discurso demagógico imposible de llevar a cabo, pues es demasiado oneroso e irrealizable en tanto no cuenta con apoyos entre la clase política. Esta crítica de índole pragmática o economicista, en último término, considera normal que un elevado número de personas, por su insolvencia económica, quede excluida de los beneficios o derechos citados y al repetirse este argumento con la frecuencia con que lo hacen los medios de comunicación estadounidenses, se naturaliza y se banaliza la exclusión social.

Reencantar el viciado mundo de la política

Propongo, por el contrario, entender el entusiasmo político o el deseo utópico que promueve Sanders –en nada compatible con el nihilismo o la antipolítica que sí se ve en los electores de Donald Trump, quienes responsabilizan a los migrantes o musulmanes de los problemas en Estados Unidos– como una forma de interrupción que permite reencantar el viciado mundo de la política. La interrupción, en este caso, implica ponerle el freno a un sistema excluyente que aunque se autodenomina democrático, está al servicio de los poderosos y en contra de los intereses de las mayorías; pero no significa una apología de la violencia ni busca chivos expiatorios sobre quienes descargar su ira.

El deseo utópico como interrupción no culpabiliza a “los extranjeros” ni promueve el racismo; por el contrario, entusiasma a mucha gente que se había apartado de la política en la medida en que la consideraba alejada de sus necesidades materiales. Cuando este deseo irrumpe en la escena pública, denuncia un sistema que ha devenido una máquina de producción de miseria; pero no se satisface con invocar la destrucción de un enemigo, sino que demanda la activa participación/unión de la gente para encontrar soluciones a los problemas de todos. Estamos, por tanto, ante un deseo democrático muy profundo que se materializa o adquiere un cuerpo en el momento en que define la salud, la educación superior o la vivienda como un derecho. Esto quiere decir que el objetivo no es la destrucción del otro, sino la interrupción de un sistema violento. La prioridad, e este modo, está en la mejoría de la calidad de vida de los ciudadanos, quienes así pueden exigir y presionar a una clase política corrupta la satisfacción estos derechos, no su obstrucción escudándose en el insípido discurso de la imposibilidad pragmática.

Si volvemos al Ecuador, los críticos de derecha confunden democracia con un sistema que nunca ha sido democrático en tanto su base está en la expansión de la exclusión social y económica. Un buen ejemplo de esta corriente se puede ver en las columnas del periodista José Hernández que ahora se autodefine como pelagato para subrayar su oposición a Correa, quien usa este calificativo para deslegitimar a quienes participan en las marchas contra él. Este periodista (pelagato) recurre a la imagen de la “izquierda extrema” para describir a un gobierno que favorece “la concentración de poder, partido hegemónico, centralismo unívoco, prensa oficial, criminalización de la protesta, sociedad convertida en ente sospechoso, aparatos de propaganda, inteligencia y represión, caudillo del cual todo parte y por el cual todo pasa…”(http://4pelagatos.com/2016/01/29/la-izquierda-extrema-o-el-parque-jurasico/).

Estoy de acuerdo que el socialismo real cayó en los vicios del totalitarismo (varios intelectuales de izquierda radical lo han venido estudiando y denunciando hace ya varias décadas); pero al analizar el Ecuador, Hernández se equivoca de principio a fin. Las acusaciones que lanza más parecen el resultado de una imaginación/pasión desbordada debido a que no tienen asidero en el ideario, los programas concretos y, además, se deja de lado –¿desconoce?– la historia de las organizaciones que ataca. Luego, plantea una distinción arbitraria entre la práctica económica y la política del gobierno identificando a la primera como menos extrema que la segunda. La reforma política y el autoritarismo de Correa, sin embargo, están directamente vinculados a un proyecto de modernización que toma partido por el capital y no por el movimiento social o los trabajadores, como lo demuestran el último paquete de reformas laborales.

La retórica escandalizada de la caída del muro de Berlín para denunciar a una “izquierda extrema” que, a juicio del periodista, “sigue creyendo a pie juntillas, en los textos de Marx, en los esquemas de Lenin, en las prácticas de Stalin”, adolece de graves falencias. Primero, el fracaso del socialismo real, efectivamente un régimen totalitario, se debe a que tenía como meta incrementar la productividad y el crecimiento económico como lo han demostrado los pensadores del escuela de Frankfurt; es decir, no se proponía un cambio de las relaciones de producción, sino una radicalización de las mismas por lo que en realidad estamos hablando de una forma de capitalismo de Estado que, además, resultó ineficiente.

Si seguimos la distinción que Hernández hace entre lo económico y lo político, resulta que el autoritarismo correísta surge de un desmedido afán modernizador que tiene como meta incrementar la productividad; es decir, está relacionada con su modelo económico. El gran impulso a las políticas extractivistas, el cambio de matriz productiva y la reforma educativa correístas vuelcan su mirada hacia el capitalismo global; en consecuencia, su modelo de Estado más que una instancia de redistribución económica a partir de programas verticales, clientelares y muy poco transparentes, es una maquinaria autoritaria de control social puesta al servicio de los procesos de acumulación transnacionales y de la creación de cuerpos dóciles para el capitalismo global. En la medida que las organizaciones populares son las que más resienten este proceso de transformación y se resisten a ella, el gobierno las combate infiltrando sus organizaciones, creando organizaciones para estatales, reprimiendo sus protestas, por medio de juicios y otros procesos de intimidación, cuyo propósito en última instancia es apuntalar el modelo económico modernizador.

Segundo, mucha agua ha corrido debajo del puente después de 1989 y en la décadas de los 90 y los 2000, el Ecuador sufrió una de las crisis económicas más graves de su historia. Esto significa que el capitalismo neoliberal supuestamente democrático que derrotó al socialismo real tampoco fue capaz de resolver las necesidades de la gente y en el presente, continúa siendo una máquina de producción de miseria a nivel global, como lo demuestra la crisis estadounidense del 2008. ¿La continua alarma ante la caída del muro o “las prácticas de Stalin” acaso no se constituyen en un lugar común que se empecina en llamar democrático a un sistema claramente oligárquico y creador de miseria?

Aunque Hernández tiene razón al denunciar el autoritarismo de Correa, la visión de Estado de este presidente no es autoritaria por ser de izquierdas, sino, como lo vengo sosteniendo, porque pone el Estado al servicio de la acumulación capitalista y de las “nuevas burguesías”; es decir, es de derechas tanto en lo político como en lo económico. Este periodista también está en lo correcto cuando afirma que la visión de Estado de Correa es reaccionaria; pero se equivoca una vez más al atribuir sin base alguna un pensamiento totalitario a las izquierdas que se separaron del gobierno.

Es cierto que Correa llegó al poder montado en el programa de aquellos movimientos populares que resistieron en las calles la violencia de las reformas neoliberales como la austeridad económica, la privatización de los servicios públicos, la flexibilización laboral, los tratados de libre comercio, la eliminación de subsidios, etc. Pero estas organizaciones se retiraron porque el modelo correísta es autoritario tanto en lo económico que ya hemos analizado como en lo político. En este último aspecto, Alianza País bloqueó la posibilidad de una democracia participativa desconociendo las formas de autogobierno/autonomía de las organizaciones populares, hecho que se aprecia con claridad en la frase de Correa: “Con el Estado, todo; sin el Estado, nada”. En resumen, tanto el proyecto de modernizado económica como la centralización o concentración de poder que promueve el correísmo es incompatible con el proyecto político de las izquierdas mencionadas, cuyas tesis más importantes están en la defensa de la diferencia y la diversidad, la lucha contra el extrativismo, la soberanía alimentaria, el autogobierno y los derechos de las mujeres, los homosexuales y la naturaleza. Por todo lo dicho, me parece que la crítica de Hernández cae en la ingenuidad valga remarcarlo de un pelagato. ¿Acaso el presidente ecuatoriano y el periodista pelagato tienen las mismas formas de expresión en la medida en que ambas comparten la descalificación infundada y furibunda como el centro de su argumentación?

En este momento, quisiera retomar los aportes de Negri para entender la diferencia entre Sanders y Correa. El candidato demócrata, a diferencia del presidente ecuatoriano, no busca únicamente ampliar el gasto social en la infraestructura pública y garantizar la salud o la educación como un derecho universal, sino que propone una revolución política muy diferente a la de la Revolución Ciudadana. En los discursos públicos y varias entrevistas, Sanders entiende que el protagonista del cambio no es el acceso o la administración del Estado per se como lo malinterpreta Correa, sino la permanente movilización ciudadana como mecanismo de presión.

El candidato demócrata sostiene que su revolución se nutre, entre muchas otras cosas, de la experiencia de las multitudinarias marchas por los derechos civiles en contra de la segregación racial en Estados Unidos, de las formas de organización de las organizaciones feministas o de homosexuales que han sabido reivindicar sus derechos ubicándolos como una prioridad en el escenario nacional. Este candidato busca una revolución política en donde la gente asuma activamente el reclamo/la defensa de sus derechos en contra de la galopante desigualdad económica. El ciudadano al que se dirige Sanders es una persona activa y con discernimiento, no un mero consumidor o en un seguidor que confía ciegamente en las directrices de un gobernante que se autoproclama como el pastor de la nación o el jefe de todo el Estado.

Los retos de Sanders, sin embargo, son enormes. Primero, debe ganar la nominación demócrata a Hillary Clinton, la candidata oficial del Partido Demócrata y una figura muy conocida en los Estados Unidos. Este reto de por sí es bastante difícil de cumplir. Segundo, hay que pensar un proyecto más allá de la figura de Sanders que permita que el entusiasmo que ha despertado su candidatura fortalezca al movimiento social y pueda materializarse en esa institucionalidad múltiple y alternativa a la que Negri hace referencia. De todos modos, incluso si Sanders pierde la nominación, lo logrado por su candidatura ya es un gran triunfo, no solo para Estados Unidos, sino para resto del planeta. Primero, porque ha devuelto el tema de la desigualdad económica al centro del debate público en el corazón de la potencia o imperio global; segundo, porque ha entusiasmado a muchos jóvenes, quienes son los encargados de mantener viva la llama del deseo de una verdadera democracia. Sanders y sus seguidores, de todos modos, están obligados a aprender de Correa, no para seguir su ejemplo, sino con el propósito de evitarlo. En la medida en que su proyecto se base en la participación activa de la ciudadanía y se proponga como una alianza indisoluble con los movimientos sociales, se estará a buen recaudo de repetir la historia autoritaria del correísmo.

*  Lizardo Herrera es Professor del Departmento Español de Lenguas Modernas de Whittier College, California.